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4/5/22

Los determinantes políticos de la felicidad

 "Las Naciones Unidas acaban de publicar un informe que cada año produce su Grupo de Trabajo sobre Desarrollo Sostenible (United Nations Sustainable Development Solutions Network) que  ha catalogado a la gran mayoría de países de las Naciones Unidas según su Nivel de Felicidad. 

La edición de este año es la 10ª y su intento ha sido hacer una valoración de 148 países de tal organización por nivel de felicidad. Su intento de definir la felicidad se basa en la propia evaluación de la persona entrevistada, de su situación en la vida actual, así como sus respuestas a situaciones concretas de distinto contenido emotivo que puedan configurar tal medida de felicidad. Los investigadores son científicos sociales de disciplinas variadas que incluyen  primordialmente psicólogos, sociólogos y economistas. Y gran parte de la información ha sido recogida por Gallup World Poll.

LAS ENORMES LIMITACIONES DE UTILIZAR INDICADORES ECONÓMICOS PARA DEFINIR El DESARROLLO HUMANO

El objetivo de este tipo de análisis es presentar una alternativa a la manera más común de analizar el grado de desarrollo de un país centrándose en indicadores económicos, como por ejemplo su nivel de riqueza, medida por su Producto Interno Bruto, qué es el valor monetario de todos los bienes y servicios finales producidos en un país en un determinado tiempo. Si el objetivo del desarrollo sostenible es alcanzar el mayor nivel posible de calidad de vida, bienestar y felicidad de las poblaciones actuales y venideras, entonces hay que admitir que la evidencia muestra que muchos de los mayores indicadores económicos que se utilizan hoy para medir el desarrollo son insuficientes, cuando no erróneos. Por ejemplo, ninguno de los países más ricos del mundo, con mayor Producto Interno Bruto (el indicador más frecuente para medir riqueza económica), como son los Estados Unidos no.1 , China no. 2, India no 7, y Rusia no.13, están entre los países más felices del mundo. Antes al contrario, todos ellos están, según este informe, en niveles bajos y la mayoría, muy bajos en este ranking de  felicidad:  Estados Unidos no.16, China no.72, Rusia no. 80 y la India no.136.

Estos países de elevada riqueza tienen modelos económicos distintos e incluso opuestos (ej. EEUU y China), pero todos ellos tienen enormes desigualdades sociales con enorme concentración de las riquezas, generando impactos negativos en el bienestar, calidad de vida y felicidad de la mayoría de sus poblaciones. Y esto sucede, en gran parte, como consecuencia de la excesiva influencia que los super-ricos (billonarios) tienen sobre sus gobiernos. En la lista del número de billonarios (empresarios, gestores, y accionistas de grandes empresas) por país, EEUU es no.1. China es no.2. India es no.3 y Rusia es no.5.

Ejemplos de cómo el poder económico se transforma en poder político de forma perjudicial para la felicidad de la mayoría de la población, son múltiples. Y ello ocurre en países de sistemas económicos distintos e incluso opuestos. En EEUU por ejemplo (el país más rico del mundo y uno de los más desiguales), los poderosos empresarios y dueños de la industria del carbón de aquel país hicieron fracasar la altamente popular propuesta energética del Gobierno Federal (que hubiera aumentado el bienestar, calidad de vida y felicidad de la mayoría de la población), esto debido al voto negativo en el Senado Estadounidense del Senador Manchin, miembro del mismo Partido Demócrata que está gobernando el país. Tal Senador está financiado por tales grupos empresariales de la industria del carbón, lo cual es legal en un sistema político considerado como Estado Liberal Demócrata, en donde la mayoría del sistema electoral está financiado privadamente. En el polo opuesto, en China (también uno de los países con mayores desigualdades), el propio Presidente, el señor Xi Jinping Jen, ha indicado en plena campaña electoral (pues se presenta para reelección de Secretario General del Partido Comunista Chino, el partido gobernante por definición), que por el bien del país, hay que controlar más a los oligarcas (término utilizado en China para definir a los billonarios), temeroso a que tengan excesiva influencia sobre el Estado Chino (que él ha estado presidiendo por muchos años), definido como Estado Popular.

Tampoco es una condición de felicidad el ser muy poderoso y tener gran poderío militar. De nuevo, ninguno de los países que tienen mayor gasto militar está entre los más felices. Antes al contrario, ninguno entre los cuatro países más armados del mundo, Estados Unidos no.1, China no.2, India no.3 y Rusia no.4 (que sumando su gasto militar representan más del 60 % del gasto militar mundial), están entre los países más felices. La mayoría de sus poblaciones dista mucho de ser feliz. En realidad, en muchos de estos países el elevado gasto militar se ha alcanzado a costa de un descenso del gasto público social. Por cierto, el país con menor nivel de felicidad es Afganistán no.146 (el país que ha estado en guerra por más tiempo).

¿CUÁLES SON LOS MÁS FELICES? ¿HAY ALGO EN COMÚN ENTRE ELLOS?

Según el informe, los 10 países más felices del mundo son: Finlandia no.1, Dinamarca no. 2, Islandia no.3, Suiza no.4, Holanda no.5, Luxemburgo no.6, Suecia no.7, Noruega no.8, Israel no.9 y Nueva Zelanda no.10. España por cierto es el no.29, por encima de Italia no.30. Es interesante señalar que tampoco hay una relación entre nivel de felicidad y PIB per cápita. Entre los 10 más felices, siete de ellos (Finlandia, Dinamarca, Islandia, Holanda, Suecia, Israel y Nueva Zelanda, no están entre los doce países con mayor PIB per cápita. Finlandia es el país más feliz del mundo, y en cambio es el no. 25 en la lista de países catalogados por su PIB per cápita. Nueva Zelanda es el no. 10 entre los más felices y solo el no.31 en cuanto al PIB per cápita. Por otro lado, Singapur, el no. 3 en la lista de PIB per cápita, es el no. 27 en cuanto a felicidad. Debería ser obvio que el indicador de PIB per cápita tiene también muy escaso valor, pues asume que la riqueza está igualmente distribuida entre los ciudadanos, lo cual nunca es cierto. Y de ahí que su valor para analizar el grado de bienestar y felicidad sea muy limitado, pues no define ni documenta un tema clave para determinar ambos indicadores, que es precisamente la distribución de la riqueza, así como de los bienes y servicios. Y ello queda claro cuando analizamos las características de algunos de los países catalogados como más felices.

En este sentido es importante destacar que los cinco países nórdicos escandinavos, Finlandia, Dinamarca, Suecia, Noruega e Islandia, que están todos ellos entre los más felices, tienen características comunes que sorprendentemente el informe no detalla. Todos ellos han estado gobernados (por periodos largos después de la II Guerra Mundial) por coaliciones de partidos progresistas de izquierda que históricamente han priorizado las políticas redistributivas,  estando entre los países con menos desigualdades de renta y menos concentración de la riqueza, con menos desigualdades también por clase social y por género, con programas universales de derecho de acceso a la  asistencia sanitaria, a la educación y a los servicios  de ayuda a las familias, denominado este último como el Cuarto Pilar del Bienestar (el primero es el Derecho de Acceso a la Sanidad; el  segundo, a la Educación; el tercero, a la Jubilación; y el cuarto, a los Servicios de Atención Familiar, como son las escuelas de infancia y los servicios de atención a las personas dependientes). Es sorprendente la escasa atención del informe a estos servicios esenciales y transferencias del Estado de Bienestar, que juegan un papel clave en determinar la calidad de vida y el bienestar de la mayoría de la población. Y por cierto, estos países tienen relativamente bajo gasto militar. Su gasto militar es 1.22% del PIB en Suecia, 1.49% en Dinamarca y 1.53 % en Finlandia (mucho más bajos que el 2.88% en India, el 3.74% en EEUU y el 4.26 % en Rusia).

