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10/3/23

El pensar y decir de Pasolini: el valor de la derrota, contra los trepadores sociales

 "Pienso que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota. En no ser un trepador social. Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de prevaricadores falsos, ante esta antropología del ganador de lejos prefiero al que pierde" #Pasolini, en el aniversario de su muerte."               (Salvador López Arnal, blog, 08/03/23)

9/2/23

EL brutal asesinato de Tyre Nichols a manos de cinco policías negros de Memphis debería bastar para hacer implosionar la fantasía de que la política de la identidad y la diversidad resolverán la decadencia social, económica y política que asola a Estados Unidos. No sólo los ex agentes son negros, sino que el departamento de policía de la ciudad está dirigido por Cerelyn Davis, una mujer negra... Nada de esto ayudó a Nichols, otra víctima de un linchamiento policial moderno. Los militaristas, los corporativistas, los oligarcas, los políticos, los académicos y los conglomerados mediáticos defienden la política de la identidad y la diversidad porque no hace nada para abordar las injusticias sistémicas o el azote de la guerra permanente que asola a EE.UU. Es un truco publicitario, una marca, utilizada para enmascarar la creciente desigualdad social y la locura imperial... "Estas instituciones escriben el guion. Es su drama. Eligen a los actores, las caras negras, marrones, amarillas y rojas que quieran... Quieren científicos negros. Quieren estrellas de cine negras. Quieren académicos negros en Harvard. Quieren negros en Wall Street. Pero es sólo representación. Eso es todo"... La política de identidad y la diversidad permiten a los liberales regodearse en una empalagosa superioridad moral... disfrazan su pasividad ante el abuso empresarial, el neoliberalismo, la guerra permanente y el recorte de las libertades civiles. No se enfrentan a las instituciones que orquestan la injusticia social y económica... La diversidad es importante. Pero la diversidad, cuando carece de una agenda política que luche contra el opresor en nombre de los oprimidos, es un escaparate

 "EL brutal asesinato de Tyre Nichols a manos de cinco policías negros de Memphis debería bastar para hacer implosionar la fantasía de que la política de la identidad y la diversidad resolverán la decadencia social, económica y política que asola a Estados Unidos. No sólo los ex agentes son negros, sino que el departamento de policía de la ciudad está dirigido por Cerelyn Davis, una mujer negra. Nada de esto ayudó a Nichols, otra víctima de un linchamiento policial moderno.

Los militaristas, los corporativistas, los oligarcas, los políticos, los académicos y los conglomerados mediáticos defienden la política de la identidad y la diversidad porque no hace nada para abordar las injusticias sistémicas o el azote de la guerra permanente que asola a EE.UU. Es un truco publicitario, una marca, utilizada para enmascarar la creciente desigualdad social y la locura imperial. Ocupa a los liberales y a los educados con un activismo de boutique, que no sólo es ineficaz sino que exacerba la división entre los privilegiados y una clase trabajadora en profunda penuria económica. Los que tienen regañan a los que no tienen por sus malos modales, su racismo, su insensibilidad lingüística y su chabacanería, mientras ignoran las causas profundas de su penuria económica. Los oligarcas no podrían estar más contentos.

¿Mejoró la vida de los nativos americanos como resultado de la legislación que ordenaba la asimilación y la revocación de los títulos de propiedad de las tierras tribales impulsada por Charles Curtis, el primer vicepresidente nativo americano? ¿Estamos mejor con Clarence Thomas, que se opone a la discriminación positiva, en el Tribunal Supremo, o con Victoria Nuland, una halcón de la guerra en el Departamento de Estado? ¿Es nuestra perpetuación de la guerra permanente más aceptable porque Lloyd Austin, un afroamericano, es el Secretario de Defensa? ¿Es el ejército más humano porque acepta soldados transexuales? ¿Se ha mejorado la desigualdad social y el estado de vigilancia que la controla porque Sundar Pichai, nacido en la India, es el consejero delegado de Google y Alphabet? 

¿Ha mejorado la industria armamentística porque Kathy J. Warden, una mujer, es la consejera delegada de Northop Grumman, y otra mujer, Phebe Novakovic, es la consejera delegada de General Dynamics? ¿Están mejor las familias trabajadoras con Janet Yellen, que promueve el aumento del desempleo y la "inseguridad laboral" para reducir la inflación, como Secretaria del Tesoro? ¿Mejora la industria cinematográfica cuando una directora, Kathryn Bigelow, hace "Zero Dark Thirty", que es propaganda para la CIA? Echa un vistazo a este anuncio de reclutamiento publicado por la CIA. Resume lo absurdo de dónde hemos llegado.

 Los regímenes coloniales encuentran líderes indígenas obedientes -François Duvalier "Papa Doc" en Haití, Anastasio Somoza en Nicaragua, Mobutu Sese Seko en el Congo, Mohammad Reza Pahlavi en Irán- dispuestos a hacer el trabajo sucio mientras explotan y saquean los países que controlan. Para frustrar las aspiraciones populares de justicia, las fuerzas policiales coloniales cometieron habitualmente atrocidades en nombre de los opresores. Los luchadores por la libertad indígenas que luchan en apoyo de los pobres y los marginados suelen ser expulsados del poder o asesinados, como ocurrió con el líder independentista congoleño Patrice Lumumba y el presidente chileno Salvador Allende. 

El jefe lakota Toro Sentado fue abatido a tiros por miembros de su propia tribu, que servían en el cuerpo de policía de la reserva de Standing Rock. Si te pones del lado de los oprimidos, casi siempre acabarás siendo tratado como tal. Por eso el FBI, junto con la policía de Chicago, asesinó a Fred Hampton y casi con toda seguridad estuvo implicado en el asesinato de Malcolm X, que se refería a los barrios urbanos empobrecidos como "colonias internas". Las fuerzas policiales militarizadas de Estados Unidos funcionan como ejércitos de ocupación. Los policías que mataron a Tyre Nichols no son diferentes de los de las fuerzas policiales de reserva y coloniales.

Vivimos bajo una especie de colonialismo corporativo. Los motores de la supremacía blanca, que construyeron las formas de racismo institucional y económico que mantienen pobres a los pobres, se ocultan tras atractivas personalidades políticas como Barack Obama, a quien Cornel West llamó "una mascota negra para Wall Street". Estos rostros de la diversidad son examinados y seleccionados por la clase dominante. Obama fue preparado y promovido por la maquinaria política de Chicago, una de las más sucias y corruptas del país.

 "Es un insulto a los movimientos organizados de personas que estas instituciones dicen querer incluir", me dijo en 2018 Glen Ford, el difunto editor de The Black Agenda Report. "Estas instituciones escriben el guion. Es su drama. Eligen a los actores, las caras negras, marrones, amarillas y rojas que quieran".

Ford llamó "representacionalistas" a los que promueven la política de identidad, que "quieren ver a algunos negros representados en todos los sectores de liderazgo, en todos los sectores de la sociedad". Quieren científicos negros. Quieren estrellas de cine negras. Quieren académicos negros en Harvard. Quieren negros en Wall Street. Pero es sólo representación. Eso es todo".

El peaje cobrado por el capitalismo corporativo a las personas que estos "representacionistas" dicen representar pone al descubierto la estafa. Los afroamericanos han perdido el 40% de su riqueza desde el colapso financiero de 2008 por el impacto desproporcionado de la caída del valor de la vivienda, los préstamos abusivos, las ejecuciones hipotecarias y la pérdida de empleo. Tienen la segunda tasa más alta de pobreza, con un 21,7 por ciento, después de los nativos americanos, con un 25,9 por ciento, seguidos de los hispanos, con un 17,6 por ciento, y los blancos, con un 9,5 por ciento, según la Oficina del Censo de Estados Unidos y el Departamento de Salud y Servicios Humanos. 

En 2021, los niños negros y los nativos americanos vivían en la pobreza con un 28% y un 25% respectivamente, seguidos de los hispanos con un 25% y los blancos con un 10%. Casi el 40 por ciento de las personas sin hogar del país son afroamericanos, aunque los negros representan alrededor del 14 por ciento de nuestra población. Esta cifra no incluye a las personas que viven en viviendas ruinosas y hacinadas o con familiares o amigos debido a dificultades económicas. Los afroamericanos son encarcelados casi cinco veces más que los blancos.

 La política de identidad y la diversidad permiten a los liberales regodearse en una empalagosa superioridad moral mientras castigan, censuran y deploran a quienes no se ajustan lingüísticamente al discurso políticamente correcto. Son los nuevos jacobinos. Este juego disfraza su pasividad ante el abuso empresarial, el neoliberalismo, la guerra permanente y el recorte de las libertades civiles. No se enfrentan a las instituciones que orquestan la injusticia social y económica. Buscan hacer más apetecible a la clase dominante. 

Con el apoyo del Partido Demócrata, los medios de comunicación liberales, el mundo académico y las plataformas de medios sociales de Silicon Valley, demonizan a las víctimas del golpe de Estado corporativo y de la desindustrialización. Establecen sus principales alianzas políticas con quienes abrazan la política de la identidad, ya sea en Wall Street o en el Pentágono. Son los idiotas útiles de la clase multimillonaria, cruzados morales que amplían las divisiones dentro de la sociedad que los oligarcas gobernantes fomentan para mantener el control.

La diversidad es importante. Pero la diversidad, cuando carece de una agenda política que luche contra el opresor en nombre de los oprimidos, es un escaparate. Se trata de incorporar a un segmento minúsculo de los marginados por la sociedad a estructuras injustas para perpetuarlas.

