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20/4/18

Creo que el extrarradio está reaccionando de la manera equivocada al hecho de no haber sido invitado a la fiesta. Siempre que te niegan la voz, te radicalizas... Lo que sí es aberrante es que la clase media política no entienda esta ira. Hay que ser pedagógico y canalizar la ira correctamente...

"El último libro de Kiko Amat (Sant Boi de Llobregat, 1971) es un punto de inflexión en su carrera como narrador. Un punto y aparte. Antes del huracán (Anagrama, 2018) es un drama silencioso de un extrarradio con más descampados que oportunidades. Un canto a la sordidez de una comarca maltratada, el Baix Llobregat, un quiero y no puedo. Mejor dicho, un quiero y no me dejan, una comarca no invitada a las fiestas. Un grito al vacío en una habitación insonorizada. 

El drama transcurre en Sant Boi, pero podría ser Leganés, Getafe, Dos Hermanas. Qué más da. La clase obrera que se arremolina en los alrededores de las grandes urbes suele compartir rasgos. Ante la mirada altiva de los de ciudad, los otros, aquellos que sí están invitados al guateque, Amat alza la vista y mira de frente, desafiante. Orgullo extrarradial. (...)

Hablas sobre la verdad de la comarca. ¿Cuál es la verdad sobre las periferias?
 
Las periferias no son una capital de provincia, tampoco son urbes románticas. Hay una gran diferencia entre los escritores periféricos y los de ciudad: los periféricos estamos doblemente aislados del romanticismo. 

Hay un escritor al que admiro mucho, Carlos Zanón, que habla exactamente de lo que hablo yo, de la separación de lo guay de lo sórdido, de lo patético. En el caso de la gente que vivía en Barcelona, podía ir al Raval, al Tibidabo, y encontrar un poco de belleza romántica.

 Eso no nos pasa a la gente que hemos crecido en el extrarradio. No quiero que suene a competición, a ver quién es más desgraciado, pero los de la periferia siempre hemos estado doblemente jodidos. Cuando intentábamos encontrar la belleza, nos encontrábamos con otro extrarradio. 

¿Cómo te relacionas con el extrarradio ahora que vives en Barcelona?
 
La huida fue natural. Vengo de un mundo donde nadie se quedó donde estaba, quizás por eso empatizo mucho con los sureños norteamericanos, a pesar de que su contexto es distinto. Sí, entiendo mucho esa diáspora que se va de su lugar de origen pero que nunca consigue quitárselode encima, porque esa ha sido precisamente mi circunstancia. Harry Crews lo explica muy bien: se fue de Georgia, pero nunca consiguió arrancársela de dentro.

Creo que las cosas son de un sitio, no de diez. En mis otras novelas, iba y volvía a mi sitio de origen, ahora me he dado cuenta de que ese origen es el que me ha dado mis historias. Mi origen continúa vivo, existe y constituye el ayer, porque nunca ha cicatrizado. 

 De hecho, creo que la incapacidad de cicatrizar es una característica distintiva de los narradores. Mi ayer es el Baix Llobregat y mis magulladuras de infancia. Esto es lo que da relevancia a los libros: yo estuve allí ayer. No necesito hacer un gran viaje para narrarlo.

La relación con el extrarradio, y te lo digo por experiencia, es fluctuante, como las identidades. Primero sientes amor: el extrarradio es lo conocido. Luego, durante la adolescencia, sientes odio: te das cuenta de que posiblemente no puedas escapar de allí. Más tarde sientes orgullo: vuelves a él y te reafirmas, “yo soy de extrarradio”. Es una relación muy compleja.
 
Y así tiene que ser. Tienes que salir. Yo tardé treinta años en escribir Rompepistas porque era incapaz de distanciarme de lo que había vivido. Yo era triplemente raro: raro porque era particular, raro porque era de extrarradio y raro porque pertenecía a una subcultura. Éramos los raros de los raros. Para escribir novelas, tienes que estar fuera, a mi me costó mucho.

Crecer en los 80 no debía de ser nada fácil.
 
Los 80 fueron muy poco benignos. Había muy poca compasión hacia el débil, muy poco respeto hacia el nerd. Era un mundo implacable con el que era poco atlético, con el que no encajaba con los retos sociales… Ahora hay una mínima voluntad de inclusión, antes no.

 En Antes del huracán me he querido desprender de cualquier tipo de romanticismo, cosa que no conseguí hacer con mis otros libros, en los que adopté una postura orgullosa y bélica, típica de los adolescentes. Antes intentaba hacer de cualquier defecto una virtud, ahora ya no. Esto era muy común en las subculturas de pringados de los 80. Este libro es distinto: habla desde la rareza, pero sin romanticismo.  (...)

Todos mis personajes manifiestan un anhelo de encajar. Anteriormente había enarbolado la bandera del frikismo para sobrevivir, en este libro es diferente: mis personajes viven angustiados, aislados del mundo. Antes del huracán también va sobre la separación y la tristeza que provoca la incapacidad de encajar.  (...)