Ni que decir tiene que tales países escandinavos tienen problemas graves y algunos de ellos están diluyendo su vocación transformadora. Pero ello no desmerece la importancia de los datos que muestran que aquellas formaciones políticas que históricamente han llevado a cabo políticas redistributivas, basadas en principios de solidaridad  y equidad, hayan alcanzado niveles de bienestar y felicidad más acentuados que aquellos países gobernados (durante la mayor parte del periodo post II Guerra Mundial) por formaciones liberales y conservadoras poco redistribuidoras de la riqueza y del bienestar, y que priorizan la acumulación individual de bienes y servicios sobre la universalización de los derechos y el bien común. Y lo que es  también interesante es que, como ha tenido que reconocer incluso el Vaticano del neoliberalismo -Davos, están entre los países de mayor eficiencia económica.

ÚLTIMA OBSERVACIÓN. LO QUE EL INFORME NO CITA.

Como he indicado en el artículo, el enorme dominio del pensamiento neoliberal en las llamadas ciencias económicas explica la sobreutilización de indicadores económicos sesgados en los trabajos de evaluación del Desarrollo Sostenible, llevados a cabo por agencias e instituciones internacionales, que van desde el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial a muchas agencias de las Naciones Unidas. De ahí que sea muy positivo desarrollar indicadores distintos, como hace este informe, que valoren más directamente la felicidad de la mayoría de las poblaciones, que por cierto, en cualquier país son las clases populares.

Ahora bien, también es importante que tales informes vayan más allá que la mera descripción del fenómeno y que traten de analizarlo para cambiarlo. Y ahí es donde el informe que he analizado tiene vacíos importantes. Y uno de ellos, es el silencio sobre la importancia del contexto político para configurar la naturaleza del Desarrollo Sostenible y sus objetivos. Entre las variables que hay que analizar  para explicar el nivel de felicidad de un país, hay que incluir las variables políticas, estudiando las políticas públicas de las formaciones políticas existentes en cada país, sean del color que sean. Y de ahí que pueda analizarse si hay alguna que mejoren más que otras su nivel de felicidad. Y es ahí donde radica el silencio sistemático en estos informes internacionales sobre este punto, pues la evidencia muestra claramente que algunas políticas públicas (por ejemplo, las redistributivas) características de opciones políticas progresistas, crean mayor seguridad, bienestar y felicidad que otras. Y esto es lo que incomoda a algunos gobiernos enormemente poderosos en estas agencias e instituciones internacionales.

Hay otros temas también en el informe que merecen mayor explicación, como el elevado nivel de felicidad de países como Arabia Saudita, bien conocidos por su explotación de clase y genero entre la mayoría de la población, así como la importancia que el informe atribuye a factores genéticos como determinantes de felicidad para algunas poblaciones. No creo que haya sido la intención de los autores, pero esta última consideración puede generar interpretaciones de determinismo racial, que sorprenden aún más si hacen parte de un informe de las Naciones Unidas. Por lo demás y a pesar de sus vacíos e imprecisiones, el informe es un paso importante en la búsqueda de alternativas a la sabiduría convencional neoliberal que domina los estudios sobre el Desarrollo Sostenible."               ( Vicenç Navarro , Público, 04/05/22) 

28/3/17

El estado del bienestar da la felicidad... en cambio, La felicidad de chinos y estadounidenses ha caído en los últimos diez años, a pesar del aumento de la renta media

"Quien tenga que abrirse paso por la mañana temprano entre las masas de personas que van de su casa al trabajo en la estación central de Zúrich, seguramente supondría lo contrario. Pero las cosas son como son: estas personas de aspecto sombrío que se apresuran de acá para allá se cuentan entre las más felices del mundo. Al fin y al cabo, viven en Suiza.

En los cinco informes sobre la felicidad que la ONU ha publicado hasta ahora, Suiza ha ocupado siempre uno de los puestos punteros. En 2015 encabezaba la lista y en 2017 tenía el cuarto lugar, como se supo la semana pasada. Las distancias entre los primeros cinco países (Dinamarca, Noruega, Islandia, Finlandia y Suiza), notoriamente destacados, siguen reduciéndose de forma muy acusada.

Las cosas pintan bien para Suiza. Hace dos semanas, un estudio estadounidense la declaraba “el mejor país del mundo”. De igual modo, ciudades suizas como Zúrich y Ginebra siempre ocupan un puesto de primera fila en las encuestas sobre calidad de vida. Así que no es del todo inoportuno preguntarse qué es exactamente lo que hacen bien Suiza y los demás países bendecidos por la felicidad.

Si se comparan los países que figuran en los cinco primeros puestos en el informe sobre la felicidad, parece que son su pequeñez y aislamiento lo que la potencian. Ninguno de los mejor situados cuenta con más de diez millones de habitantes. 

Noruega, Islandia y Suiza no forman parte de la Unión Europea, Dinamarca ha renunciado al euro. El estudio se presta a elevar a ideal la pequeña nación independiente y respondona, lo que será una satisfacción para los partidos derechistas partidarios del aislacionismo.

Al mismo tiempo, los resultados parecen una confirmación de los programas socialdemócratas. Los amos de la felicidad pertenecen en su totalidad al club de los países más ricos, y aunque en todos hay un amplio porcentaje de paro, solo con el éxito económico no se sube al podio. Tan importante como este es una redistribución equitativa del bienestar. 

Todos los países más ricos ostentan un coeficiente de Gini —que mide la desigualdad económica— muy bajo. Estados Unidos y China pueden servir de contraejemplo. La felicidad de los estadounidenses ha caído en los últimos diez años, a pesar del aumento de la renta media. Tampoco los chinos se sienten ostensiblemente mejor que en 1990, a pesar de que su salario se ha multiplicado varias veces desde entonces.

Jeffrey Sachs, economista estadounidense y coautor del estudio, explica la decreciente felicidad de sus compatriotas por su fijación con el crecimiento económico. Al mismo tiempo, su sociedad se descompone.

Para hacer feliz a la población, afirman los autores, se requieren sistemas de bienestar estables que garanticen un futuro libre de preocupaciones existenciales. Los ciudadanos han de tener confianza mutua y apoyarse recíprocamente, y al mismo tiempo al individuo debe quedarle la suficiente libertad para realizarse. El sistema político tiene que evitar la corrupción y atender al equilibrio entre de los diversos grupos.

¿Aislacionismo, crecimiento económico o redistribución? No es posible deducir de los rankings una receta para construir el país perfecto. Los resultados siguen siendo demasiado difusos, las condiciones en los distintos países se diferencian demasiado entre sí.

A pesar de todo, hacen falta clasificaciones como la de este informe sobre la felicidad. Según la ONU, los políticos tienen que ocuparse con más afán de la felicidad de los ciudadanos. Este enfoque es convincente, aun cuando el concepto de felicidad y su materialización sigan siendo evanescentes. Es un punto de partida convincente porque descarta de raíz recurrir a determinados males como instrumentos políticos. 