Una clase que impartí en una prisión de máxima seguridad de Nueva Jersey escribió "Enjaulados", una obra sobre sus vidas. La obra se representó durante casi un mes en el teatro The Passage de Trenton (Nueva Jersey), donde se agotaron las entradas casi todas las noches. Posteriormente fue publicada por Haymarket Books. Los 28 alumnos de la clase insistieron en que el funcionario de prisiones de la historia no fuera blanco. Era demasiado fácil, decían. Era una farsa que permite a la gente simplificar y enmascarar el aparato opresor de los bancos, las empresas, la policía, los tribunales y el sistema penitenciario, todos los cuales contratan a personas con diversidad. Estos sistemas de explotación y opresión internas deben ser atacados y desmantelados, sin importar a quién empleen.

Mi libro, "Nuestra clase: Trauma and Transformation in an American Prison", utiliza la experiencia de escribir la obra para contar las historias de mis alumnos y transmitirles su profunda comprensión de las fuerzas represivas y las instituciones que se alzan contra ellos, sus familias y sus comunidades. Puede ver mi entrevista en dos partes con Hugh Hamilton sobre "Nuestra clase" aquí y aquí.

La última obra de August Wilson, "Radio Golf", predijo hacia dónde se dirigían la diversidad y las políticas de identidad desprovistas de conciencia de clase. En la obra, Harmond Wilks, un promotor inmobiliario educado en la Ivy League, está a punto de lanzar su campaña para convertirse en el primer alcalde negro de Pittsburgh. Su mujer, Meme, aspira a convertirse en secretaria de prensa del gobernador. Wilks, que navega por el universo de privilegios, negocios, búsqueda de estatus y golf de los blancos, debe desinfectar y negar su identidad. Roosevelt Hicks, compañero de habitación de Wilk en Cornell y vicepresidente del Mellon Bank, es su socio. Sterling Johnson, cuyo barrio Wilks y Hicks están presionando para que la ciudad lo declare en ruinas y así poder arrasarlo para su multimillonario proyecto urbanístico, le dice a Hicks: 

¿Sabes lo que eres? Me llevó un tiempo darme cuenta. Eres un negro. Los blancos se confunden y te llaman negro, pero no lo saben como yo. Yo sé la verdad. Soy un negro. Los negros son lo peor de la creación de Dios. Los negros tienen estilo. (...). Un perro sabe que es un perro. Un gato sabe que es un gato. Pero un negro no sabe que es un negro. Cree que es un hombre blanco.

Terribles fuerzas depredadoras están carcomiendo el país. Los corporativistas, militaristas y mandarines políticos que les sirven son el enemigo. Nuestro trabajo no es hacerlas más atractivas, sino destruirlas. Hay entre nosotros auténticos luchadores por la libertad de todas las etnias y orígenes cuya integridad no les permite servir al sistema de totalitarismo invertido que ha destruido nuestra democracia, empobrecido la nación y perpetuado guerras interminables. La diversidad, cuando sirve a los oprimidos, es una ventaja, pero es una estafa cuando sirve a los opresores."  
             

(Chris Hedges es un periodista ganador del Premio Pulitzer que fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times, brave New europe, 06/02/23; traducción DEEPL)

La clase media es mayoritaria, más allá de la autopercepción, porque el proyecto sobre el que se fundó todavía funciona en el imaginario social, y funciona tanto para las capas medias como para la clase trabajadora... Hay que entender que cuando la gente dice ser de clase media no solo fija una posición, también subraya el tipo de sociedad en la que desea vivir... hoy, lo que organiza el orden social ya no es la promesa de seguridad, ni la creencia en el progreso personal y colectivo, sino el temor. El sentimiento en el que se asientan los pilares no es el de una prosperidad creciente, sino la amenaza de desclasamiento y el miedo a quedarse fuera... El horizonte de lo peor, aquello que no suele nombrarse, está presente para buena parte de la sociedad... La pérdida del imaginario de progreso desorganiza políticamente la sociedad más que cualquier otro factor... Sería relativamente sencillo recomponer la confianza a través de acciones económicas, impulsadas por los gobiernos, que mejorasen el nivel de vida, restaurasen cierta seguridad y ofrecieran la sensación de que el futuro no se juega en el mero azar. Sin embargo, es bastante complicado actuar de esa manera cuando los modelos de pensamiento dominantes operan únicamente desde la eficiencia y su medición... el de esa pobreza intelectual... Las clases medias, por tanto, están menguando en términos muy superiores a lo que los gráficos y los números puedan señalar, porque la confianza en el funcionamiento correcto de la sociedad es cada vez menos firme, porque el imaginario al que aspiraban queda cada vez más distante, y porque las promesas de mejora fueron sustituidas por las amenazas de desclasamiento (Esteban Hernández)

 "La gran diferencia entre el retrato que se hace de nuestra sociedad y la realidad que la recorre surge de un marco de pensamiento, de una manera de ver el mundo que atribuye carácter de verdad a una serie de preceptos económicos que se utilizan para describir el mundo. La clase media es un buen ejemplo de esa manera de pensar: es un segmento social del que se habla con frecuencia, que se considera el esqueleto de la sociedad y que, sin embargo, lleva mucho tiempo perdiendo.

Esa divergencia entre su necesidad y su debilidad proviene desde la observación de la clase media a través de un Excel, lo que hace que se pierda gran parte de lo que significa. Si únicamente se considera en términos cuantitativos, desde los recursos que posee y del número de personas que la integran, entendemos poco de la sociedad actual, en su vertiente política y en la económica.

La clase media implica mucho más que contar con un nivel de ingresos. Para empezar, la autopercepción como clase media es generalizada en la sociedad española, a pesar de que el nivel de vida con el que se cuenta no ratifica a menudo esa impresión. Ahí suele aparecer la economía para mostrar una serie de datos que concluyen que la gente se está engañando. Pero reducir la vida a términos puramente económicos es falsearla, no arrojar luz. Buena parte de las posiciones políticas recientes han consistido, a veces por caminos torcidos y otras no, en una reacción firme de la mayoría de la gente contra estas consideraciones absurdas de lo humano como puramente cuantificable.

De la esperanza al temor

La clase media es mayoritaria, más allá de la autopercepción, porque el proyecto sobre el que se fundó todavía funciona en el imaginario social, y funciona tanto para las capas medias como para la clase trabajadora. Unos estratos intermedios amplios conllevan una estructura que ofrece opciones de permanencia y de mejora; en la que se pueden hacer planes de futuro porque la inestabilidad no es común; en la que el salario permite vivir en condiciones dignas; que permite creer en un futuro mejor. Hay que entender que cuando la gente dice ser de clase media no solo fija una posición, también subraya el tipo de sociedad en la que desea vivir.

Esta aspiración es ampliamente compartida, y no suelen discutirla ni las izquierdas ni las derechas. Pero ese no es el mundo en el que nos desenvolvemos. Lo que organiza el orden social ya no es la promesa de seguridad, ni la creencia en el progreso personal y colectivo, sino el temor. El sentimiento en el que se asientan los pilares no es el de una prosperidad creciente, sino la amenaza de desclasamiento y el miedo a quedarse fuera.

Los jóvenes lo notan especialmente, pero también los mayores de 50; e incluso en los espacios relativamente privilegiados esa mirada está de fondo. Cada vez hay mayor conciencia de que las posiciones son eventuales: quizá hoy tengas un buen trabajo, pero mañana puede ser de manera muy distinta; quizá hoy tus ingresos sean satisfactorios, pero en unos meses o en unos años puede que desciendan bruscamente.

El horizonte de lo peor, aquello que no suele nombrarse, está presente para buena parte de la sociedad. En estos tiempos bifurcados, únicamente una estrecha capa social puede mirar el futuro con esperanza porque sabe que, por sus recursos o por su posición, su vida está asegurada. La mayoría de la gente se encontrará cara a cara con la incertidumbre en algún momento; unos lo olvidan, otros lo tienen presente, pero todos saben de su existencia.

La importancia política de esta inestabilidad ontológica es grande, porque ha tejido buena parte de las elecciones durante mucho tiempo. Las clases medias altas y las altas, los funcionarios y los jubilados, que contaban con mayor seguridad, eran conservadoras; no en el sentido de que votasen a izquierda o derecha, sino de que sus opciones eran básicamente continuistas. Eran las más interesadas en que no hubiera grandes cambios, en especial en lo económico. Hoy esa tendencia sigue presente, pero encuentra algunos matices importantes, porque la desorganización política es grande, e incluso en esas capas hay movimientos incipientes hacia partidos que abogan por transformaciones sustanciales, sobre todo en la derecha.

La brecha política de fondo, la que recorre las distintas opciones, y que va más allá de izquierda y la derecha, es la que nos muestra a amplias capas de la población que siguen creyendo en las promesas que el término clase media traía consigo, pero que ya las ven difícilmente realizables. Es un imaginario que está comenzando a desvanecerse y a dejar paso a una posición descreída, que no confía en el futuro y que percibe un deterioro generalizado. La pérdida del imaginario de progreso desorganiza políticamente la sociedad más que cualquier otro factor.

El pensamiento binario

Sería relativamente sencillo recomponer la confianza a través de acciones económicas, impulsadas por los gobiernos, que mejorasen el nivel de vida, restaurasen cierta seguridad y ofrecieran la sensación de que el futuro no se juega en el mero azar. Sin embargo, es bastante complicado actuar de esa manera cuando los modelos de pensamiento dominantes operan únicamente desde la eficiencia y su medición.