En los 80, en Sant Boi había mucha gente colgada, era una realidad, no estoy hablando de algo romántico, ni de historias ambientadas en Los Ángeles. Yo quería explicar la forma en que viví mi infancia y adolescencia inventándome una historia, pero con aspectos de la realidad. Mi madre trabajaba en el psiquiátrico y yo iba allí a verla, por una extraña razón pedagógica que aún no he logrado entender. Esto me daba semanas de pesadillas.

Crecí, como tú, que también eres de allí, viendo a gente rota, ¿cómo puedes pensar que algo va a salir bien? En el Sant Boi de esa época, de niño solo veías a gente que en el camino se había roto, no era agradable. En algún momento podía resultar divertido, porque algunos locos tenían delirios exquisitos, pero en general, era una situación sórdida.

[El psiquiátrico de Sant Boi se encuentra en el centro de la ciudad, y durante los años 80 y 90, los enfermos que estaban allí ingresados podían salir con regularidad a pasear por el pueblo. La interacción entre la gente de dentro del psiquiátrico y la gente de fuera era muy habitual].

Sé de qué hablas.
 
Uno de los casos que menciono en el libro, el del hombre que intenta construir un submarino de cristal en su habitación, fue un caso real, me lo contó mi madre. ¡Hostia puta! ¿Qué nivel de delirio tienes que tener para construir coherencia alrededor de algo como eso? Me alucinaba. La imposibilidad de la coherencia a veces da risa. La locura y este libro son una negación de la normalidad, un concepto que ya es absurdo. 

De hecho, diré que, en comunidades de clase obrera, siempre pasan cosas muy raras y la gente convive con ellas y las acepta. Yo me acostumbré a ver a familias desestructuradas, gritos en los bloques de pisos… Era muy habitual, y eso no es una característica de extrarradio barcelonés, es muy ibérico, europeo incluso.

La novela gira en torno a por qué hay gente que se rompe y otra que no lo hace. Escribes: “¿Por qué alguna gente permanece intacta hasta el día de su muerte pero otra se parte en pedazos mucho antes?”. ¿No crees que todos nos rompemos, pero que unos lo disimulan mejor que otros?
 
No lo sé. En otras novelas sí he planteado preguntas y las he respondido, pero no en esta. No tengo respuestas como tenía en Rompepistas. Antes del huracán es una confesión: no sé por qué la gente se rompe. En este libro he intentado desaparecer, mis ideas no están ahí. Yo solo canalizo una voz y una historia, pero mi juicio no se encuentra entre las páginas. En mis otras novelas indicaba al lector hacia dónde pensar, en esta no, porque no lo sé.  (...)

En su último libro, Ciudad Princesa, la filósofa Marina Garcés escribe “la clave de todo son los retornos. Huir es lo fácil. El reto es cómo volver sin claudicar”. Tú entras y sales del extrarradio, al que, desde siempre, pero ahora aún más con el procés, se está atacando continuamente por sus opciones políticas, básicamente su voto masivo a Ciutadans. ¿No te ofende que se mire por encima del hombro a tu extrarradio, el lugar del que vienes?
 
Evidentemente. Yo siempre he vivido en el clasismo, esto lo hemos hablado con Carlos Zanón. Nosotros éramos los que se quedaban fuera de la fiesta, los del “acompáñeme, por favor”. No lo quiero romantizar, yo soy el tío al que siempre echaron de los sitios de postín, ese era mi destino.

 He notado las miradas de condescendencia. Ante esta situación, puedes adoptar una postura u otra, dependiendo de las herramientas que tengas. Yo he tenido la suerte de tener las herramientas necesarias para que nadie me hiciese sentir inferior. El clasismo me ha hecho enfadar, pero nunca me ha hecho claudicar, sino reafirmarme en mi cultura. 

Nunca me he sentido solo. Vengo de la cultura de la autosuficiencia. Respecto a la pregunta… Creo que el extrarradio está reaccionando de la manera equivocada al hecho de no haber sido invitado a la fiesta. Siempre que te niegan la voz, te radicalizas. 

Te construyes hacia el contrario.
 
Yo entiendo la ira política del extrarradio, pero es una ira mal canalizada. Lo que sí es aberrante es que la clase media política no entienda esta ira. Hay que ser pedagógico y canalizar la ira correctamente."                 (Entrevista al escritor Kiko Amat, Queralt Castillo, El Salto, 19/04/18)

18/3/16

Asociacionismo charnego, el ADN de Cornellà

Centro Social Almeda de Cornellà

"Para una mejor comprensión del fenómeno deberíamos remontarnos a la segunda oleada migratoria que se produjo mediada la década de los cincuenta y se prolongó hasta finales de los sesenta del siglo pasado.  

Aquella migración no llegó en pateras y sí lo hizo en destartalados trenes que llegaban atestados procedentes de la España profunda y que pronto el pueblo llano, con su indefinible piedra filosofal, bautizó con los nombres de “El Sevillano”, procedente de Andalucía  y “El Shanghai”, que hacía su recorrido desde el Noroeste del país.  