Los países en los que ruge la guerra ocupan puestos muy a la zaga. Las ansias de influir y las manías de grandeza contribuyen poco al bienestar de la ciudadanía. Las naciones con regímenes no democráticos, totalitarios, no pueden optar a ser campeonas de la felicidad. Así que sí hay un consenso sólido sobre todo aquello a lo que debería renunciar la política.

De un informe sobre la felicidad tampoco cabe esperar que ilustre sobre el estado de ánimo de cualquier noruega o cualquier suizo. No se han tenido en cuenta las tasas de suicidio ni el porcentaje de enfermedades psíquicas. Los autores solo identifican los fundamentos de la felicidad.

No es ninguna contradicción, pues, correr por las mañanas con gesto sombrío por la estación central de Zúrich."                     ( , El País, 25/03/17)

15/10/14

Extremadura tiene niveles elevados de buena vida, aún con un PIB per cápita inferior a las demás regiones

"(...) La mayoría de la gente reconoce que la buena vida no tiene que ver sólo con el dinero, que los ricos no son necesariamente más felices, y que determinadas actuaciones de las administraciones y de las empresas nos pueden facilitar o dificultar la vida. 

Por ello se hacen cada vez más necesarios nuevos indicadores que traten de medir más allá del PIB, es decir, que traten de valorar la sostenibilidad mediante índices integrados capaces de evaluar el progreso de las sociedades y, en definitiva, la felicidad de las personas. (...)

A modo de análisis preliminar, en un documento de trabajo recientemente publicado se recogen los resultados de la aplicación de dos de estos índices a las Comunidades Autónomas (CCAA) españolas, en concreto, el OECD Better Life Index y el Happy Planet Index (HPI).

 Para ello, se han incluido las variables lo más similares posible a los indicadores propuestos en estas metodologías, con el fin de que sean escalables por regiones y países. Algunos resultados previos pueden presentarse de forma resumida del siguiente modo:

- El PIB por CCAA españolas no coincide con los índices de bienestar.

- Algunas de las CCAA que presentan mayor PIB per cápita no son las que poseen mayor índice de bienestar, destacando los casos de Madrid y Catalunya, con altos niveles de PIB y bajos de bienestar.

- Navarra, País Vasco y Rioja presentan elevados valores de PIB per cápita y de bienestar.

- Extremadura es un ejemplo de lo contrario, con niveles elevados de buena vida y claramente inferiores a las demás regiones en PIB per cápita.

- Por otra parte los Índices de Buena Vida no coinciden con los indicadores de sostenibilidad ambiental representados en el HPI. En este caso destacan Canarias, C. Valenciana, Extremadura, Illes Balears, Extremadura o Andalucía, con elevados niveles de sostenibilidad (HPI), pero menores de bienestar.

- El País Vasco presenta valores relativamente altos en los dos indicadores, si bien baja en el índice HPI por su huella ecológica.

- Madrid presenta un valor muy negativo en el HPI como consecuencia de su profunda huella ecológica y de los problemas de calidad del aire que afectan a los ciudadanos.

Estas conclusiones ­(similares a las obtenidas en otros países) refuerzan la idea de que no necesariamente existe coincidencia entre los niveles de riqueza, la buena vida y la sostenibilidad ambiental. Lo cual, en su expresión más sencilla (aunque siempre matizable) nos recuerda que “la gente más feliz no es siempre la más rica, o que la buena vida no tiene que ver sólo con el dinero”. (...)"          (Fernando Prieto, Econonuestra, 12/08/2014)

10/4/14

Sobre felicidad, política y desarrollo

"Sobre felicidad, política y desarrollo (...)

Sería lógico pensar, entonces, que el objetivo último de la economía y de la política de cualquier país decente debería ser el trabajar en pro de la felicidad de sus habitantes. 

Tal y como sostiene Richard Layard en su libro La felicidad: lecciones de una nueva ciencia, el progreso de la felicidad nacional debería considerarse un objetivo político, siendo estudiado y evaluado tan concienzudamente como el crecimiento del PIB. 

Haciéndose eco de esta razonable demanda, el gobierno de Bután (un pequeño país asiático localizado en las faldas del Himalaya), en un claro gesto por desmarcarse de las políticas dominantes (que, como es sabido, contemplan –erróneamente– el crecimiento de la economía como la panacea del buen gobierno), lleva tiempo tratando de evaluar la felicidad de su pueblo, anteponiendo para ello el bienestar ciudadano a la vitalidad de unos indicadores macroeconómicos que la mayoría de las veces poco o nada nos dicen sobre el sentir real de las personas. 

Bután tiene una superficie aproximada de 47 mil Km2 y una población que apenas llega a los 720 mil habitantes. Presenta un PIB per cápita cercano a los 5.200 dólares anuales y un Índice de Desarrollo Humano (IDH) (1) de tan solo 0,538; ocupando así, respectivamente, los puestos 154 y 140 del ranking mundial. Con ello, y a la vista de estos datos, cualquier economista clásico seguramente no dudaría en tildar a Bután como un país pobre y subdesarrollado. Sin embargo, y como veremos a continuación, nada más lejos de la realidad. 

Basándose en la creencia elemental que sostuviera Jeremy Bentham de que la mejor sociedad es aquella en la que sus ciudadanos son más felices, el Rey Cuarto de Bután – Jigme Singye Wangchuck – acuñó e n la década de los setenta el término de la Felicidad Nacional Bruta (FNB) bajo la convicción de que la mejor política pública es aquella que produce la mayor felicidad entre sus habitantes (y no así necesariamente la que produjese mayores niveles de ingresos y consumo). 

El concepto de la FNB fue fundado en base a las tradiciones budistas butanesas y, h oy en día, es desarrollado por el Centro de Estudios de Bután (CBS). Según éste, el concepto de la FNB está constituido por cuatro pilares básicos: la buena gobernanza, el desarrollo socioeconómico sostenible, la preservación cultural y la conservación del medio ambiente.

 Estos cuatro cimientos fundamentales –construidos a partir de más de 100 sub-indicadores y 33 indicadores– son presentados y monitoreados por el CBS a través de nueve grandes dominios que, sumados, componen el índice de la FNB: i) el bienestar psicológico , ii) la salud, iii) la educación, iv) el uso del tiempo, v) la diversidad y resiliencia cultural, vi) el buen gobierno, vii) la vitalidad de la comunidad , viii) la diversidad y resiliencia ecológica, y ix) las condiciones de vida . 

De esta forma, estos nueve dominios de la FNB ( que combinan tanto aspectos objetivos – como los ingresos familiares o los niveles de alfabetización – como aspectos subjetivos – como la satisfacción con la vida – ) vendrían a significar, más que menos, las condiciones mínimas que han de cumplirse en Bután para que sus habitantes puedan alcanzar una vida feliz. 

Con todo ello, y pese a lo que puedan mostrar los indicadores clásicos de progreso y desarrollo (como el PIB y el IDH), salta a la vista que Bután no es un país pobre o subdesarrollado, sino más bien todo lo contrario. Es un país que realmente se ha preocupado por su pueblo y que, al fin y al cabo, se ha atrevido a apostar por otro modelo civilizatorio alejado del capitalismo. Un modelo que pone el centro de atención en aquello que realmente es el fin último de nuestra existencia: la felicidad. 