Esa pobreza intelectual la define expresamente Alain Supiot en un libro que acaba de publicarse en nuestro país, El trabajo ya no es lo que fue (Ed. Clave Intelectual). Parte de una tecnociencia económica que "proyecta sobre las sociedades humanas el funcionamiento binario característico de las arborescencias lógicas que funcionan en nuestras máquinas inteligentes del tipo si p… entonces q, si no p… entonces x. No se excluye que algún día estas máquinas tengan la capacidad de calcular todo lo que es calculable; pero es cierto que la reducción de las relaciones entre los hombres a operaciones de cálculo de utilidad o de interés solo puede conducir a la violencia. Como señaló Gilbert Keith Chesterton, son las vacas, las ovejas y las cabras los seres que viven como puros economistas".

Ese razonamiento binario que se hace pasar por concluyente, y que termina por considerar al ser humano como cabras, vacas y ovejas, está en la raíz de nuestros problemas. La sociedad es mucho más que ese vivir en una pura acción mecánica. Pero es el único que se puede medir, y es el que articula las soluciones económicas que se ponen en marcha. Desde esta perspectiva no es posible entender la importancia del desgaste social que supone la desconfianza, pero tampoco imaginar qué significa para mucha gente tener que afrontar un gasto imprevisto de 500 euros, o que les suban la hipoteca o el alquiler 300 euros al mes, o que el precio del combustible se encarezca. Desde ese marco, las decisiones son obvias: que se vayan a una vivienda que puedan pagar o que utilicen la bicicleta para ir al trabajo, que además es ecológico. Oveja, si no tienes dinero para estar en este prado, vete a pastar a otro.

Esta actitud aumenta la sensación de injusticia, en la medida en que no son acciones propias las que justifican la pérdida de nivel de vida, sino elementos teóricamente incontrolables que siempre acaban por afectar para mal a los mismos: cuando hay que pagar alguna crisis (da igual su causa: las malas apuestas de financieros millonarios, las grandes inversiones fracasadas, la reconversión verde o la guerra rusa), siempre están ahí aquellos que se creen de clase media para hacer frente a la factura.

Las clases medias, por tanto, están menguando en términos muy superiores a lo que los gráficos y los números puedan señalar, porque la confianza en el funcionamiento correcto de la sociedad es cada vez menos firme, porque el imaginario al que aspiraban queda cada vez más distante, y porque las promesas de mejora fueron sustituidas por las amenazas de desclasamiento. La confianza en el futuro solo la conserva una capa fina de la sociedad, y por eso dicen ser optimistas, pero el resto sabemos que las buenas posiciones son eventuales y las malas tienden a cronificarse. Y eso tiene consecuencias políticas evidentes, sin las cuales no puede entenderse las tensiones que estamos viviendo. Las clases medias, y es irrelevante que lo sean o que se lo crean, están empezando a enfadarse. Hasta ahora, el descontento está organizado desde una hostilidad creciente, pero encauzada en un marco sistémico. Con el tiempo, dejará de ser así."                   (Esteban Hernández, El Confidencial, 04/02/23)

29/9/22

David y su clase media aspiracional están quedando obsoletos frente a una identidad hostil, reaccionaria y egoísta. Una identidad moldeada desde lo digital que ya no compra un sucedáneo de mejora, sino que cree que puede hacerse rica invirtiendo en criptomonedas... la clave que explica la disonancia entre la vida y los problemas de David y su respuesta política: la identidad. No es lo mismo ser que ser para sí mismo, es decir, que no importa lo que realmente seamos si no lo percibimos como tal y actuamos en consecuencia. La identidad es una compleja mezcla conformada por percepciones, educación y costumbres, donde entran variables que van desde la nacionalidad hasta la orientación sexual pasando por la pertenencia a un equipo de fútbol. Mientras que en la clase alta la identidad suele estar clara, la gran mayoría de la clase trabajadora se siente ajena a sí misma

 "Se llama David y tiene alrededor de 35 años. Trabaja en cualquier rama administrativa del sector privado, quizá como contable en una empresa de tamaño medio, llevando cuentas en alguna central bancaria o puede que como informático. Vive en la periferia de la periferia de una gran ciudad, en una zona conocida como plan de actuación urbanística: modernos bloques de pisos de cuatro alturas, piscina, garaje y climatización, avenidas amplias, todo estructurado en torno a un centro comercial que sirve como nave nodriza para el ocio y el avituallamiento. 

El coche le resulta imprescindible, ya que lo tiene que utilizar para cualquier desplazamiento, incluido el laboral. Hace deporte, en función de los gustos que marca su jefe en la oficina: probó con la bici y el pádel, ahora tan sólo le da al fit en el gimnasio.

(...) InfoLibre ha publicado dos interesantes artículos estos últimos días. El primero, de Javier Guzmán, analiza la existencia de la clase media, en función de la renta, y cómo ese segmento de la sociedad ha ido disminuyendo con las últimas crisis. El segundo, de Endika Nuñez, tira también de datos para deducir que una gran parte de las personas que creen ser de clase media no alcanzan la renta suficiente que les permitiría definirse como tal. Al leer ambos no he podido más que echar mano de la descripción costumbrista e imaginarme que detrás de las cifras de los artículos se encontraba David. 

También acordarme de cómo hace ya algunos años describí este fenómeno en el libro La trampa de la diversidad bautizándolo como clase media aspiracional: trabajadores que gracias al consumo de bienes, pero sobre todo de estilos de vida, se percibían no sólo con un estatus elevado sino que naturalizaban posiciones ideológicas derechistas sin saberlo, permaneciendo así ajenos al conflicto capital-trabajo, que realmente era el que marcaba sus vidas.

Que hablemos de clases para analizar nuestra sociedad no es un capricho, sino una realidad atendiendo a que la clase social es un factor de suma importancia al afectar de lleno a nuestra vida, a nuestras oportunidades e incluso a nuestra salud. Obviamente, nuestro mundo ya no es el de la Inglaterra industrial del siglo XIX, por los cambios productivos y tecnológicos, pero también, y esto tiende a olvidarse, por el efecto de dos siglos de lucha de los trabajadores. Que David vaya a una oficina y no a una fábrica es el resultado de la reconfiguración del sistema económico, más que un triunfo personal. Que su hijo vaya a natación en vez de estar limpiando el interior de una máquina se debe al fruto de la lucha de clases. Es decir, que si mejoramos lo hacemos colectivamente, en función de si la balanza se inclina hacia los salarios y los recursos comunes o hacia los beneficios empresariales, la especulación y el rentismo.

Que la sociedad perciba que existen clases sociales es también un eco de esa lucha organizada de los trabajadores. Que la sociedad entienda que esas clases se definen como altas, medias o bajas es un éxito de la sociología de derechas norteamericana que, teniendo que asumir la certeza de esta división, centraba el análisis no en la posición que grandes grupos ocupaban en el sistema productivo capitalista, sino en función de la rentas de los individuos. De esta manera no sólo se desactivaba el conflicto, sino que, de haberlo, era de la propia persona contra su capacidad de superación. Si durante el siglo XX, en buena parte de Europa, ser de clase trabajadora era un orgullo que se manifestaba no sólo en una conciencia positiva de la comunidad sino en una acción sindical y política, nadie, obviamente, quiere pertenecer a la clase baja, tendiendo a huir de esa posición aunque sea identitariamente. 

 Aquí está la clave que explica la disonancia entre la vida y los problemas de David y su respuesta política: la identidad. No es lo mismo ser que ser para sí mismo, es decir, que no importa lo que realmente seamos si no lo percibimos como tal y actuamos en consecuencia. La identidad es una compleja mezcla conformada por percepciones, educación y costumbres, donde entran variables que van desde la nacionalidad hasta la orientación sexual pasando por la pertenencia a un equipo de fútbol. Mientras que en la clase alta la identidad suele estar clara, la gran mayoría de la clase trabajadora se siente ajena a sí misma

 De ahí que se viva como algo vergonzoso, se privilegie cualquier otro aspecto de la identidad –las diversidades– o se asuma la pertenencia a una clase media abstracta, ambigua e inmaterial. La cuestión, recordamos, no es insistir en la pertenencia de clase como algo folclórico, sino porque es el elemento esencial que impulsa nuestra acción política.

Todos aspiramos a vivir mejor. De hecho, en la segunda mitad del siglo XX, la clase trabajadora, con la consecución del Estado del bienestar, logró importantes avances que, unidos a aquello que se llamó ascensor social, un capitalismo estable que permitía cierta movilidad económica, dio a las aspiraciones un carácter bien material. Con la llegada de lo neoliberal se depauperaron los servicios públicos y los derechos, pero también se averió ese ascensor social. ¿Cómo se solventó el problema para las nuevas generaciones que empezarían a tener condiciones inestables y precarizadas? Transformando esas lógicas aspiraciones en estilos de vida, en artefactos culturales que harían pasar las mejoras por apariencia de mejoras, extendiendo la ilusión del propietario y colmando la satisfacción con la estética de lo exclusivo. Si a esto se le suma que nuestra identidad se percibe ya sólo desde lo individual y lo competitivo, ¿a quién le puede extrañar que David no saque apenas conclusiones acertadas sobre quién es y cómo defender sus intereses?