Era todo un espectáculo darse una vuelta por los andenes de la estación de Francia  para ver llegar aquella avalancha de gente desesperada, con sus maletas de cartón y sus fardos atados con cuerdas, huyendo del caciquismo, de la explotación humillante a los que las tenían sometidos la oligarquía franquista, indiferente a su hambre y su miseria.

Los modernos y tan denostados CIES, no son un invento reciente, ni mucho menos.  Ante aquella oleada masiva de gente con un futuro incierto, los jerifaltes de la capital catalana reaccionaron y desplegaron su policía en las estaciones y, todo aquel que no justificara un domicilio donde acogerse, se les trasladaba sin contemplaciones a los pabellones de la Fira en Montjuic y, si nadie se interesaba por ellos, al día siguiente los enviaban de vuelta a su lugar de origen. 

Así nació un despliegue de barraquismo que tiene su propia historia. Pero no quisiera desviarme del objetivo principal de este artículo.

 El destino de aquella inmigración era, en su mayoría, el cinturón barcelonés, y sus núcleos de población que crecían sin  control alguno y donde un urbanismo racional, planificado  y medianamente ordenado  era una utopía y el Baix Llobregat se convirtió en un auténtico caos. 

Centrándonos en Cornellà, los “nouvinguts” se encontraban con cuatro núcleos de población dispersos: el barri Centre  con epicentro en la calle Rubió i Ors y adyacentes alrededor de la Iglesia de Santa María, el barri Pedró y la Gavarra con sus casitas de planta baja que según cuentan constituían las antiguas residencias de una clase media capitalina con el señuelo de “la caseta i l’hortet” y el barrio de Almeda donde se ubicaba la zona industrial. 

Lo demás un inmenso erial donde sobrevivían unos cuantos algarrobos desvencijados que poco a poco fueron dando su último alarido vencidos por el asfalto que avanzaba implacable. Para los más jóvenes, aclararemos que la avenida del Parque era una torrentera, la hoy espléndida plaza  de Catalunya un descampado inhóspito y que la flamante avenida de Salvador Allende no existía ni en el mejor de los sueños  y los que encontramos acomodo en los pisos de Linda Vista, nos veíamos obligados a pisar barro en caso de lluvia y aspirar polvo en tiempos de sequía  si queríamos desplazarnos “abajo al pueblo”, atravesando la eterna frontera que significaba el lúgubre puente bajo la vía férrea y sufrir los pestilentes efluvios del “regato indecoroso”, según versión de la mítica revista El Pensamiento, en referencia al canal de la Infanta que circulaba a cielo abierto.

 Esta era, a grandes rasgos, el remedo de ciudad que se encontró aquella imparable riada migratoria que respondía el “efecto llamada” y cuyo primer objetivo fue encontrar un techo donde cobijarse, acogiéndose en casa de familiares o “paisanos” o invirtiendo hasta la última peseta de sus menguados ahorros en dar la “paga y señal” de un piso. 

 Para ello ya los estaban esperando la familia Gelabert dueños absolutos de solares y de aquel inmenso erial, con don Eduardo al frente, promotora de “Linda Vista, S.A.” y, sobre todo la pomposa “Construcciones Españolas” que,  en los campos yermos paralelos a la carretera de Esplugues había iniciado la construcción de una denominada “Ciudad Satélite”, monstruosos bloques que se fueron ocupando en un abrir y cerrar de ojos, a los que siguieron constructores y especuladores sin demasiados escrúpulos a los que sólo interesaba el negocio inmenso que aquel flujo inmigrante suponía.  

Se construyó a destajo y se olvidaron olímpicamente de los servicios más elementales: calles sin asfaltar, mal iluminadas, red de cloacas, mercados y, sobre todo colegios para los niños. En 1964, estadística en mano, se calculaban unos 6.000 niños sin escolarizar en el conjunto de aquel Cornellà  en construcción. 

Por aquel entonces llegaron a la mal llamada “Ciudad Satélite” unos maestros, los Plaza, Moliner y Bonet que levantaron con sus propios esfuerzos el primer colegio al que denominaron  “San Ildefonso”, en homenaje a la Iglesia de la misma advocación promovida por el misionero Viñamata, recientemente renovado y puesto de nuevo en marcha con el nombre pensado en un principio, el del pedagogo Alexander Galí.

 Al objetivo de encontrar techo donde cobijarse, se añadía el más perentorio de conseguir un trabajo digno que se encontraba con relativa facilidad pues la construcción desenfrenada y todo lo que acarrea así lo permitía con el aliciente que el Régimen franquista había decidido instalar la SEAT en la Zona Franca y se complementaban dos ejes principales: una industria de automóviles y la construcción.  

Poco a poco aquella inmigración heroica, fue asentándose y no tardó en darse cuenta de que, en efecto, habían encontrado techo y trabajo más o menos digno, pero carecían de organizaciones que permitieran luchar contra aquel desastre urbanístico al que los habían marginado. 