Para cualquier gobierno que se considere a sí mismo íntegro y honesto, preocuparse por su pueblo debería ser sinónimo de comprometerse por la felicidad de su gente. Ante los tremendos recortes en derechos que actualmente están sufriendo muchos de los países que se hacen llamar –a ellos mismos– desarrollados (anteponiendo con este gesto, por norma general, el bienestar de la banca y de los sectores privados al bienestar de su propio pueblo), cabe preguntarse quién es aquí el subdesarrollado.   (...)  

No cabe duda de que esta propuesta –la que plantea Bután en pro de evaluar la felicidad de las personas– es un referente a seguir en aras de dibujar otro tipo de sociedades y otro tipo de prioridades políticas.

 Así, en los últimos años, el concepto y la medición de la FNB ha despertado el interés de un gran número de países e investigadores que ven en él un sendero a seguir hacia nuevos horizontes de esperanza para la especie humana y un posible sustituto, a largo plazo, del PIB y del IDH como indicadores de progreso y bienestar. (...)"           (Mateo Aguado, Rebelión, 29/03/2014)

26/3/14

¿Cómo miden la calidad de vida?

"La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) a finales del año pasado lanzó su Indice de calidad de vida (How’s Life Index) que evalúa la calidad de vida de los distintos países. 

Como las estadísticas que normalmente obsesionan son el nivel del Producto Interior Bruto (PIB) o de PIB per capita, es bueno ver índices que tienen en cuenta la calidad de vida de las personas y no sólo el nivel total o promedio de las economías, en términos estadísticos.  (...)

¿Cómo miden la calidad de vida?

En su evaluación, eligen 11 elementos que han identificado como esenciales para el bienestar y, en cada elemento, evalúan las diferencias de bienestar entre las mujeres y los hombres. Los temas evaluados son los siguientes:
  1. Las rentas y la riqueza.
    • la renta disponible neta de los hogares
    • la riqueza financiera neta de los hogares
  2. Los empleos y sueldos.
    • la tasa de empleo
    • la tasa de desempleo a largo plazo
    • el promedio de ingresos anuales brutos de los empleados a tiempo completo
    • la seguridad y la estabilidad en el empleo
  3. La vivienda.
    • el número de habitaciones por persona
    • los gastos por vivienda
  4. El estado de la salud.
    • la esperanza de vida al nacer
    • el estado de salud reportado por los ciudadanos
  5. El equilibrio entre el trabajo y la vida, la conciliación.
    • los trabajadores que trabajan horas largas
    • el tiempo dedicado al ocio y a la vida personal
  6. La educación y la formación.
    • los logros educativos
    • las habilidades cognitivas de los estudiantes
    • los años proyectados de educación
  7. Las conexiones sociales.
    • la red de apoyo social
  8. El compromiso cívico y la gobernanza.
    • cómo se consulta sobre las nuevas leyes
    • la participación ciudadano en el sistema de gobernanza
  9. La calidad medioambiental.
    • la calidad del aire
    • la satisfacción con la calidad del agua
  10. La seguridad personal.
    • las tasas de homicidios
    • el crimen sufrido, reportado por los ciudadanos
  11. El bienestar subjetivo.
    • la satisfacción en la vida

     La comparativa de España

     Como vemos en este gráfico, nos traen (PDF) un desglose de la situación en España donde se ve que sólo está entre los líderes en los tres últimos elementos analizados. No obstante, sorprende ver a España tan alto en eso de conciliación, ya que los empresarios españoles ni saben cómo deletrear esa palabra."                    (, El blog salmón,  27/01/2014)

10/5/13

El dinero no da la felicidad... en los países ricos. En los pobres...

"Como es sabido, buena parte de nuestro bienestar humano se sostiene sobre la posibilidad que tengamos de cubrir determinadas necesidades materiales; necesidades que, bajo una economía de mercado, son cubiertas a través del consumo. 

Sin embargo, las desigualdades existentes en el mundo hacen que las oportunidades de llevar a cabo acciones de consumo no sean iguales para todos, siendo siempre mayores en las naciones más ricas y “desarrolladas”; es decir, en las naciones con mayor PIB per cápita.

A pesar de que el PIB ha sido tradicionalmente utilizado para hacer comparaciones internacionales de progreso social y de bienestar humano, han sido muchos los investigadores que han criticado esto, preguntándose en qué medida los ingresos medios de un país pueden realmente reflejar el bienestar humano de sus ciudadanos.(...)

 Estas críticas hacia el PIB como indicador de progreso pueden resumirse en las siguientes: 

a) al tratarse de una media aritmética no contempla la desigualdad social; 
b) no incorpora otros elementos que influyen mucho en el bienestar como la esperanza de vida, el tiempo de ocio disponible o la degradación ambiental; 
c) no contabiliza la producción obtenida mediante el trabajo sumergido o la que no está contemplada por los mercados (como el trabajo doméstico o voluntario); 
y d) computa aspectos que no generan bienestar (como los gastos militares) a la vez que ignora aspectos que sí lo generan (como el patrimonio artístico).

Aunque existen trabajos que discrepan, los estudios realizados hasta la fecha sobre la relación existente entre los ingresos y el bienestar humano han mostrado cómo a partir de un determinado umbral (situado entre los 13.000 y los 18.000 dólares anuales por persona) el incremento de los ingresos ya no contribuye a mejorar la calidad de vida de las personas (1). 

Es decir, existe un umbral por encima del cual la relación ingresos–bienestar desaparece, y a partir de aquí más dinero ya no significa más satisfacción con la vida.

No obstante, es importante resaltar que por debajo de los 13.000 dólares anuales por persona sí que se da esta relación proporcional entre el PIB per cápita y la satisfacción con la vida. En este caso pequeños incrementos en la renta conllevan grandes aumentos en la satisfacción de vida. 

Es decir, ingresos y bienestar sí evolucionan de forma paralela, al destinarse en estos casos prácticamente la totalidad de los ingresos a satisfacer las necesidades más básicas, que son las que influyen de una forma más determinante sobre nuestro bienestar (como es comer cuando la alimentación no es una acción asegurada).

De cualquier manera, una vez que se han alcanzado unos ingresos determinados, necesarios y suficientes para garantizar el acceso a los materiales básicos para una vida buena, el incremento en los mismos ya no lleva aparejado incrementos relevantes en la calidad de vida. En este caso se pueden incrementar enormemente los ingresos sin que ello conlleve respuesta alguna sobre el bienestar humano.

Diener y Seligman calcularon la correlación existente entre la satisfacción media con la vida y el PIB per cápita para aquellas naciones cuyos ingresos medios eran superiores a los 10.000 dólares anuales. La correlación que obtuvieron fue insignificante; lo que confirma el casi nulo efecto que los ingresos tienen sobre el bienestar humano una vez se han cubierto las necesidades más básicas (2).

Las naciones más ricas y “desarrolladas” sobrepasaron este umbral de saturación hace tiempo, pues siendo su ingreso medio anual per cápita bastante superior a los 13.000 dólares, el bienestar humano y los niveles declarados de satisfacción subjetiva con la vida no solo no se han incrementado en las últimas décadas sino que parecen incluso estar descendiendo.

Ejemplos de esta relación han sido bien reportados en algunos países como EEUU y Japón, donde, a pesar de haberse triplicado entre 1950 y 2002 el salario medio del primero –y multiplicado por 5,4 en el segundo entre 1958 y 1988– la felicidad declarada permaneció prácticamente constante en ambos países (2) (3).