No se trata, como de hecho piensa una parte del progresismo, de que David esté manipulado por los medios de comunicación, aunque algo de eso haya en el plano corto. David es perfectamente consciente de que en España los ricos son cada vez más ricos, de que el sistema no juega limpio, de que hay corrupción y de que él vive una vida cada vez más llena de incertidumbres. La cuestión es que David piensa que la única salida frente a todo eso es su esfuerzo, quedar el primero en una descarnada competición, porque no se percibe como parte de nada, la clase trabajadora, capaz de cambiar las cosas desde la acción colectiva y organizada. A lo mejor, parte del problema es que ese mismo progresismo que piensa que David es gilipollas lleva más de 20 años minusvalorando a los sindicatos, a las políticas laborales y buscando nuevos sujetos que, además, consideran ahora a David como una ameneza cis-hetero-patriarcal-eurocéntrica.

 El problema, de hecho, ya no es sólo David. David y su clase media aspiracional están quedando obsoletos frente a una identidad hostil, reaccionaria y egoísta. Una identidad moldeada desde lo digital que ya no compra un sucedáneo de mejora, sino que cree que puede hacerse rica invirtiendo en criptomonedas. Una identidad convencida de que pagar por todo, incluida la sanidad o la educación, no es malo porque eso te hace destacar sobre el resto. Un tipo de personas que han hecho de la tecnología un fetiche y de los millonarios californianos modelos a adorar. Individuos cuya cultura tan sólo entiende a la clase trabajadora como la mitificación de la delincuencia de barrio expresada en el trap. Unas personas para las que su cuerpo es un capital que rentabilizar en Instagram. Para las que todo, incluida la venta de su sexo, es susceptible de monetizar. Individuos que cuando no alcanzan la tierra prometida no entienden la naturaleza de la estafa, buscando culpables en la política, en la democracia y en el inmediatamente inferior, reclamando orden al precio que sea. No hace falta que les cuente quién se aprovecha de ellos. 

 Levanten la cabeza. A pesar de todo sigue habiendo millones de personas que aún son perfectamente conscientes de su identidad en relación a la posición que ocupan en el sistema productivo, millones de personas que saben que la única manera de mejorar es hacerlo conjuntamente, millones de personas que participan de aquello que se llamó conciencia de clase. La identidad está expuesta a muchas y poderosas influencias, pero la vida aún enseña, si se tienen los ojos abiertos, si se sabe tirar de determinados hilos históricos y, sobre todo, si se escucha con atención a los que nos precedieron. Cuando estos millones de personas, además de votar cada cuatro años en unas elecciones, trabajan en su sindicato, en su barrio, salen a manifestarse a la calle, David, que no es gilipollas, suele darse cuenta de quién es y se une a ellos. Esos millones de personas siguen esperando a alguien que les hable, que les impulse, que les proporcione un horizonte hacia el que caminar. Esperan, incluso a pesar de saber que a menudo lo hacen en vano."                 (Daniel Bernabé, Info Libre, 20/09/22)

29/3/21

Adiós a la clase media... Las clases medias del Norte global están perdiendo su estatus privilegiado frente a la automatización, la flexibilización laboral y una movilidad social descendente. Las propuestas políticas de izquierda para la clase media son decisivas para cualquier política igualitaria que pretenda ser exitosa

"El aumento de la desigualdad desde 1980 fue impulsado desde arriba, en parte por el 10% más rico de la sociedad, y en mayor medida por el 1% más rico y por algunas fracciones todavía más pequeñas que acumulan una riqueza de proporciones faraónicas. La pobreza no afectó en igual medida al 90% restante, pero todos los sectores que lo componen fueron abandonados a su suerte. Este proceso estuvo en el origen de una amarga literatura académica y periodística típica del Norte global, que contrasta fuertemente con los sueños de una «clase media en ascenso» propagados por los bancos de desarrollo y por las consultoras.

Para fortalecer la determinación burguesa en un momento de crisis y baja autoestima, el libro de Torben Iversen y David Soskice, Democracy and Prosperity (2019), le rinde homenaje a las «democracias capitalistas avanzadas» (aunque los autores muestran más deferencia hacia el capitalismo que hacia la democracia, a la que acusan de la desigualdad). «La esencia de la democracia», aseveran, es «el avance de los intereses de la clase media».

Iversen y Soskice, ambos destacados economistas institucionales, argumentan que la clase media está en línea con el capital a través de dos mecanismos fundamentales. Uno es la «inclusión en el flujo de la riqueza» que produce la acumulación de capital. El otro es el Estado de bienestar: el sistema de impuestos y transferencias asegura que las clases medias «participen» de la economía del conocimiento. Pero las recientes investigaciones sobre desigualdad muestran que lo que se está terminando es justamente esta «inclusión» y esta «participación».

Al comienzo, la distribución neoliberal efectivamente favoreció los intereses de la clase media. La privatización de algunos servicios públicos les valió algunas ganancias a ciertos segmentos afortunados de la clase media. El financiamiento público de algunas instituciones de educación privadas a través de un sistema de subvenciones, tal como se hace hoy Suecia, le dio a los padres de clase media una buena oportunidad para enviar a sus hijos a «buenas escuelas» con pocos niños inmigrantes y de clase trabajadora. La privatización de la salud fue menos popular y más propensa a escándalos públicos, pero todavía es aceptada por muchos como la pareja natural de la austeridad y de la escasez de las prestaciones públicas.

Por otro lado, la exclusión de la clase media de las viviendas urbanas de primera clase se desarrolla a un ritmo acelerado mientras crecen las brechas de ingresos y de riqueza. Mientras tanto, el ambientalismo penetra cada vez más profundamente en la clase media educada, que jerarquiza explícitamente la supervivencia del planeta y la sustentabilidad ecológica por encima de los intereses del capital. 

Quedarse atrás 

Si la media es la mitad exacta de una determina distribución, la proporción entre los ingresos del 1% más rico y la media es una buena medida de la distancia que separa a la clase alta de la clase media. En EE. UU., esta proporción saltó de 11:1 a 26:1 durante el período 1980-2016. En el Reino Unido pasó del 3:1, relativamente bajo, a alrededor de 10:1. En Alemania la proporción también creció, mientras que en Francia bajó ligeramente desde el 11:1, que de por sí es bastante alto.

A causa de la polarización de los ingresos, el tamaño total de la clase de ingresos medios –es decir, aquellos cuyos ingresos representan entre el 75 y el 200% de la media– se hundió en el área de la OCDE y la posibilidad de pertenecer a ella se redujo notablemente. La movilidad ascendente hacia la educación terciaria se estancó en 1975, mientras que el riesgo de la movilidad descendente creció de manera considerable en los años 2010, especialmente en el Reino Unido.

El COVID-19 prosiguió, y en algunos países incluso aceleró, la ruptura entre las clases medias y las clases altas. En EE. UU., la riqueza de los multimillonarios incrementó un 44% desde mediados de marzo de 2020 hasta fines de febrero de 2021, en un momento en el cual el 50% de las personas con títulos universitarios o educación superior declaraban enfrentar dificultades para costear sus gastos cotidianos. A fines de julio de 2020, la riqueza de los multimillonarios británicos había crecido un 35% más que durante el año anterior, mientras que uno de cada cinco empleados de ingresos medios declaró que había disminuido su capacidad de ahorro y la mitad declaró que esta no se había modificado. 

 El fracaso de Biden 

 Los niños de la clase media son dejados de lado por un sistema educativo elitista que es cada vez más excluyente y que abarca desde los jardines de infantes hasta las universidades más destacadas. Mientras tanto, los padres de las clases altas hacen inversiones inigualables para preparar a sus hijos para las mejores posiciones que ofrece el mercado laboral.

David Markovits, profesor de Derecho de la Universidad de Yale, calculó que esta inversión en una formación de élite que supera el gasto promedio en educación equivale a una herencia de 16.8 millones de dólares. El resultado es que los «niños ricos ahora superan a los niños de clase media en el SAT en una proporción que representa el doble de aquella en la que los niños de clase media superan a los niños criados en la pobreza».

El proyecto de Biden para fortalecer a la clase media bajo el gobierno de Obama no logró garantizar la asistencia para el cuidado de los niños ni el acceso a la universidad, y fracasó también en lo que respecta a la cobertura de salud. El 1% más rico de Estados Unidos perdió contacto, no solo con la clase media nacional, sino también con todas las clases altas de Occidente, y se retiró para constituir una casta singular. 

Plustrabajo 

En toda el área de la OCDE, los niños que aspiran al ascenso social enfrentan la reducción de las oportunidades de movilidad. Pero esto no es todo. Se está debilitando el núcleo mismo del trabajo de la clase media. El trabajo de la clase media siempre adoptó tres formas principales: el trabajo por cuenta propia, el trabajo de oficina para alguna autoridad delegada y las profesiones «liberales». En el largo plazo, la pequeña burguesía autónoma, compuesta típicamente por comerciantes y por una rama rural de productores agrícolas y ganaderos, disminuyó en número e importancia.

Es cierto que en el Reino Unido, a lo largo del último siglo, se observó un incremento del número de trabajadores autónomos urbanos que son dueños de sus propios negocios. Sin embargo, este incremento está completamente determinado por los cuentapropistas, la mayoría de los cuales están más cerca de los trabajadores precarizados que de la pequeña burguesía histórica cuyos negocios se están reduciendo drásticamente. La media de sus ingresos anuales en 2015-2016 fue de 21 000 libras esterlinas, es decir, un tercio del ingreso promedio de un asalariado.