Siguiendo el ejemplo de las juntas de co-propietarios de cada finca, más pronto que tarde se dieron cuenta que lo podían aplicar a crear un movimiento vecinal, colectivos de personas con sus mismos problemas, déficits y carencias, convocando puerta a puerta reuniones para comentar, hablar y decidir que hacer para poner en movimiento un Ayuntamiento que les había dado la espalda, ajeno a todo lo que se le había venido encima y un alcalde y sus concejales que sólo se hacían visibles llevando los pendones en la procesión del Corpus. 

Del prólogo del libro Hasta aquí hemos llegado, publicado por las Asociaciones de Vecinos de Cornellà de Llobregat, me permito copiar este párrafo impagable: “La situación política y las malas condiciones en que se encontraban los barrios fue un excelente caldo de cultivo para sembrar la semilla de la unión y la causa común”. 

Y el gigante despertó, buscó apoyos y los encontró en un movimiento vecinal sin precedentes que nació en los albores de la década de los setenta con el dictador ya vacilante y sus problemas de tromboflebitis y parkinson haciéndose evidentes. Pero había que ir con tiento a sus últimos coletazos que aún le dieron tiempo de firmar cinco sentencias de muerte mientras desayunaba. 

Así nacieron asociaciones de vecinos que, decididamente, emprendieron una lucha sin cuartel y sin posible vuelta atrás. Reuniones donde se tomaban decisiones arriesgadas, manifestaciones que llenaban las calles de gritos de protesta contra situaciones insostenibles, pancartas en balcones y ventanas, apoyos sin fisuras a los movimientos sindicales y obreros en situaciones límites, huelgas por cualquier causa que se considerara injusta. 

Consecuencia de su atávica imprevisión o, porque ya se presentía la agonía del Régimen, los jerifaltes de la época, muy a su pesar, fueron reaccionando y Cornellà experimentando una transformación tímida pero sostenida: se asfaltaron calles donde antes eran barrizales, iluminaciones adecuadas, se inauguraron colegios y finalizando el año 1970 se inauguraba el flamante mercado de San Ildefonso una de las reivindicaciones por las que se luchó sin tregua. 

El asociacionismo responsable, seguía ganando batallas hasta incrustarse en el ADN de la ciudad. Todo resultaba no poder llevarse a término sin su impulso incansable.

En esto que llegó la democracia  y aunque pueda parecer paradójico, el acontecimiento hizo tambalear los cimientos de las asociaciones porque muchos de sus dirigentes avezados en la lucha y el dominio de masas, con la inestimable ayuda del movimiento vecinal, fueron aupados a cargos municipales, incluso alcaldes y muchos de ellos untaron el trasero de sus pantalones con cola de impacto para que no les movieran de sus poltronas y  en su fuero interno llegaron a creer que las asociaciones ya no eran necesarias. 

Grave error, pese que gracias a su gestión las ciudades del cinturón rojo han experimentado un cambio espectacular, las asociaciones no han bajado la guardia y han continuado en su lucha consiguiendo la inauguración de tres estaciones de metro, la puesta en marcha del Trambaix y otras utopías inimaginables en los tiempos de plomo franquista.

He pasado una tarde hablando del tema con la presidenta de la Confederación de Vecinos de Cornellá, Pura Velarde, un auténtico baluarte del movimiento vecinal en Cornellá y con un deje de tristeza, no exento de coraje, me manifiesta “que después de cinco años, comprobando la deriva de algunos dirigentes, contagiados por la “erótica del poder”, en Cornellà se organiza con otras asociaciones de la comarca del Baix Llobregat y con la Coordinadora de Barcelona, la 3ª Asamblea de Catalunya, donde se saca como proyecto fundamental la constitución de la Confederación de Asociaciones de Vecinos de Catalunya. 

A partir de ese momento, se entra en un proceso nuevo de mayor estructura y con el convencimiento de la necesidad de mantener los orígenes, pero siempre con nuevas orientaciones en el trabajo de futuro”.

Hablar con Pura Velarde es contagiarse de su entusiasmo y no me resisto a reproducir parte de sus respuestas: “Parece que existe un interés, desde fuera claro, en definir nuestra forma de actuar sin saber que nosotros, a través de nuestros encuentros asamblearios ya tenemos definidas nuestras actuaciones: organizar y reivindicar las mejoras de las condiciones de vida, especialmente de las capas populares de nuestros barrios. 

Hay que reconocer que muchas veces vamos contracorriente, pero también sabemos, gracias a nuestra experiencia, de que para dialogar y consensuar hace falta la presión. Un ejemplo claro, lo tienes en el funcionamiento de la Botiga Solidaria en la que tantos problemas de primera necesidad se resuelven”.   

Con una mirada de convencimiento, remacha el clavo diciendo: “Actualmente, los ciudadanos padecemos grandes dificultades a la hora de defender nuestros derechos, incluso de subsistir, sobre todo a nivel individual. De ahí nace la necesidad de buscar mecanismos de defensa colectivos y legales que acerquen la gestión administrativa al ciudadano, aunque en esto hemos de reconocer que se está cambiando, y a ello, nosotros también hemos contribuido. 