La asunción por parte del actual modelo hegemónico de que el crecimiento de la economía y su asociada capacidad de consumo es la clave para mejorar nuestro bienestar es una gran falacia. 

Esta falacia constituye además uno de los mayores obstáculos para alcanzar un bienestar humano sostenible y bien repartido en el mundo, pues a medida que determinadas naciones se hacen más y más ricas no solo no logran mejorar su bienestar, sino que encima –y bajo una realidad planetaria de recursos finitos e inequidad– contribuyen a un aumento en la privación de recursos para el resto del mundo. (...)"    (Mateo Aguado, Rebelión, 10/05/2013)

30/4/13

Diez países en los que merece la pena vivir... y España entre ellos

"... están apareciendo cada vez más clasificaciones que tienen el objetivo de atender a criterios diferentes al del valor monetario de los bienes producidos por un país. Es el caso, por ejemplo, del Happy Planet Index realizado por la NEF (New Economics Foundation), que valora datos como la felicidad subjetiva percibida o la expectativa de vida. 

Con una vocación semejante ha nacido el Social Progress Index, un proyecto del profesor de la Escuela de Negocios de Harvard Michael Porter, reconocido autor de libros como Ventaja competitiva (Alay Ediciones). 

Este listado tiene en cuenta otro tipo de criterios a la hora de establecer el ranking, como son la infraestructura social, las oportunidades que ofrece el país y su éxito a la hora de cubrir las necesidades humanas, que a su vez se dividen en otras categorías más concretas, como el acceso a la información, la calidad del aire o el acceso a la educación superior. 

 Una de las nociones de las que parte el estudio es que el nivel de progreso puede variar significativamente incluso entre países con una situación económica semejante, lo que debe llevar a los investigadores a fijarse en otros criterios que en el pasado no se habían tenido en cuenta.(...)

  Los investigadores utilizan el ejemplo de Bulgaria, uno de los mejores países en recogida de basuras y calidad del aire y del agua. También el de Mozambique, cuyos avanzados niveles de inclusión e igualdad social están muy por encima de su situación económica. 

Otra conclusión recogida por el estudio es que, entre los países que se encontraban en la parte media, había diferencias más grandes que en los de la parte alta o baja. Por último, los estudiosos apuntan que la inversión en salud no está relacionada de manera directa con la salud de sus habitantes, una idea bastante cuestionable, y que ilustran a través del ejemplo de Estados Unidos, que es el que más gasta en este aspecto, pero se sitúa en el puesto número 11.

 Nuestro país parece marcado por la paradoja si atendemos a los puestos en los que aparece en dicho ranking. España se encuentra en el puesto número 10 de la lista global, por debajo de Suecia, Reino Unido, Suiza, Canadá, Alemania, Estados Unidos, Australia, Japón y Francia que, en este orden, encabezan el listado. 

España sobresale en lo que concierne a la calidad del aire, el agua y la sanidad, con un quinto puesto, pero se sitúa muy por debajo en la sostenibilidad del ecosistema, en el lugar número 41 de la lista, algo que comparte con otros países industrializados. 

 Los resultados finales del estudio destacan que España es uno de esos países que, a pesar de presentar una buena media, tiene serios problemas en algunos aspectos. En lo que se refiere a su observación de los derechos humanos, España se encuentra en el nº 12, acorde a su nivel general.

 Curiosamente, desciende hasta la posición nº 22 en el índice de libertades individuales y personales. Este apartado se refiere a las libertades religiosas básicas, el acceso del ciudadano al cuidado de los niños, la prevalencia de los métodos contraceptivos y las libertades sobre las elecciones vitales.

¿Dónde nos situamos en otros aspectos? Sorprendentemente, España se encuentra en el puesto número seis de los países donde se goza de más oportunidades; en consonancia con la facilidad de acceso a la educación superior, se halla en el cuarto puesto. 

Nos encontramos en la séptima posición en lo referente a la nutrición y la seguridad social, en el noveno en el apartado “fundamentos del bienestar” y en el meritorio puesto de bronce en lo que concierne a igualdad e inclusión, únicamente superados por Canadá y Brasil, y por encima de Estados Unidos o el Reino Unido. Sin embargo, como recuerda el estudio, esta ventajosa situación corre el peligro de desaparecer dados los elevados niveles de paro juvenil, que se sitúan en una tasa superior al 50%. 
 
¿Qué distingue a aquellos países que puntuaban de manera más negativa? Aparte de los derechos humanos básicos, como cabría esperar, son también aquellos en los que la desproporción entre los ricos y los pobres es mayor y en los que la inclusión de los más desfavorecidos es menor. A

penas dos países africanos son capaces de asomar la cabeza por encima del top ten negativo, y estos son Botsuana y Sudáfrica, que se encuentran respectivamente en el puesto número 35 y en el 39, muy lejos de los puestos de privilegio. Pero, ¿cuáles son las características que distinguen a los países más avanzados?
  • Suecia. Tan sólo una mancha en su impecable historial, en el que destacan la seguridad personal, la calidad del aire y el agua, la nutrición y la sanidad básica, así como las oportunidades que ofrece el país: se trata de de la sostenibilidad del ecosistema, donde se encuentran en el puesto número 37.
  • Reino Unido. El país más saludable del mundo, así como en el que el agua y la recogida de basuras funcionan mejor. Sin embargo, ha de mejorar en la igualdad de sus ciudadanos, en las libertades personales y en el acceso a la educación superior, donde está por debajo de otros países semejantes.
  • Suiza. La nación neutral por excelencia ocupa en el primer puesto de la observación de los derechos humanos, pero ello no se corresponde con las oportunidades que ofrece ni con la igualdad de sus habitantes, un poco por debajo.
  • Canadá. Es el país americano más evolucionado socialmente, gracias a que ocupa el primer puesto tanto en la seguridad personal como en la igualdad e inclusión. Sin embargo, como ocurría con Suecia, tiene graves problemas de sostenibilidad medioambiental (ocupa el puesto número cuarenta y siete).
  • Alemania. Quizá uno de los países más equilibrados del ranking, junto a sus vecinos franceses. Es el número uno de la nutrición y los cuidados médicos, el dos en agua, aire y recogida de basuras y el tercero en la protección de sus habitantes. Sin embargo, también podría mejorar en otros apartados, como el acceso de la educación superior (puesto nº 17) o la igualdad (puesto nº 11)."            (El Confidencial, 30/04/2013)

25/4/13

Bután: el país donde la felicidad cotiza en Bolsa

"¿Cómo es Bután? Difícil respuesta. (...)

La mayoría de la población de Bután, y el territorio por el que están autorizados a moverse los visitantes, es más parecido a las tierras medias de Suiza. Valles verdes y fértiles encajados entre montañas de no más de 4.000 metros de altura tapizadas por densos bosques de coníferas.

 Y todo punteado por casitas y granjas diseminadas por doquier, todas con la estructura típica de la casa butanesa de muros de adobe y carpintería de madera ricamente pintada (está prohibido construir de otra manera). (...)

¿Dónde radica entonces la magia de este pequeño y misterioso país? 

 En su gente. Y en el experimento social que aquí se desarrolla. Bután es también la Suiza del Himalaya en cuestiones sociales y de organización del Estado. Cuando llegas aquí procedente del tremendo caos de Nepal -como es mi caso- o desde el caos del Tibet o desde el caos aún más terrorífico de la India, Bután se asemeja a un oasis de paz, armonía y serenidad.