Antes de ser completamente expulsados, como sucedió con amplias franjas de empleados bancarios y del correo, los empleados de oficina y los gerentes de bajo nivel estarán cada vez más sometidos a lo que David Boyle denomina acertadamente «taylorismo digital». Los empleos de oficina de cuello blanco dejaron de ser trabajos seguros y formas relativamente cómodas de escapar a la clase trabajadora y se convirtieron en el principal objetivo de la automatización.

El tercer sector clásico de los empleos de clase media solía ser el de las profesiones «liberales», es decir, trabajos a los que se accede luego de una prolongada formación en las instituciones de educación superior que permite hacerse de conocimientos inaccesibles a la población en general. Incluyen profesiones antiguas como la docencia, la medicina, el derecho, en muchos países las carreras de funcionario público, y, a partir del S. XX, algunas «semiprofesiones» como la enfermería y el trabajo social, para nombrar solo dos.

Durante mucho tiempo, estas profesiones eran respetadas y percibidas como algo carente de interés para los negocios y para el capital. En la tradición alemana del S. XIX y principios del S. XX, a estos sectores se los llamaba Bildungsbürgertum (burguesía culta) y estaban más o menos asociados a la Wirtschaftsbürgertum (burguesía económica). En oposición al mundo de los negocios, cuyo fin es la ganancia, la sociología definía a las profesiones como actividades orientadas al cultivo del conocimiento y del servicio público.

Las profesiones socavadas 

En este momento las profesiones de clase media están siendo atacadas –con la excepción, en términos generales, de los abogados– y están en proceso de ser destruidas. El ataque proviene de distintos ángulos, que pueden resumirse como una invasión del «gerencialismo». Esto implica una relativa devaluación del conocimiento de los especialistas al que, a su vez, se le pierde el respeto. En la práctica, esto significa antes que nada la subordinación de los profesionales docentes, investigadores, médicos, enfermeras, ingenieros y otros, a los gerentes y administradores de las escuelas, universidades, hospitales y empresas.


La práctica del conocimiento profesional está sometida al control, evaluación y sanción de los gerentes, lo cual deriva de la desconfianza institucionalizada de la autonomía y de la ética profesionales. La práctica y la ética profesionales están sujetas a cálculos generales de costo-beneficio, muchas veces inventados especialmente para estos cuasimercados internos, como por ejemplo, las administraciones universitarias que les cobran a los departamentos universitarios por el uso de los locales universitarios. Estos inventos de costo-beneficio también forman parte de un ataque antiprofesional especialmente intenso que se realiza bajo el lema del mercado.

La imposición de una norma ideal de mercantilización –el opuesto instrumental a la mentalidad profesional de valores intrínsecos, como el conocimiento, la satisfacción de las necesidades y la imparcialidad de la ley y de las normas– es promovida tanto por la privatización (de escuelas, hospitales, cárceles, etc.) y por la así denominada «Nueva Gestión Pública» de instituciones financiadas con impuestos. Se supone que estas últimas deberían trabajar internamente como empresas en el marco de un cuasimercado, comprándose y vendiéndose servicios las unas a las otras, mientras que externamente se les exige que contraten a empresas privadas para brindar servicios públicos.

De esta manera, la educación, la atención sanitaria y los servicios sociales se convirtieron en áreas rentables para la acumulación de capital, lo cual atrajo en gran medida el interés de la «burguesía económica» que demolió a la «burguesía cultural» en su propio terreno.

Las profesiones de clase media no deben ser idealizadas, dado que sus rutinas repetitivas ciertamente pueden hacer que quienes las practican se vuelvan cerrados, conservadores, autocomplacientes e ineficientes. Pero este no es un rasgo inherente al profesionalismo y ser docente, doctor o funcionario público fue alguna vez una fuente de orgullo y seguridad para la clase media. Ese orgullo y esa seguridad están siendo pisoteados y el látigo de los gerentes está prevaleciendo por sobre la colegialidad. Muy pocos tienen éxito en su intento de escapar hacia la clase media alta de los gerentes y los profesionales «estrella», pero para el resto, el presente –y probablemente también el futuro– es la inestabilidad y una trayectoria descendente. 

 Una nueva política 

La dialéctica del capitalismo industrial, que Marx analizó y predijo con una precisión impactante, dejó de operar en el Norte global y se topó con obstáculos en el Sur. El capitalismo posindustrial dejó de producir una clase obrera cada vez más grande y concentrada. Este proceso terminó en el Norte durante el período 1965-1980, cuando el peso social de la clase trabajadora alcanzó su punto más álgido. En el Sur global, la manufactura se estancó en los años 1990 y el empleo industrial –incluyendo la minería y la construcción– lo hizo aproximadamente en 2010.

Aun si los sectores de la clase trabajadora perdidos en manos de la derecha pueden ser recuperados, el movimiento obrero es solo uno de los componentes necesarios de una política igualitaria y no es más el único agente suficiente ni su centro natural. Las propuestas políticas de izquierda para la clase media son decisivas para cualquier política igualitaria que pretenda ser exitosa.

Este es un tema muy delicado y difícil, porque estas políticas igualitarias para la clase media no pueden abandonar a los más vulnerables, ni a la mitad más pobre de la población frente a las privatizaciones y el estancamiento de los ingresos, ni tampoco dejar de lado los derechos de los empleados frente a los empleadores. Se trata de hacer lo opuesto al blairismo y a cierta orientación de derecha para la clase media que destruyó al Partido Socialista francés y al Partido Socialdemócrata de Alemania, es decir, lo opuesto a darle la espalda al pueblo y a salir de fiesta con el capital mientras se representa una visión del mundo de clase media alta.

 La tarea es convencer a la clase media –o a una parte considerable de ella– de las ventajas que representan la igualdad y la solidaridad humana por sobre los privilegios neofaraónicos y las recompensas de las que gozan el capital y sus hijos. El punto de partida es que el capitalismo financiero y posindustrial está abandonando y excluyendo a la clase media mientras produce una sociedad que enfrenta al 1% contra el 99%. Gobierne quien gobierne en estas pobres democracias, no será seguramente el votante medio de las teorías económicas de la democracia. «Se terminó el “medio pelo”» podría ser el epitafio neoliberal para la clase media."                    ( , JACOBIN América Latina, 28/03/21)

20/11/20

EEUU ha replicado el orden aristocrático europeo que rechazó en sus orígenes porque la movilidad social del país depende de lo que heredas de tus padres... "La división de clases en EEUU es tan extrema que no es una democracia real"

 "Una extensa investigación ha llevado a Nancy Isenberg, escritora y profesora de Historia de la Universidad Estatal de Luisiana, a concluir que EEUU ha ocultado deliberadamente su propia historia de clases sociales; que el mito del 'sueño americano' no existe; y que EEUU "ha replicado el orden aristocrático" europeo que rechazó en sus orígenes porque la movilidad social del país "depende de lo que heredas de tus padres en lugar de tener servicios sociales que hagan que sea una cuestión de mérito". Su trabajo está recogido en el ensayo 'White trash: los ignorados 400 años de historia de las clases sociales estadounidenses' (Capitán Swing).

¿Por qué ha ocultado EEUU deliberadamente su historia de clases sociales?

Creo que parte del problema es que en EEUU prestamos mucha atención, incluso hoy en día, a celebrar nuestro nacimiento como país independiente. Todas los Estados-nación crean mitos de lo que representa su Gobierno y su país y nuestro mito se fundó en el rechazo del sistema de clases que existía en Europa. Rechazar la aristocracia, los títulos, la monarquía. Tomar esa identidad política implicaba que siempre había una tensión a la hora de discutir cuestiones de clase en el país.

Aunque hay un intento de negar la clase –ligado al mito de que América es la tierra de las oportunidades y que todo el mundo puede experimentar la movilidad social, lo cual no es cierto–, a menudo esta emerge y se convierte en parte del debate político. Incluso la Guerra Civil es sobre raza y clase. Con el New Deal y la Gran Depresión tanta gente se quedó sin trabajo que de repente ya no podían utilizar la lógica de que son los perezosos los que no trabajan. De pronto tuvieron que reconocer que Estados Unidos no sólo ha experimentado una movilidad ascendente, sino que experimentamos más movilidad descendente. Para los estadounidenses, este es un tema realmente difícil de hablar.

¿Diría usted que existe el 'sueño americano' para la clase trabajadora blanca de EEUU?

Las personas que apoyan a Donald Trump no es que adoren al presidente, sino que lo que realmente les gusta es que ha creado un espacio donde de repente la gente tiene que prestar atención a la clase obrera blanca. De pronto tienen un defensor. De pronto tienen un espacio en los medios de comunicación donde antes habían sido completamente ignorados. 

La mayoría de las personas que votó a Trump en 2016 no cree en el mito de la meritocracia –trabaja duro y serás recompensado–. En la práctica, este mito no se les aplica. Poco más de un tercio de los estadounidenses llega a tener títulos universitarios. La idea de ir a la universidad, algo que realmente cambia tus ingresos, no se aplica a ellos. También tienen miedo de perder su estatus en lugar de poder ascender, que es en lo que se centran los demócratas. No creen en la idea del profesional formado porque saben que eso no va a ser alcanzable para ellos y probablemente ni siquiera para sus hijos. Lo que quieren es ser recompensados con un retorno a los empleos de clase trabajadora más estables que han desaparecido porque todos se han llevado a otros países.

Es difícil entender cómo estas personas llegaron a votar y convertirse en convencidos seguidores de Trump en 2016 si, como usted dice, el presidente está tan lejos de ellos y no se identifica con sus intereses.