Todos los programas municipales tienen un gran apartado teórico sobre las organizaciones populares, una de las propuestas más llamativas en cuanto a los que a ellas concierne, pero todavía quedan pendientes aspectos muy importantes que han de ser recogidos por la Ley. Así lo demuestra la nueva Ley del Asociacionismo, aprobadaen el Parlament de Catalunya, que no recoge ninguna de las propuestas de nuestras asociaciones y donde se observa, de forma curiosa, que en ningún apartado habla de las asociaciones de vecinos, ¿por qué será?

La respuesta, apreciada Pura, es porque seguís siendo una “mosca cojonera” contraria a su idilio con el poder.  Pero creo que es válido este repaso a la historia del asociacionismo, recordar nuestro pasado, de adonde venimos, para entender el presente."          (Gonçal Évole, 11/01/16)

8/3/16

Las mujeres del amianto ganan a Uralita en los tribunales

"En su momento trabajar en Uralita era un chollo”, recuerda Rosa Pérez, hija de un empleado de la fábrica de Getafe que falleció en el año 2008, diez meses después de que le diagnosticaran un cáncer en la pleura, conocido como mesotelioma, causado por el amianto.

 “La empresa respetaba el horario, trabajaban ocho horas y libraban los fines de semana. Además, daban una ayuda económica para que los niños estudiasen y el día de Reyes nos daban unos regalos”, señala.

Durante la década de los 60 el trabajo en el campo comenzó a escasear y muchos hombres jóvenes extremeños o castellanomanchegos abandonaron su pueblo para empezar una nueva vida laboral en este municipio madrileño.

 Conforme ha pasado el tiempo, Rosa Pérez ha ido experimentando cómo ese sentimiento de gratitud hacia la empresa se convertía en rabia, tras ir conociendo los riesgos a los que su padre y todos los miembros de su familia han estado expuestos.

“En los primeros años la gente comía encima de los sacos del amianto, estaban apilados en la fábrica y se tomaban allí los bocadillos”, recuerda Julio Arroyo, trabajador de Uralita. Procedente de Valdeverdeja (Toledo), llegó con 20 años a Getafe para hacer la mili en esta ciudad dormitorio y al terminar fue contratado en la empresa para trabajar en la recuperadora: “Nos encargábamos de serrar los tubos de amianto”.

A sus 87 años, Arroyo ha visto morir a muchos de sus compañeros de trabajo, pero nunca se pudo imaginar que su mujer se iba a contaminar estando él limpio de amianto. Esperanza Alonso se encargaba de lavar semanalmente el mono de su marido, los buzos que utilizaban los trabajadores de Uralita llegaban cubiertos de polvo y, antes de meterlo en la lavadora, las amas de casa los solían sacudir con empeño en la cocina. Además, tenían bolsillos y por esa vía se almacenaban fácilmente restos de este material cancerígeno.

Varias décadas después de jubilarse, en el año 2007, la neumóloga del Hospital de Getafe detectó que la fatiga que sufría Esperanza cada vez que salía a la calle estaba relacionada con Uralita, tenía la pleura contaminada por amianto y falleció seis meses después de que le diagnosticasen la enfermedad. “Fue la Antonia la que lo descubrió”, cuenta este octogenario en alusión a María Antonia Juretschke, la jefa de neumología del centro sanitario.

Según los datos planteados por el estudio Mortalidad por cáncer pleural en España entre 2006 y 2011 en España, fallecieron 1.120 personas debido a un mesotelioma pleural, provocado por el amianto. 

“Las estimaciones para el periodo 2016-2020 señalan que se producirán 965 fallecimientos por esta causa y aseguran que en España continuará habiendo muertes debidas a la exposición al amianto hasta el año 2040”, aseguran los investigadores del Instituto de Salud Carlos III, el Consorcio de Investigación Biomédica de Epidemiología y Salud Pública y el Ministerio de Sanidad.

Entre 1906 y 2002 se importaron en nuestro país más de dos millones de toneladas de este material cancerígeno. En España, la empresa Uralita, participada por la familia March, fue la que más utilizó el amianto y varias sentencias judiciales han dictaminado que no adoptaron medidas de prevención para evitar que sus trabajadores se contaminasen.

“Hemos demostrado que la empresa sabía que el material era nocivo y a pesar de ello se estuvieron lucrando. En la década de los 50 hubo un congreso de neumología en Madrid y ya se habló de los efectos adversos del amianto.

 Además, Uralita estuvo en un lobby europeo de empresas que trabajaban con amianto, ahí se sabía”, asegura Juan Carlos Paúl, presidente de la asociación AVIDA Madrid. En el año 2002 se prohibió la comercialización de este producto en España en cumplimiento de una directiva europea que buscaba proteger a los empleados.

Primeras denuncias

Segunda Esteban “lloró como una magdalena” al ver que Salvados dedicaba un programa a informar sobre el amianto. “Mi padre fue delegado sindical de la empresa y cuando comenzaron a denunciar los problemas que conlleva el amianto, el resto de trabajadores se enfrentaron a ellos por miedo al cierre de la fábrica”, señala.