 La esencia de un país budista llevado a sus últimas consecuencias. En eso se manifiesta su belleza. Y esa es la razón de que ya me haya enamorado de este singular reino, pese a los poco días que llevo viajando por él. 

 Por eso y porque en Bután no importa el índice de riqueza. Lo que cotiza es el índice de Felicidad Nacional Bruta. 

El concepto fue acuñado por el cuarto rey de la dinastía actual, Jigme Senge Wangchuk, en la década de los 70. Fue él, artífice del Bután moderno que hoy conocemos, quien proclamó que en un país como el suyo, aislado entre montañas, cerrado a los extranjeros hasta 1974, profundamente agrícola y rural, el concepto de PIB (producto interior bruto) occidental no tenía sentido.

 Que él y su gobierno lucharían por incrementar la felicidad de sus súbditos por lo que decretaba instaurado el índice de Felicidad Nacional Bruta. 

En contra de lo que muchos creen -y otros muchos han escrito erróneamente-, no se trata de ningún índice oficial ni un patrón mensurable ni va más allá de un concepto. No es el índice de bienestar que publica anualmente la OCDE. 

Es una forma de buen gobierno que tiene su máxima expresión en la Comisión de la Felicidad Nacional Bruta, un organismo del gobierno butanés que vela porque todas las leyes, acciones e inversiones de la administración pública estén encaminadas a aumentar la felicidad de los súbditos. ¡Casi nada! 

¿Cómo se materializa este concepto? De una manera tan sencilla como poco común en el resto del mundo: gobernando pensando en los ciudadanos. Los butaneses tienen gratis el agua, la electricidad, la educación, la sanidad… cuentan con buenas carreteras, puentes, presas y diques, instituciones que funcionan, una democracia estable…

 ¡Hasta las semillas que plantan los agricultores (el 90% de la población vive de la agricultura y la ganadería) las proporciona gratuitamente el gobierno, que se encarga de mejorarlas cada año para aumentar la producción nacional!. 

¿Es eso la felicidad? No lo sé, pero se le debe parecer bastante.

Quizá para un europeo la idea de un estado que devuelve tus impuestos en forma de servicios gratuitos (educación, sanidad, infraestructuras) no sea tan raro. Pero hay que poner a Bután en su contexto geopolítico: dentro del área geográfica en la que se sitúa el país, todos esos avances sociales son sencillamente ciencia ficción.  (...)

 ¿Son los butaneses realmente felices? A todo el que le he preguntado me responde que sí, extrañado por la obviedad de la pregunta. Pero sería muy atrevido por mi parte afirmarlo tajantemente con los pocos días que llevo aquí. No he penetrado lo suficiente en la sociedad butanesa como para saberlo.

 Aparentemente sí lo son. Y cuando conduces por sus carreteras (manejan pausados y sin estrés), cuando caminas por la noche por la capital, Timphu, con total sensación de seguridad, cuando hablas con ellos, cuando entras a un monasterio y te ofrecen agua bendita… estás casi convencido de que sí. 

De lo que sí estoy seguro es de que es un país sin malicia. Que no es poco."         (Paco Nadal, El País, 24/04/2013)

14/3/13

Economía del Bien Común: la utopía congruente. ¿Desea usted un nuevo orden económico?” La respuesta del 88% de los alemanes (del 90% en Austria) fue “sí”

“¿Desea usted un nuevo orden económico?” La respuesta del 88% de los alemanes (del 90% en Austria) en una encuesta de la Fundación Bertelsmann –ligada al establishment político-económico germano- fue “sí”. Y es que el shock de la crisis ha mostrado un abismo que está desgastando exponencialmente la marca capitalismo. (...)

Christian Felber (Salzburgo, 1972) propone dar un paso al frente en busca de una solución, a la par que plantear un itinerario: la Economía del Bien Común (EBC). Un “sistema económico alternativo completo” que deja atrás la economía planificada comunista, pero también los excesos del capitalismo financiero desregulado. 

¿Por qué los valores que nos hemos otorgado constitucionalmente y que, además, son los que todos impulsamos en nuestras relaciones humanas –honestidad, aprecio, confianza, responsabilidad, solidaridad y generosidad-, se comprueban radicalmente opuestos –avidez, envidia, desconfianza, irresponsabilidad, desconsideración y egoísmo- a los que rigen en la economía?

Para Felber y su equipo, se debe legislar en pos de que las coordenadas de la gráfica –que suele expresar moviendo los brazos- que perfilan el actual “orden económico legal” -afán de lucro y competencia- dejen de ser seductoras para los empresarios, y enfocar y recompensar el éxito económico remplazando (con el desarrollo de leyes que serán explicadas en las próximas líneas) dichas coordenadas por las de la contribución al bien común y la cooperación: las reglas del juego económico en la EBC. (...)

El profesor Felber, de personalidad magnética y retórica consistente, aboga por romper esta contradicción haciendo que el dinero ocupe su rol original: 

“Es un medio, un instrumento; no un fin: los indicadores del éxito deben medir el nuevo objetivo final, que es el bien común”. Actualmente, la unidad de medida en la macroeconomía es el PIB, y en la microeconomía el balance financiero de las empresas. Ambos son indicadores exclusivamente monetarios.

 Así, en lo que califica de un “error metodológico fundamental”, el PIB creciente de un país no nos refleja si su ciudadanía padece un conflicto bélico, vive en una dictadura o siente miedo, en vez de confianza, ante el futuro. Por tanto, la EBC propone, a nivel macro, conocer, anualmente, mediante encuestas y asambleas comunales, el nivel de bienestar de la población midiendo una veintena de factores sobre la calidad de vida.  

Pero es a nivel microeconómico donde la EBC muestra una practicidad, madurez y conectividad para con la sociedad, en un proyecto que se formula “de abajo a arriba”. (...)

la EBC propugna algo similar a una auditoría, merced a una herramienta que Felber considera el “corazón” del sistema: La matriz del Bien Común. 

Esta -en constante evolución y mejora con la aportación de los actores económicos que se están sumando al proyecto en todo el mundo- consiste en un cuadrante que, mediante puntuaciones correspondientes a la interacción de, por un lado, los factores relacionados con valores constituciones (dignidad humana, solidaridad, sostenibilidad ecológica, justicia social y participación democrática y transparencia), que pueden sumar hasta 200 puntos cada uno y, por el otro, los grupos de contacto o ‘stakeholders’ (proveedores, financiadores, empleados –inclusive propietarios-, clientes/productos/servicios/copropietarios y ámbito social), así como los criterios negativos, que restan puntos, permite obtener la puntuación final (entre 0 y 1.000) de cada empresa, ayuntamiento, universidad, etc., de forma no solo cuantitativa, sino también cualitativa. 

Por tanto, la empresa que tenga una gestión participativa en las decisiones, que reduzca la huella ecológica o que iguale los salarios de hombres y mujeres, por poner algunos ejemplos puntuables de las células de este cuadrante, tendrá una mayor puntuación. Es decir, estará más cerca de alcanzar el éxito en su meta: el bien común.