Vivimos en un mundo de ideología y la gente en EEUU se piensa que tenemos más movilidad social que cualquier otro país del mundo, lo cual no es cierto. Está probado estadísticamente. Países como Suecia y Dinamarca tienen más movilidad social porque proveen servicios sociales. En este país, la familia promedio tiene que contribuir con el 50% de su riqueza a sus hijos. Hemos replicado el orden aristocrático porque todo depende de lo que heredas de tus padres en lugar de tener servicios sociales que hagan que sea una cuestión de mérito. Pero la mayoría de los estadounidenses saben muy poco sobre su historia y repiten una y otra vez el mito [del 'sueño americano']. 

Nuestra división de clases es tan extrema que no es una democracia real. En el Congreso son todos millonarios. Esa es realmente una de las cosas que ha cambiado sustancialmente. Inicialmente en nuestro país, si estabas en el Congreso, no ganabas mucho dinero. En 1817 decidieron aumentar sus salarios a unos 16 dólares. El problema entonces es que había que ser rico para servir en el Congreso. Pero ahora hemos ido al extremo opuesto donde toda esta gente está vinculada a grupos de presión, se gastan una fortuna en sus campañas y están totalmente fuera de contacto con la sociedad. Pasan la mayor parte del tiempo al teléfono tratando de recaudar dinero.  

 

Cuando esta gente eligió a Trump, también estaban rechazando al Partido Republicano. Estaban cansados del político al uso. La otra cosa que hace Trump que les atrae y que fue una de las claves de su éxito es la forma en que habla. Les encanta que hable a la gente a la cara, que sea grosero... Y confunden eso con la autenticidad. Es muy triste que los estadounidenses acepten esto, pero tristemente se remonta al siglo XIX. En el siglo XIX, los políticos de la élite iban al interior del país y lanzaban sus mensajes a la gente pobre que vivía en las cabañas. Y por un momento tenían que hablar su idioma. Pero tan pronto como se iban, ya no tenían ninguna obligación de apoyar ninguna política que realmente les beneficiase.

¿Por qué es tan importante la intersección de clase y raza que resulta en la 'escoria blanca'? ¿Qué le diferencia del resto de la clase trabajadora del país?

Creo que eso es muy importante. Voy a enfatizar dos grandes tendencias que suceden en la historia de EEUU sobre la intersección de raza y clase. Una es que las élites sureñas a menudo manipulaban la tensión entre los blancos pobres y los afroamericanos pobres. En la Guerra Civil, por ejemplo, cuando la Confederación era un Gobierno muy elitista, incluso pensaron en negar a los blancos pobres el derecho al voto. Tenían un profundo temor de que su población blanca pobre apoyara a Lincoln porque este prometía la Ley de la Granja –permitir a pequeños ganaderos y agricultores el acceso a tierras del Gobierno– y la concesión de tierras a los sin tierra. Entonces, las élites sureñas trataron a menudo de atraer a los blancos pobres. Lo que hicieron durante la Guerra Civil fue decirles que si apoyaban a Lincoln iban a perder su estatus y se convertirían en el equivalente a un esclavo. Siempre explotaron esa tensión. 

Eso también pasó cuando el movimiento populista a finales del siglo XIX trató de movilizar los intereses de los negros de la clase trabajadora y los sureños blancos pobres de clase trabajadora. Las élites sureñas trataron de romper esa alianza y trataron de asegurarse de que los blancos pobres estaban alineados con otros blancos de la élite o de la clase media. Eso siempre ha sido una tensión incómoda. Hacer imposible que los blancos y negros pobres creen una alianza de clase trabajadora ha sido una constante. Esta es la única tensión que se repite una y otra vez en la historia de EEUU. Pero hubo gente que trató de romper esta dinámica, como Martin Luther King (MLK). 

La gente se olvida de que MLK decía que hay que abordar la raza y la clase. No se puede asumir que la gente y sus vidas están definidas por una sola variable. La sociedad es compleja. Sin embargo, los medios de comunicación siempre quieren simplificar las cosas y terminan convirtiéndose en un disco rayado. En este sentido, la mayor parte del enfoque en estas elecciones es simplemente hablar del nacionalismo blanco todo el tiempo que, aunque refleja una parte del electorado de Trump, no refleja todo. 

Estamos en un dilema donde a menudo no conocemos el pasado y en el presente existe una jerarquía de opresiones. Esencialmente tenemos que decir siempre que la raza está en el centro de todo, cuando en realidad puede ser raza y clase. No se pierde nada al decir esto y no entiendo por qué los periodistas tienen esta especie de dogma. Hacen una genuflexión y dicen: "raza, raza, raza, raza". Y luego se pierden el panorama general. Se pierden que la raza y la clase pueden operar al unísono para oprimir a ciertos grupos de manera diferente. La clase importa tanto como la raza en lo que respecta a la fuente de esa opresión.

¿Por qué sostiene que los orígenes de la 'escoria blanca' se remontan a la colonización británica? ¿Cómo ha sobrevivido este sistema hasta nuestros días?

[Reino Unido] quería deshacerse de los pobres en el 'nuevo mundo', que no era la tierra de la libertad, sino precisamente lo contrario. El 'nuevo mundo' era básicamente un asilo para pobres para aliviar la presión económica sobre Gran Bretaña. La razón por la que el lenguaje para referirse a estas personas ha persistido y permanecido vivo tiene que ver con la persistencia de los pobres de zonas rurales. Son a menudo los pobres más invisibles, pero en cierto sentido tienen mucha influencia política, especialmente en el sur, por la forma injusta en que se cuentan los votos y la forma en que funciona el colegio electoral.

Esta división entre lo urbano y lo rural sigue vigente a día de hoy. Muchas de las personas que van a los mítines de Trump se identifican con un personaje rural: la forma en que llevan las gorras de trabajo, la forma en que llevan los vaqueros y camisetas. Están invocando una especie de identidad más antigua de estadounidenses rural."                   (Entrevista a Nancy Isenberg, historiadora, Javier Biosca, eldiario.es, 29/10/20)

17/11/20

Hemos vivido, y todavía quedan muchos rescoldos, en una sociedad de clase media... una vez que la URSS cayó, las capas medias comenzaron su lento y continuo regreso al pozo de la historia y las populares fueron de cabeza a la pauperización...

 "Hemos vivido, y todavía quedan muchos rescoldos, en una sociedad de clase media. Más allá de la situación material concreta, existía una autopercepción, y con ella una mentalidad dominante, que constituía el centro de la cohesión social. 

Podría resumirse así: una madre de clase obrera cuyo oficio consistía en limpiar casas, guardaba la esperanza, muchas veces satisfecha, de que sus hijos pudieran contar con una formación universitaria que les ofreciese un futuro mejor que el que ella tenía, o de que su sacrificio les permitiera disfrutar de una posición más holgada con el paso de los años. Esa esperanza ampliaba el espectro de clase media por encima de su situación estadística, porque permitía percibirse como perteneciente a ese estrato aun cuando fuera como punto de destino, pero también porque existían resortes sociales que ayudaban en ese objetivo.

 La provisión de servicios públicos era parte importante de ese sentimiento, ya que ofrecía una base para alejar del estado de necesidad y para confiar en la mejora de la posición social. No ocurría sólo en España, donde el estado de bienestar no era especialmente fuerte, sino que recorría todo Occidente.

El capitalismo fue desagradecido con la clase media, ya que hizo de ella un uso utilitario. La empleó como fuerza de choque contra el comunismo soviético en los países occidentales, y las capas medias jugaron ese papel con notable entusiasmo. Fue la clase que ganó la pelea ideológica durante la guerra fría, porque supuso un bastión claro de defensa del capitalismo occidental frente a ese mundo que se percibía gris, constreñir y sin ilusión que emanaba del otro lado del telón de acero. 

En los barrios populares españoles, la idea de un futuro mejor a través del ascenso social contribuyó mucho a su despolitización, porque los estratos obreros fueron desconectándose de los partidos de clase. El pago que recibieron las clases medias y las populares no estuvo en consonancia con su utilidad, porque una vez que la URSS cayó, las capas medias comenzaron su lento y continuo regreso al pozo de la historia y las populares fueron de cabeza a la pauperización.

Las dos fases del declive

Este declive de la idea que sostuvo a la clase media, la posibilidad de mejora social, ha tenido dos fases. La primera fue la recomposición del mercado para que el reparto de los beneficios del ámbito productivo fuera menos equitativo. Desde la época en que las grandes empresas giraron hacia los accionistas como guía y única orientación, el mundo del trabajo ha perdido peso, en salarios, condiciones y oportunidades. 

Ese declive ha significado también la pérdida de ingresos para pymes y autónomos, la aparición de mucho trabajo por horas o días, así como la disminución de los recursos para los desempleados. La consecuencia fue que la mayor parte de la gente pudo disponer de menos recursos y, por tanto, se le hizo más difícil sufragar los gastos precisos para la subsistencia. Sin embargo, aún quedaban los bienes públicos como salvaguarda: eran la ayuda que compensaba la pérdida de poder adquisitivo.

La segunda fase, que se acrecentó con la profundización en la globalización y más todavía tras la crisis de 2008, cambió ese escenario. Los Estados tenían muchas más dificultades para recaudar impuestos de quienes se movían en el escenario global, que podían sortear con facilidad las regulaciones nacionales, y muchos de ellos se endeudaron más, lo que supuso la pérdida de recursos que destinaban a la provisión de bienes públicos.