Ella recuerda cómo ayudaba a su madre, Saturnina Pingarrón, junto a sus hermanas a limpiar en casa el mono de trabajo de su padre. Pasados los años, los médicos detectaron que tanto su padre como su madre tenían amianto en los pulmones. Él falleció hace años por un cáncer en el peritoneo, su madre sigue viva con problemas de respiración: “De momento se encuentra bien, la enfermedad todavía no le avanzado”.

Las familias de estas dos mujeres iniciaron en 2007 un proceso judicial para pedir responsabilidades a Uralita. En diciembre del año pasado el Tribunal Supremo puso punto final a su caso, y al de otra ama de casa más. El alto tribunal no aceptó el recurso presentado por Uralita y mantuvo las indemnizaciones dictadas por la Audiencia Provincial de Madrid en 2013, 80.000 euros para Julio Arroyo y 9.000 euros para cada uno de sus tres hijos. 

En el caso de Pingarrón, el tribunal le dio la razón pero no recibirá una cantidad económica para intentar paliar los daños causados por la empresa porque “la acción ha prescrito”, al no haber respetado los plazos en el momento de denunciar.

El presidente de la asociación, Juan Carlos Paúl, considera que esta decisión supone un “hito” judicial en los casos de amianto: “Es la primera vez que el Supremo dicta a favor de personas que no han trabajado con este material pero sí que tienen enfermedades relacionadas con él”.

Sin embargo, este dictamen no ha traído buenas noticias para los trabajadores de la fábrica getafense que presentaron denuncia junto a estas mujeres. 

Tras nueve años de procedimiento, con una sentencia de la Audiencia Provincial a su favor y las indemnizaciones ya cobradas, la Sala de lo Civil del Supremo se ha declarado incompetente para tomar una decisión ante el recurso presentado por Uralita contra los empleados.

Un proceso inacabado

Aunque el tribunal no quita la razón a los afectados ya que “entiende que la empresa ha actuado de manera negligente, amparada en una legislación excesivamente permisiva”, en su fallo señala que debe ser la jurisdicción social la que resuelva sobre este tema.

 Por lo tanto obliga a los trabajadores y a los familiares de los ya fallecidos a iniciar de nuevo el procedimiento ante la vía social. De la treintena de afectados que presentaron la primera denuncia, entre ellos el padre de Rosa Pérez y de Segunda Esteban, sólo quedan cuatro personas vivas.

“Es muy triste que los pocos trabajadores que quedan vivos no vayan a ver una sentencia definitiva que condene a Uralita. A ellos les han jodido la vida trabajando y a otros nos la han destrozado compartiendo su sufrimiento”, explica Pérez, que rememora las últimas semanas de vida de su padre, sedado en una cama. 

“Las enfermedades provocadas por el amianto son muy agónicas, en el caso de los mesoteliomas se les encharca la pleura y produce un dolor en la espalda muy fuerte”, cuenta el presidente de la asociación.

La directiva de AVIDA está preocupada por aquellas familias que se gastaron la indemnización que cobraron hace años y que ahora, si Uralita así lo requiere, el Supremo puede pedir de vuelta.

 “Algunas familias las utilizaron para comprar oxígeno, por los problemas respiratorios que sufren, o para cambiarse a una casa con ascensor”, añade Paúl. La asociación ya ha presentado un recurso ante el Constitucional y han iniciado el proceso judicial por la vía social, quieren conseguir a toda costa que los dos enfermos que quedan vivos puedan ver “que la justicia les ha dado la razón”.       (La Marea, 03/03/16)

13/11/15

Barracas: la Barcelona escondida...

 
 Vista general de las barracas de Montjuïc en la década de los sesenta del siglo pasado

"Aquí hemos estado y aquí hemos vivido. Esta fue mi primera Barcelona”. Tiene unos 65 años muy bien llevados. Se llama Carmen. Viste con elegancia y mantiene un monólogo sordo frente a los paneles que muestran imágenes de la montaña de Montjuïc en 1969, barracas, chamizos, caminos sin pavimentar y vegetación rala entre el estadio y el monumental palacio de la exposición de 1929.

 “No teníamos agua, ni luz, ni calles pavimentadas, pero aquí pasé los años más felices de mi vida”.

Es domingo, 25 de octubre, y Carmen y otras 500 personas se han reunido en la confluencia del paseo Olímpico y la calle del doctor Font i Quer para participar en la colocación de las grandes placas que recuperan una historia perdida, escondida durante años como si de una vergüenza se tratara, como si esas viviendas no hubieran formado parte de la opulenta Barcelona.



Las barracas que puntearon las afueras de la ciudad (1) acabaron de desaparecer con la llegada de los ayuntamientos democráticos y los Juegos Olímpicos de 1992 acabaron por cubrir sus cicatrices en el territorio. Después, el silencio. Montjuïc se convirtió en la aclamada zona olímpica por antonomasia; la Diagonal fue amplio paseo, césped y centro comercial; Can Valero se transformó en jardín botánico y Somorrostro en hermosa playa recuperada; Camp de la Bota cedió su espacio para el frustrado Fórum Universal de las Culturas del 2004, y el potente puerto engulló Can Tunis. 