Y aquí es donde toma protagonismo la persona que decide la supervivencia de cualquier empresa: el consumidor. Cada producto tendrá un color en su código de barras según su puntuación en el Balance del Bien Común -rojo (0-200 puntos), naranja (200-400), amarillo (400-600), verde claro (600-800) o verde oscuro (800-1000)- para que el cliente pueda decidir gracias a la transparencia (una aplicación de móvil permitirá que cada cual compruebe los datos que más le interesan) de una información que Felber califica de “holística”, ya que “no solo es un sello de comercio justo, o ecológico, o social; sino una visión global de la responsabilidad –cuyos parámetros son hoy día una propuesta de la EBC sujeta a modificaciones- de una empresa”. 

 La entrada en escena de la política es, llegados a este momento, la clave. Como sabemos, los productos poco éticos (fabricados con mano de obra infantil o arrasando el ecosistema, por ejemplo) son más baratos que los de comercio justo, gracias a que el marco legal favorece estas prácticas. Felber plantea desarrollar legislativamente los principios constitucionales y, así, las empresas, según se aproximen al objetivo del bien común, obtendrían una reducción en los impuestos y tasas aduaneras, créditos a interés reducido (Felber está fundando en Austria el primero de una serie de bancos del bien común que sigan las líneas comerciales de la banca en sus albores), la prioridad en la contratación pública y la cooperación con la investigación universitaria.

 Por su parte, las empresas que no se adecúen a la justicia social, verán aumentados sus gravámenes y no se podrán beneficiar de esta legislación, con lo que sus productos dejarán de ser más baratos que los de las empresas que opten por la EBC. Teniendo un precio similar, se presupone que la ciudadanía desechará los productos irresponsables, viéndose obligadas todas las marcas a buscar el nuevo éxito empresarial. O a desaparecer.
 
“La EBC sigue siendo una economía de mercado, basada en empresas privadas, en dinero, en oferta y demanda –subrayó Felber en una conferencia en Alcoy-. Por tanto todas las empresas seguirán haciendo sus balances financieros, pero basados en una producción real, y no en un capital que se multiplica por sí solo, como ocurre con la economía financiera globalizada anónima”. 

Así, estos balances ya no serían un fin, sino un medio, por lo que propone, insistiendo una vez más en que estas medidas “deberán ser aprobadas en referéndums democráticos”, prohibir cuatro usos de los excedentes monetarios en esta economía “postcapitalista”: las inversiones financieras especulativas, el absorber hostilmente otras empresas, la distribución a personas que no trabajen en esas empresas y las donaciones a partidos políticos, para evitar que el poder económico y el poder político converjan.

Manteniendo el aroma quincemayista que impregna sus propuestas, Felber aboga por establecer el “consenso sistémico” (un método que logra concretar qué propuesta ofrece menor resistencia por parte de la población, y que suele ser un punto intermedio entre los extremos) para preguntar a la ciudadanía, entre otras decisiones, si debería haber un límite legal entre el salario mínimo de un país y el sueldo máximo que se pueda cobrar. 

En la actualidad, en Austria el beneficio personal máximo multiplica por 800 el salario mínimo, en Alemania por 5.000 y en el sector financiero estadounidense por 360.000. “Nada en exceso”, advertían ya los antiguos filósofos griegos.

Anteriormente se analizó la primera de las dos coordenadas (sustituir el afán de lucro por la contribución al bien común) que la EBC propone para un nuevo marco legal. Abordando la segunda de ellas (el reemplazo de la competencia por la cooperación), Felber reflexiona:

 “Competir viene de las raíces latinas com (juntos) y petere (buscar), por lo que su significado original, buscar juntos, estaría más cercano a lo que hoy llamamos cooperar”. Y añade: “Se dice que competir nos motiva, pero la cooperación nos motiva, además, emocionalmente. Con la fuerza incomparable que ello tiene”. 

Se pregunta también cuál es el factor de motivación más fuerte en el cóctel contemporáneo de la competencia. “El miedo”, resuelve; y verbaliza sus síntomas: estrés, presión, mobbing… La EBC propone liberar a las empresas de la “coerción” del crecimiento infinito, con el objetivo de que las empresas alcancen su tamaño óptimo y, después, puedan ayudar a otras empresas, fomentando la cooperación y la solidaridad. 

“Si las reglas del juego de la economía son las mismas que los valores de la vida privada, habrá más personas con ganas de crear empresas”, asegura Felber.  

“No es una idea, sino un proyecto social”, una pata más de la mesa sobre la que escribir el futuro, que se sustenta junto con otros elementos (I+D+i científico y sanitario, educación universal en todos los niveles, partidos políticos verdaderamente representativos…). 

En los siempre complicados primeros dos años de vida, 935 empresas de más de una docena de países se han sumado al proyecto, la matriz del Bien Común sigue implementándose, y se han creado “campos de energía” (grupos regionales de la EBC que hacen pedagogía entre los actores económicos de sus zonas). 

La idea de Felber y su equipo es empezar de abajo a arriba, con asambleas locales a las que todas las personas, empresas e instituciones públicas están invitadas. Buscan madurar el proyecto en asambleas democráticas comunales y, entonces, pasar a un proceso puramente democrático a través de una Asamblea Económica abierta cuyas decisiones, en un mundo digital con infinidad de posibilidades, se voten en referéndum, para que la legislación económica al fin conecte con los valores constitucionales. 

¿Se comprometerá alguna formación política de los países de la UE a pedir el voto en las próximas elecciones para legislar en favor de la EBC?

Felber se muestra optimista de cara al futuro: “Hoy es impensable. Mañana será lógico”, ya que históricamente “la autoridad natural vence, a largo plazo, a la autoridad violenta”.   (Attac Madrid, 10/03/2013)

8/3/10

La Felicidad Interior Bruta... butanesa...

"El 2 de junio de 1974, en su discurso de coronación, Jigme Singye Wangchuck dijo: "La felicidad interior bruta es mucho más importante que el producto interior bruto". Tenía 18 años y se convertía, tras la repentina muerte de su padre, en el monarca más joven del mundo.

No fue un mero eslogan. Desde aquel día, la filosofía de la felicidad interior bruta (FIB) ha guiado la política de Bután y su modelo de desarrollo. La idea es que el modo de medir el progreso no debe basarse estrictamente en el flujo de dinero. El verdadero desarrollo de una sociedad, defienden, tiene lugar cuando los avances en lo material y en lo espiritual se complementan y se refuerzan uno a otro. Cada paso de una sociedad debe valorarse en función no sólo de su rendimiento económico, sino de si conduce o no a la felicidad.

Dos factores pueden explicar que esta especie de tercera vía de desarrollo se haya llevado a la práctica precisamente aquí, en este aislado reino del Himalaya. Por un lado, está su profunda raigambre en la filosofía budista. Y por otro, el proverbial retraso de Bután en su apertura al mundo. El lama reencarnado Mynak Trulku explica el primer factor: "La felicidad interior bruta se basa en dos principios budistas. Uno es que todas las criaturas vivas persiguen la felicidad. El budismo habla de una felicidad individual. En un plano nacional, corresponde al Gobierno crear un entorno que facilite a los ciudadanos individuales encontrar esa felicidad. El otro es el principio budista del camino intermedio". Y esto enlaza con el segundo factor, que explica Lyonpo Thinley Gyamtso, ex ministro del Interior y de Educación: "Están los países modernos, y luego está lo que era Bután hasta los años setenta. Medieval, sin carreteras, sin escuelas, con la religión como única guía. Son dos extremos, y la FIB busca el camino intermedio". (...)