 Este proceso tuvo una doble vía: por una parte hubo servicios públicos que dejaron de serlo, y por otra los que continuaron prestándose fueron deteriorándose, y cada vez estaban más saturados y se prestaban en condiciones más difíciles.

Al mismo tiempo que estas dos fases tenían lugar, el coste de los bienes esenciales, desde la vivienda hasta la energía, aumentaba, en algunos casos sustancialmente. Fruto de esta doble presión, la clase media fue desapareciendo, también porque las clases con menos recursos entendían que los deseos de mejora social no iban a encontrar acomodo en la realidad.

 Fue abriéndose una brecha, con clases en clara separación, y con las capas intermedias que quedaban haciendo equilibrios para no caer. Una de las señales más evidentes de esa brecha es la necesidad de acogerse a los servicios públicos. Ya decía Margaret Thatcher que quien tenía 30 años y se desplazaba en transporte público era un perdedor, y esa idea cobra mayor vuelo hoy, porque amplía su espectro.

 La diferencia entre quienes pueden pagar la sanidad, la educación y el transporte privados y quienes no marca una nueva línea de clase. Se aprecia en muchos aspectos, pero uno de los más evidentes ha sido la educación: la titulación que ofrece garantías laborales implica estancias en el extranjero, credenciales de instituciones académicas de elevado coste o formación de posgrado difícilmente asequible para buena parte de la población, como ocurría con los MBA (que ya ni siquiera son tan útiles como antes). (...)"                     (Esteban Hernández, El Confidencial, 27/9/20)

12/11/20

Cuando la mitad de un país cae derrotada... los escándalos sexuales, los casos de corrupción o el impago de impuestos de Trump no le han pasado factura. Otros hubieran sido aniquilados por la opinión pública y las instituciones. Para el corazón de sus votantes (más que en 2016) estas irregularidades se han convertido en virtudes. Para la nueva clase baja en el interior de la clase baja blanca trabajadora, que se siente preterida respecto a las minorías afroamericanas o latinas; son los más pobres de entre los pobres...

 "(...) Con motivo del reciente estreno de su última película El juicio de los siete de Chicago (una denuncia de la persecución del sistema a los líderes de 1968 americano), Sorkin actualizó su opinión: “Trump ha sido peor de lo que imaginamos que sería”.

¿Qué ha pasado en estos cuatro años? El ascenso del trumpismo, que no será tan sólo un accidente histórico: el trumpismo irá más allá de Trump como el reaganismo trascendió a Reagan. Es sorprendente observar que los escándalos sexuales, los casos de corrupción o el impago de impuestos de Trump no le han pasado factura, lo que no ha sucedido, ni habría sucedido, con cualquier otro presidente o candidato a presidente. 

Otros hubieran sido aniquilados por la opinión pública y las instituciones. Lo mismo ha ocurrido con sus continuas mentiras y, hasta ahora, con su delirante destrucción de la fe pública en la legitimidad de las elecciones.

Para el corazón de sus votantes (más que en 2016) estas irregularidades se han convertido en virtudes. En buena parte, el trumpismo representa el descontento y el resentimiento de la parte baja de la población. Ha surgido con mucha potencia el concepto sociológico de “escoria banca” (white trash) para definir a una buena parte de los seguidores de Trump. 

Quizás se acerque al concepto de “lumpen” (grupo social formado por individuos socialmente marginados, como indigentes, mendigos, etcétera, desprovistos de toda conciencia de clase), que desarrollaron Marx y Engels..

 La “escoria blanca”, en definición de la profesora de Historia Nancy Isenberg (White trash. Capitán Swing, recién publicado en España) es una especie de nueva clase baja en el interior de la clase baja blanca trabajadora, que se siente preterida respecto a las minorías afroamericanas o latinas; son los más pobres de entre los pobres, aquellos a los que las fluctuaciones económicas no disminuyen o mejoran su miseria. 

Son capas estancadas, incapaces de incorporarse a la corriente dominante de la sociedad. Representan la doctrina del destino manifiesto y muestran la molesta tensión entre las promesas que se inculcan en EE UU (el sueño de la movilidad social ascendente) y la mucho menos atractiva realidad (la vulnerabilidad).

¿Cómo llegaron a Trump? Mientras la “escoria blanca” se ha multiplicado con la Gran Recesión y con la pandemia de la covid-19, un trabajador del cinturón del óxido declara concienciado en televisión: “El trabajo de una persona es su última línea de defensa contra los peligros de la vida. Un trabajo es una de las propiedades más preciosas que poseer”.                 (Joaquin Estefanía, El País, 06/11/20)

19/7/18

El hundimiento de la clase media americana... y su sustitución por la 'clase media precaria'

"Tanto estudiar y tanta formación intelectual para acabar siendo invisible. Esta es la sensación que tuvo Alissa Quart cuando llegó al mostrador de recepción del Columbia College de Chicago y preguntó por la profesora Brianne Bolin.
–¿Bolin? Lo siento, ese nombre no me sale en la lista.

No aparecía pese a que llevaba mucho tiempo enseñando composición literaria en ese centro. Ninguna extensión telefónica, ni soñar con una oficina en su condición de profesora adjunta.

Una vez que la contactó, Bolin emergió de la oscuridad. A Quart le llamaron la atención sus gafas, con una visible reparación casera a base de celo. Le explicó que se le habían roto hacía unos meses y no se podía permitir comprar unas nuevas. “En ese momento tenía 55 dólares en su cuenta y una deuda en la tarjeta de crédito de 3.000. Iba con un mes de retraso en el abono de los 975 dólares del alquiler de su piso de dos habitaciones”, escribe Quart.

Brianne fue una estudiante brillante que no tuvo problemas en encontrar trabajo tras licenciarse. Todo cambió a los 28 años, al quedar embarazada. Supo que criaría en solitario a su hijo. Las cosas se complicaron aún más. Finn nació con parálisis cerebral.

En el 2008 regresó a Chicago y en el Columbia le advirtieron que no obtendría un trabajo fijo. Eso era de otra época. Ahí seguía, cuidando a su hijo y sobreviviendo con un sueldo insuficiente –recibe food stamps (la ayuda federal para alimentos)–. 

Descrita como “una híper educada pobre”, es una más de los protagonistas reales de Squeezed (exprimidos), Por qué nuestras familias no pueden permitirse América, libro en el que Alissa Quart desgrana el hundimiento del pilar de la idiosincrasia de Estados Unidos y su famoso sueño.

No hace tanto, la expresión clase media era sinónimo de seguridad y complacencia. Ya no. “Todavía operamos bajo el mito de que, como sociedad, podemos ascender a la clase media y luego subir a otra clase”, indicó Quart en la presentación celebrada en el Barnes & Noble del Upper West Side de Manhattan.

 “En la actualidad no disponemos de esa movilidad ascendente, no podemos anticipar que nuestros hijos tendrán algo mejor que nosotros”, ratificó.
Esta presentación es como la cuadratura del círculo. 

En el entarimado, para formularle cuestiones, se hallaba George Packer, periodista de The New Yorker y autor de una de las obras esenciales para entender la evolución de EE.UU. En The unwinding (2013, publicada por Debate en el 2015 como El desmoronamiento), Packer profundiza en el proceso de descomposición a partir de las desigualdades económicas, la laminación de las clases medias, las deslocalizaciones industriales, la polarización política o desregulación y el poder de los grupos de presión y Wall Street. 

El volumen de Quart se adentra en esa clase media que, según el Pew Reserach Center, se ha encogido hasta el vuelco histórico de que la suma de ricos y pobres (121,3 millones) supera a sus 120,8 millones.


En el reverso de la gloria económica que pregona el presidente Donald Trump, Quart se centra más en la pérdida de calidad de ese estatus mítico que en el terreno de las cifras. En el recorrido por sus páginas surge Mat Barry, profesor de Historia en un instituto de la Bahía de San Francisco, que por la tarde-noche ha de conducir para Uber. 

El boom tecnológico ha provocado tal encarecimiento de la vivienda que precisa ingresos extra. “Son clase media pero clase trabajadora en términos de ganancias, al filo de ser pobres, sin acceso a los beneficios que estos reciben”, recalca.

Sin embargo, la mayoría de sus personajes reales ingresan de 45.000 a 125.000 dólares anuales, por encima de los 35.000 del límite que marca la pobreza. La autora recuerda que el 65% de los americanos subsiste con la preocupación de pagar sus facturas. “Una de las razones para la ansiedad es que la vida de clase media es ahora un 30% más cara que hace 20 años”, subraya. El coste de la vivienda, la sanidad o la educación se han doblado mientras que los salarios se han estancado.

Aplica el término de “la clase media precaria”. Se inspira en la expresión que el economista Guy Standing utilizó para definir a los obreros, sometidos a ocupaciones temporales, a tiempo parcial y mal pagados.

Ella lo usa para este otro grupo que se supone debía configurar una burguesía sólida, “gente que cree que por su preparación y trayectoria debería hallarse en una cómoda clase media, pero no les funciona y ven que las ventajas se han evaporado”, apuntó.

“Veo este libro –afirmó en su respuesta a Packer– como una ocasión para que los ciudadanos tomen conciencia, que dejen de autoinculparse y vean que lo que falla es el sistema, que entiendan los mecanismos del sistema que han hecho imposible que te sobrepongas a las dificultades financieras, para que no te puedas seguir culpando”.