La nueva Barcelona había hecho desaparecer las barracas, pero también su recuerdo. La ciudad perdió parte de su pasado, de su historia. Contra el olvido fueron surgiendo voces que con pausa trabajaron para recuperar aquella memoria. 

El punto de partida fue el seminario La inmigración en Barcelona en el siglo XX que del 19 de febrero al 4 de junio del 2003 acogió el Institut d’Història de Barcelona. La sesión dedicada al crecimiento demográfico y el barraquismo despertó el interés de un joven historiador, Òscar Casasayas, que junto a historiadores y antropólogos del grupo Pas a Pas formó un equipo de trabajo dirigido por Mercè Tarjer y Cristina Larrea (2) con el fin de investigar la formación de los núcleos barraquistas, la procedencia de los hombre y mujeres que las habitaron y cómo vivieron y fueron expulsados de sus casas cuando la ciudad necesitó el espacio para sus fastos, como el Congreso Eucarístico Internacional de 1952. 

Este grupo buscó a los antiguos vecinos, recuperó material gráfico y grabó testimonios, retazos de aquella gran historia olvidada que acabaron con el silencio que durante tanto tiempo había tapado su propia vida. Tres años de trabajo dieron como resultado el estudio El fenómeno del barraquismo en la ciudad de Barcelona, punto de partida de la exposición Barracas. La ciudad informal, de abril del 2009. 

Los visitantes de esta muestra se vieron protagonistas en fotografías, cifras, textos, orgullo de haber pertenecido a un grupo, a una clase social, que llegó a Barcelona huyendo de la miseria, de la represión política, se integró para siempre en la ciudad de acogida y aportó  su trabajo en la reconstrucción económica.

 

A la exposición del 2009 siguieron un dossier de Carrer, publicación de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona (FAVB), un reportaje en el programa 30 Minuts y el documental del programa Sense ficción, de TV3, de enero del 2010 que planteaba la necesidad de rescatar la memoria colectiva de aquellas barracas y de sus ocupantes. 

El resto fue llegando  poco a poco. Surgió un movimiento vecinal y asociativo que exigió el reconocimiento público de lo que habían sido aquellos años de supervivencia, de olvido. 

Fueron las voces de Rafael Usero de las barracas de Montjuïc, o las de Julia Aceituno y su hermano José, vecinos de Somorrostro, las que marcaron el camino: “No quieren recordar que aquí estuvo Somorrostro. Pues estuvo, y muchos años de sufrimiento, de penuria…No, no hay ni un letrero que ponga Somorrostro…”. Las calles se bautizaron como avenida Icaria o Bogatell, pero Somorrostro nunca existió para la Barcelona postolímpica.  

El lamento fue recogido por diversos sectores ciudadanos y canalizado a través de los autores del documental, Alonso Carnicer y Sara Grimal, los historiadores Mercè Tatjer, Oriol Granados y Jaume Fabre, y representantes vecinales, como Custodia Moreno y José Molina.

 Se constituyó una comisión para la recuperación de la memoria de los barrios de barracas y se  redactó un manifiesto que consiguió la adhesión de más de 80 entidades  y 800 personas a título individual. La petición era modesta: que el nomenclátor y la señalización de la ciudad recogiera la existencia y el reconocimiento sobre el terreno de los diversos núcleos barraquistas de la ciudad.

 Ese proceso se ha prolongado durante el mandato de tres alcaldes, el socialista Jordi Hereu, el convergente Xavier Trias y Ada Colau, de Barcelona en Comú. Finalmente, el trabajo de tanta gente se concretó el 25 de noviembre del 2014 con la colocación en la playa del Somorrostro (3) de la primera de las grandes placas que visualizan el pasado de lo que hoy es una atractiva playa y concurrido paseo marítimo, a escasos metros del barrio de la Barceloneta. Junto a la placa, unos paneles con fotografías del núcleo barraquista. 

El mismo proceso se repitió en Montjuïc (4) y seguirá en el Carmel (5) y La Perona. Otras siete placas de menor tamaño se muestran ya en Can Tunis, Poble Sec, Poblenou, Santa Engracia, Diagonal, Camp de la Bota y La Perona.

 ¿Qué se ha conseguido con tanto esfuerzo? Mercé Tatjer asegura que reportajes, documentales, comisiones, placas y encuentros han servido para recuperar el pasado, cierto, pero también para acabar con el recelo de vincular a los barraquistas con la degradación urbana y romper el miedo a expresar en voz alta cómo fueron los primeros años de existencia de aquellos vecinos, “años lastrados por una leyenda negra que ahora también se ha roto”.

 Los  primeros barraquistas procedían, en general, de fuera de Barcelona, pero Tatjer ha documentado un elevado número de familias que llegaron de Lleida y de otros puntos de Catalunya. 