El concepto butanés de la felicidad interior bruta se sostiene sobre cuatro pilares, que deben inspirar cada política del Gobierno. Los pilares son: 1. Un desarrollo socioeconómico sostenible y equitativo. 2. La preservación y promoción de la cultura. 3. La conservación del medio ambiente. 4. El buen gobierno. Para llevarlo a la práctica, el cuarto rey creó en 2008 una nueva estructura institucional al servicio de esta filosofía, con una comisión nacional de FIB y una serie de comités a nivel local.

Lo que medimos afecta a lo que hacemos. Si nuestros indicadores sólo miden cuánto producimos, nuestras acciones tenderán sólo a producir más. Por eso había que convertir la FIB de una filosofía a un sistema métrico. Y eso es lo que encomendó el cuarto rey al Centro de Estudios Butaneses, que años después ha dado con un índice para medir la felicidad.

La materia prima es un cuestionario que responderán los ciudadanos butaneses cada dos años. La primera encuesta se realizó entre diciembre de 2007 y marzo de 2008. Un total de 950 ciudadanos de todo el país respondieron a un cuestionario con 180 preguntas agrupadas en nueve dimensiones:

1. Bienestar psicológico. 2. Uso del tiempo.

3. Vitalidad de la comunidad. 4. Cultura.

5. Salud. 6. Educación. 7. Diversidad medioambiental. 8. Nivel de vida. 9. Gobierno.

Éstas son algunas preguntas del cuestionario: "Definiría su vida como: a) Muy estresante, b) Algo estresante, c) Nada estresante, d) No lo sé". "¿Ha perdido mucho sueño por sus preocupaciones?". "¿Ha percibido cambios en el último año en el diseño arquitectónico de las casas de Bután?". "¿En su opinión, cómo de independientes son nuestros tribunales?". "¿En el último mes, con qué frecuencia socializó con sus vecinos?". "¿Cuenta usted cuentos tradicionales a sus hijos?".

Una vez procesada la información de las encuestas, se determina en qué medida cada hogar ha alcanzado la suficiencia en cada una de las nueve dimensiones, estableciendo unos valores de corte. A cada indicador en el que un hogar ha alcanzado o superado el valor de corte se le atribuye un cero. Cuando el encuestado no ha llegado al valor de corte en un indicador, se le resta el resultado al valor de corte y se divide la resta por el propio valor de corte. Por ejemplo, si el límite de la pobreza es 8 y el encuestado ha alcanzado 6, el resultado es (8-6) / 8 = 0,25.

Entonces, ¿cómo se determina quién es feliz? Es feliz aquella persona que ha alcanzado el nivel de suficiencia en cada una de las nueve dimensiones (0). ¿Y cómo se determina la felicidad interior bruta? FIB = 1 - (la media del cuadrado de las distancias respecto a los valores de corte).

Ya tenemos, pues, el valor de la felicidad. Pero es sólo eso, un número. El siguiente paso es comparar la FIB de los diferentes distritos. Compararla a lo largo del tiempo. Descomponer el índice por dimensiones, por géneros, por ocupaciones, grupos de edades, etcétera. Y así, la FIB puede utilizarse como un instrumento para orientar políticas.

La determinación por medir la felicidad nacida de aquel discurso de coronación del cuarto rey de Bután puede verse como un caso pintoresco o enternecedoramente naïf desde las potentes economías occidentales. Pero la misma inquietud empieza a ocupar las agendas de influyentes mandatarios y eminencias de la economía a nivel mundial. En febrero de 2008, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, creó la Comisión Internacional para la Medición del Desempeño Económico y el Progreso Social, debido, en palabras de su director, el profesor de la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz, "a su insatisfacción, y la de muchos otros, con el estado actual de la información estadística sobre la economía y la sociedad" (EL PAÍS, Negocios, 20 de septiembre de 2009). "El gran interrogante", proseguía Stiglitz, "implica saber si el PIB ofrece una buena medición de los niveles de vida". Y los resultados de la comisión, presentados el pasado mes de septiembre, confirmaron las sospechas de Sarkozy: el PIB se utiliza de forma errónea cuando aparece como medida del bienestar. Pero también hay quien advierte de los riesgos de ampliar la variedad de estadísticas económicas, que podría permitir a los Gobiernos agarrarse a unas u otras a su antojo, en detrimento de la objetividad. (...)

Pero en 2007 Bután fue la segunda economía que más rápido creció en el mundo. La educación, gratuita y en inglés, llega hoy a casi todos los rincones del país. En un estudio realizado en 2005, el 45% de los butaneses declaró sentirse "muy feliz", el 52% reportó sentirse "feliz" y sólo el 3% dijo no ser feliz. En el Mapamundi de la Felicidad, una investigación dirigida por el profesor Adrian White en la Universidad de Leicester (Reino Unido) en 2006, Bután resultó ser el octavo más feliz de los 178 países estudiados (por detrás de Dinamarca, Suiza, Austria, Islandia, Bahamas, Finlandia y Suecia). Y era el único entre los 10 primeros con un PIB per cápita muy bajo (5.312 dólares en 2008, seis veces menor que el español). (...)

Lo habitual en la historia es que la democracia sea una conquista del pueblo, producto a menudo de sangrientas luchas y revoluciones. Pero en el caso de Bután la democracia llegó por el empeño del cuarto rey, en contra de la voluntad de la mayoría de sus súbditos.

En diciembre de 2005, Jigme Singye Wangchuck anunció que abdicaría a favor de su primogénito y que se celebrarían elecciones. "La democracia no entró de la noche a la mañana", explica Lyonpo Sonam Tobgye, con la espada asomando por debajo de su kabney naranja. "Fue un proceso largo. Cuando su majestad dijo que había que hacer una Constitución, la idea no fue aceptada en absoluto por el pueblo. No queríamos una Constitución. Estábamos muy a gusto con nuestro pasado. Teníamos desarrollo, seguridad, habíamos progresado. Aun así, su majestad insistió en que era importante que tuviéramos una Constitución. Y el pueblo aceptó sus palabras, porque nos fiamos de él".

El comité estudió "unas cien" constituciones extranjeras. Después se quedaron con una veintena. Entre ellas, una les inspiró especialmente: la española. "La leímos una y otra vez", recuerda. "Es una muy buena constitución. Es muy progresista. Y ustedes tienen, como nosotros, una monarquía constitucional. Le confesaré una cosa: la leímos un poco tarde. De haberla visto antes, quizá no habríamos estudiado tantas otras".

Entregaron un borrador después de 10 meses, que se colgó en Internet para que lo vieran los ciudadanos y el mundo exterior. "Recibimos unos 400 comentarios de todo el mundo: intelectuales, universidades, organizaciones de derechos humanos. Estudiamos todo eso, hicimos otro borrador y éste se distribuyó al pueblo".

Los reyes, padre e hijo, recorrieron entonces todo el país, hasta las aldeas más remotas, y celebraban reuniones en los pueblos para explicar y discutir el borrador de la Constitución. El 18 de julio de 2008 se aprobó una carta magna sin pena de muerte para un país cuyo delito más común es el expolio del patrimonio artístico y cuyo artículo 9.2 establece: "El Estado se esforzará en promover las condiciones que permitan la consecución de la felicidad interior bruta". (El País Semanal, 29/11/2009, p. 54/64)