Quart lo tiene claro: “Culpo a la concentración de la riqueza, a los impuestos que benefician a las corporaciones o a la desregulación de la industria”.           (Francesc Peirón, La Vanguardia, 15/07/18)

20/4/18

Creo que el extrarradio está reaccionando de la manera equivocada al hecho de no haber sido invitado a la fiesta. Siempre que te niegan la voz, te radicalizas... Lo que sí es aberrante es que la clase media política no entienda esta ira. Hay que ser pedagógico y canalizar la ira correctamente...

"El último libro de Kiko Amat (Sant Boi de Llobregat, 1971) es un punto de inflexión en su carrera como narrador. Un punto y aparte. Antes del huracán (Anagrama, 2018) es un drama silencioso de un extrarradio con más descampados que oportunidades. Un canto a la sordidez de una comarca maltratada, el Baix Llobregat, un quiero y no puedo. Mejor dicho, un quiero y no me dejan, una comarca no invitada a las fiestas. Un grito al vacío en una habitación insonorizada. 

El drama transcurre en Sant Boi, pero podría ser Leganés, Getafe, Dos Hermanas. Qué más da. La clase obrera que se arremolina en los alrededores de las grandes urbes suele compartir rasgos. Ante la mirada altiva de los de ciudad, los otros, aquellos que sí están invitados al guateque, Amat alza la vista y mira de frente, desafiante. Orgullo extrarradial. (...)

Hablas sobre la verdad de la comarca. ¿Cuál es la verdad sobre las periferias?
 
Las periferias no son una capital de provincia, tampoco son urbes románticas. Hay una gran diferencia entre los escritores periféricos y los de ciudad: los periféricos estamos doblemente aislados del romanticismo. 

Hay un escritor al que admiro mucho, Carlos Zanón, que habla exactamente de lo que hablo yo, de la separación de lo guay de lo sórdido, de lo patético. En el caso de la gente que vivía en Barcelona, podía ir al Raval, al Tibidabo, y encontrar un poco de belleza romántica.

 Eso no nos pasa a la gente que hemos crecido en el extrarradio. No quiero que suene a competición, a ver quién es más desgraciado, pero los de la periferia siempre hemos estado doblemente jodidos. Cuando intentábamos encontrar la belleza, nos encontrábamos con otro extrarradio. 

¿Cómo te relacionas con el extrarradio ahora que vives en Barcelona?
 
La huida fue natural. Vengo de un mundo donde nadie se quedó donde estaba, quizás por eso empatizo mucho con los sureños norteamericanos, a pesar de que su contexto es distinto. Sí, entiendo mucho esa diáspora que se va de su lugar de origen pero que nunca consigue quitárselode encima, porque esa ha sido precisamente mi circunstancia. Harry Crews lo explica muy bien: se fue de Georgia, pero nunca consiguió arrancársela de dentro.

Creo que las cosas son de un sitio, no de diez. En mis otras novelas, iba y volvía a mi sitio de origen, ahora me he dado cuenta de que ese origen es el que me ha dado mis historias. Mi origen continúa vivo, existe y constituye el ayer, porque nunca ha cicatrizado. 

 De hecho, creo que la incapacidad de cicatrizar es una característica distintiva de los narradores. Mi ayer es el Baix Llobregat y mis magulladuras de infancia. Esto es lo que da relevancia a los libros: yo estuve allí ayer. No necesito hacer un gran viaje para narrarlo.

La relación con el extrarradio, y te lo digo por experiencia, es fluctuante, como las identidades. Primero sientes amor: el extrarradio es lo conocido. Luego, durante la adolescencia, sientes odio: te das cuenta de que posiblemente no puedas escapar de allí. Más tarde sientes orgullo: vuelves a él y te reafirmas, “yo soy de extrarradio”. Es una relación muy compleja.
 
Y así tiene que ser. Tienes que salir. Yo tardé treinta años en escribir Rompepistas porque era incapaz de distanciarme de lo que había vivido. Yo era triplemente raro: raro porque era particular, raro porque era de extrarradio y raro porque pertenecía a una subcultura. Éramos los raros de los raros. Para escribir novelas, tienes que estar fuera, a mi me costó mucho.

Crecer en los 80 no debía de ser nada fácil.
 
Los 80 fueron muy poco benignos. Había muy poca compasión hacia el débil, muy poco respeto hacia el nerd. Era un mundo implacable con el que era poco atlético, con el que no encajaba con los retos sociales… Ahora hay una mínima voluntad de inclusión, antes no.

 En Antes del huracán me he querido desprender de cualquier tipo de romanticismo, cosa que no conseguí hacer con mis otros libros, en los que adopté una postura orgullosa y bélica, típica de los adolescentes. Antes intentaba hacer de cualquier defecto una virtud, ahora ya no. Esto era muy común en las subculturas de pringados de los 80. Este libro es distinto: habla desde la rareza, pero sin romanticismo.  (...)

Todos mis personajes manifiestan un anhelo de encajar. Anteriormente había enarbolado la bandera del frikismo para sobrevivir, en este libro es diferente: mis personajes viven angustiados, aislados del mundo. Antes del huracán también va sobre la separación y la tristeza que provoca la incapacidad de encajar.  (...)

En los 80, en Sant Boi había mucha gente colgada, era una realidad, no estoy hablando de algo romántico, ni de historias ambientadas en Los Ángeles. Yo quería explicar la forma en que viví mi infancia y adolescencia inventándome una historia, pero con aspectos de la realidad. Mi madre trabajaba en el psiquiátrico y yo iba allí a verla, por una extraña razón pedagógica que aún no he logrado entender. Esto me daba semanas de pesadillas.

Crecí, como tú, que también eres de allí, viendo a gente rota, ¿cómo puedes pensar que algo va a salir bien? En el Sant Boi de esa época, de niño solo veías a gente que en el camino se había roto, no era agradable. En algún momento podía resultar divertido, porque algunos locos tenían delirios exquisitos, pero en general, era una situación sórdida.

[El psiquiátrico de Sant Boi se encuentra en el centro de la ciudad, y durante los años 80 y 90, los enfermos que estaban allí ingresados podían salir con regularidad a pasear por el pueblo. La interacción entre la gente de dentro del psiquiátrico y la gente de fuera era muy habitual].

Sé de qué hablas.
 
Uno de los casos que menciono en el libro, el del hombre que intenta construir un submarino de cristal en su habitación, fue un caso real, me lo contó mi madre. ¡Hostia puta! ¿Qué nivel de delirio tienes que tener para construir coherencia alrededor de algo como eso? Me alucinaba. La imposibilidad de la coherencia a veces da risa. La locura y este libro son una negación de la normalidad, un concepto que ya es absurdo. 

De hecho, diré que, en comunidades de clase obrera, siempre pasan cosas muy raras y la gente convive con ellas y las acepta. Yo me acostumbré a ver a familias desestructuradas, gritos en los bloques de pisos… Era muy habitual, y eso no es una característica de extrarradio barcelonés, es muy ibérico, europeo incluso.

La novela gira en torno a por qué hay gente que se rompe y otra que no lo hace. Escribes: “¿Por qué alguna gente permanece intacta hasta el día de su muerte pero otra se parte en pedazos mucho antes?”. ¿No crees que todos nos rompemos, pero que unos lo disimulan mejor que otros?
 
No lo sé. En otras novelas sí he planteado preguntas y las he respondido, pero no en esta. No tengo respuestas como tenía en Rompepistas. Antes del huracán es una confesión: no sé por qué la gente se rompe. En este libro he intentado desaparecer, mis ideas no están ahí. Yo solo canalizo una voz y una historia, pero mi juicio no se encuentra entre las páginas. En mis otras novelas indicaba al lector hacia dónde pensar, en esta no, porque no lo sé.  (...)

En su último libro, Ciudad Princesa, la filósofa Marina Garcés escribe “la clave de todo son los retornos. Huir es lo fácil. El reto es cómo volver sin claudicar”. Tú entras y sales del extrarradio, al que, desde siempre, pero ahora aún más con el procés, se está atacando continuamente por sus opciones políticas, básicamente su voto masivo a Ciutadans. ¿No te ofende que se mire por encima del hombro a tu extrarradio, el lugar del que vienes?
 
Evidentemente. Yo siempre he vivido en el clasismo, esto lo hemos hablado con Carlos Zanón. Nosotros éramos los que se quedaban fuera de la fiesta, los del “acompáñeme, por favor”. No lo quiero romantizar, yo soy el tío al que siempre echaron de los sitios de postín, ese era mi destino.

 He notado las miradas de condescendencia. Ante esta situación, puedes adoptar una postura u otra, dependiendo de las herramientas que tengas. Yo he tenido la suerte de tener las herramientas necesarias para que nadie me hiciese sentir inferior. El clasismo me ha hecho enfadar, pero nunca me ha hecho claudicar, sino reafirmarme en mi cultura. 

Nunca me he sentido solo. Vengo de la cultura de la autosuficiencia. Respecto a la pregunta… Creo que el extrarradio está reaccionando de la manera equivocada al hecho de no haber sido invitado a la fiesta. Siempre que te niegan la voz, te radicalizas. 

Te construyes hacia el contrario.
 
Yo entiendo la ira política del extrarradio, pero es una ira mal canalizada. Lo que sí es aberrante es que la clase media política no entienda esta ira. Hay que ser pedagógico y canalizar la ira correctamente."                 (Entrevista al escritor Kiko Amat, Queralt Castillo, El Salto, 19/04/18)