Algunos eran pescadores que decidieron recalar definitivamente en la ciudad, otros abandonaron sus pueblos huyendo de la miseria o de la represión franquista, y todos aquellos hombres y mujeres que llegaron con la esperanza bajo el brazo han tenido historias de superación más allá de barracas y primeras miserias. 

Tatjer recuerda que en la década de los 50 y 60 del siglo pasado faltaba mano de obra en Barcelona y que la inmigración colaboró en el resurgimiento industrial y las necesidades del servicio doméstico. “De las barracas pasaron a los polígonos construidos con prisa en el extrarradio, sin equipamientos, y surgieron barrios con vida propia, reivindicativos, exigentes con la administración, el núcleo obrero de la lucha antifranquista”. 
 
La preparación de Barcelona para los Juegos Olímpicos acabó con los últimos vestigios de barraquismo, pero Mercè Tatjer no está segura de que  Barcelona haya superado la lacra de la infravivienda y prefiere decir que, simplemente, ha cambiado de aspecto: “Hoy hay hipotecas que expulsan a la gente, superocupación de pequeños pisos, naves industriales abandonadas convertidas en alojamiento de los nuevos emigrantes y viviendas de autoconstrucción aisladas cuya existencia, otra vez, nadie quiere reconocer, así que da miedo pensar que la historia pueda volver a repetirse”.    


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(1) En la década de los 60 del siglo pasado se calcula que 100.000 personas vivían en diferentes núcleos barraquistas de Barcelona, aproximadamente el 10% de la población de la ciudad.
(2) Barraques. La Barcelona informal del segle XX. Mercè Tatjer y Cristina Larrea. Diciembre 2010. Publicaciones del Ayuntamiento de Barcelona.
(3) En 1957 se contabilizaron en esta zona 1.332 barracas. La erradicación de las mismas comenzó en 1966.
(4) Las diversas zonas de la montaña acogían casi 6.000 barracas que desaparecieron en 1972.
(5) En 1957, el ayuntamiento reconoció en los tres núcleos del barrio casi 600 barracas.

12/2/14

Los charnegos...

"(...) Cataluña fue uno de los destinos preferentes de esos andaluces que salieron de la región en busca de oportunidades. Se calcula que, alrededor de 1970, ya habían emigrado más de 800.000.

 El flujo comenzó tras la guerra, que arrancó las esperanzas jornaleras en una reforma agraria que equilibrase la situación del campo andaluz, y se intensificó a partir de los años cincuenta. En el horizonte, no solo la idea de encontrar un trabajo en las ciudades industriales catalanas, sino la oportunidad de volver a empezar de cero lejos de las heridas de la contienda. 

 ”En su pueblo de origen el emigrante era conocidopor su vida pública y privada y, por lo tanto, era un sujeto fácil no sólo de la represión oficial sino de aquella represión informal de negación de trabajo y vacío social que convirtió su devenir en una verdadera pesadilla”, explica el profesor Manuel Marín Corbera en las páginas de Andalucía en la Historia.

La adaptación, sin embargo, no fue fácil. Los charnegos -como se conoce a los inmigrantes que llegaron a Cataluña desde otras partes de España- tuvieron que soportar la falta de garantías laborales y el recelo de unos obreros catalanes que los percibían como una competencia en tiempos de dificultades económicas.

 “Fueron alojados en infraviviendas, tratados con desdén y contratados con míseros salarios bajo precarias condiciones de trabajo”, explica Marín Corbera. En ese contexto, las redes de solidaridad que se formaron entonces entre andaluces emigrados constituyeron un importante cabo al que muchos pudieron agarrarse.

El recelo de las autoridades incluso llegó a materializarse en forma de deportaciones, vinculadas a la lucha contra las barracas en las que se asentaron muchos andaluces. Según recoge el periodista Jaume V. Aroca en la revista editada por el Centro de Estudios Andaluces, entre 1952 y 1956 fueron deportados más de 15.000 personas, muchas de ellas procedentes de Andalucía.

 El gobernador civil de Barcelona, Felipe Acedo Colunga, envió a todos los ayuntamientos una circular en la que les instaba a impedir los asentamientos de las personas que llegasen sin una vivienda legalizada. Los que se encontrasen en esa situación, debían ser enviados al Pabellón de las Misiones de Montjuïc, que también había servido para acoger indigentes. 

Pese a las trabas, la inmigración continuó: “Los inmigrantes se las ingeniarán para llegar de todos modos, bien bajando de los trenes en estaciones todavía alejadas de Barcelona, bien saltando a las vías antes de llegar a la capital o, sencillamente, tratando de ocultar su procedencia”, explica Aroca.

Muchos de esos andaluces nunca emprendieron el camino de vuelta  Su presencia sigue muy viva en la sociedad catalana, donde existe un importante tejido asociativo de las comunidades andaluzas.  Desde una de ellas, el Centro Cultural de Andalucía en Manresa, Maruchi contaba que aún no ha podido olvidar las calles de Almería pese a llevar más de cuarenta años alejada de ellas.(...)"         (Público, 09/02/2014)