Cosas que la teoría monetaria moderna te obliga a cuestionar. Un superávit comercial no es un éxito. Significa que estás enviando recursos reales al extranjero a cambio de meros apuntes contables. Rusia sabe para qué sirven esos registros si no puedes movilizarlos por culpa de las sanciones. El superávit fiscal no refleja una gestión prudente del gobierno sino una obcecación que reduce la posición financiera neta del sector privado y puede llevar la economía a una recesión. La posición financiera del Estado debe responder a la necesidad de estabilizar la coyuntura. Para crear empleo se dice que la economía debe crecer. Pero quizá se pueda evitar esa ley de hierro con un plan de empleo garantizado. Los impuestos no financian el gasto público pero sin ellos el dinero no vale nada. Si entiendes esto puedes repensar la función de los tributos. No se trata de recaudar más para poder gastar más sino de decidir qué gasto queremos que haga el Estado primero y qué actividades y personas deben ver reducido su poder de compra en función de criterios de pleno empleo, distribución de renta y riqueza y estabilidad de precios. La inflación quizá sea un impuesto a los pobres pero se suele combatir dejando a parte de esos pobres sin empleo, o sea, sin renta. Es decir, para que unos conserven su poder de compra otros deben perderlo completamente. La política de estabilización de precios debe basarse en un análisis riguroso de sus causas en primer lugar. Rara vez es un problema de exceso de demanda y por eso la peor respuesta es deprimir la demanda. La política monetaria es poco o nada útil para gestionar el ciclo económico. Mejor dejar los tipos de interés permanentemente en el 0%. 3:06 p. m. · 11 ago. 2022 de Cudillero, España 6 Retweets 15 Me gusta
En mi tesis doctoral demuestro que en determinadas circunstancias (que son las más habituales) tener superávit público acaba necesariamente en una grave crisis económica. En este vídeo resumo mi tesis doctoral en apenas 16 minutos; y hago hilo resumen : https://youtu.be/4puzb72bJQw
Si dividimos toda la economía en sector público y sector privado (que incluye a familias y empresas), el déficit de uno de ellos es el superávit del otro. Esto es así por identidad contable, es una verdad innegable, ¡son matemáticas!
Si el Estado tiene un déficit de 100, es porque las familias y empresas tienen un superávit de 100; y al revés: si el Estado tiene un superávit de 100, es porque las familias y empresas tienen un déficit de 100.
Las familias y empresas pueden ahorrar 100 porque el Estado está gastando 100 en el sector privado; y si el Estado quiere tener superávit, tiene que provocar un déficit en el sector privado, porque es el único lugar del que puede extraer dinero a través de impuestos.
En realidad, en el mundo no sólo hay dos sectores, el privado y el público, sino que hay un tercero: el exterior (que incluye a las familias, empresas y Estados de otros países). Pero la identidad contable se sigue cumpliendo, sólo que ahora la balanza tiene 3 pesos en vez de 2.
Por ejemplo, si un sector tiene un superávit de 100, la suma de los otros dos tiene que dar un déficit de 100; por ejemplo, un déficit de 50 cada uno. O puede ser uno de 30, y el otro de 70. Pero también podría tener uno un superávit de 20 y el otro un déficit de 120.
Por eso, puede pasar que un Estado tenga superávit y que no esté empobreciendo a las familias y empresas porque éstas también tienen superávit, pero eso es gracias a que el sector exterior está teniendo un déficit equivalente a la suma de los otros dos.
Para que se entienda fácilmente, esto es posible porque llega tanto dinero gastado desde el extranjero que hay suficiente para que ahorre el Estado y para que lo hagan las familias y empresas. Es lo que le pasa a países como Alemania, Suiza, o Corea del Sur, por ejemplo.
Pero ¿qué pasa con los países a los que no les llega dinero del exterior, sino que lo envían fuera, que por cierto son la inmensa mayoría? Pues que el dinero tiene que salir del sector público o del privado, por lo que al menos uno de ellos tiene que estar en déficit.
Y si queremos que el sector público tenga superávit, no queda más remedio que sea el privado el que tenga déficit. ¿Y qué implica esto? Pues que se está endeudando; está obteniendo el dinero extra del crédito de los bancos que elevan su deuda privada.
Y esto es absolutamente insostenible, no puede durar mucho, porque la deuda privada crecerá progresivamente, pero en algún momento esas familias y empresas no podrán seguir endeudándose y entonces la burbuja de deuda estallará, desembocando en una crisis financiera.
Y, claro, esas familias y empresas tendrán que empezar a ahorrar mucho para poder pagar sus elevadas deudas, y eso conllevará que ya no pueda haber superávit público y que no salga más dinero hacia el exterior. Es decir, el superávit fiscal logrado de esta forma es siempre fugaz.
Por lo tanto, en mi tesis doctoral parto de la premisa de que los países a los que no les llega dinero del exterior, si registran superávit público es porque las familias y empresas se están endeudando notablemente, algo que inevitablemente acabará en crisis económica.
Ése es el marco teórico de la tesis y su hipótesis fundamental. Ahora veamos si dicha hipótesis se corrobora empíricamente. Para ello ponemos el foco en todos los países del planeta desde el año 1980 hasta la actualidad (no vamos más atrás en el tiempo porque no hay datos).
Antes de realizar la exploración, dejamos fuera a los países que son muy pequeños, a los que son paraísos fiscales y a los que dependen de las exportaciones de hidrocarburos porque el dinero que entra y sale de ellos es tan volátil que hace impracticable un estudio serio.
De los 117 países que quedan identificamos a los que hayan presentado alguna vez superávit público al mismo tiempo que salía dinero hacia el exterior: son 43 países que se encuentran en los cinco continentes, y lo hacen en diferentes momentos del tiempo y con distinta duración.
En Europa vemos que en los años 80 en varios países había superávit público y salida de dinero de su territorio, y eso coincidía con burbujas de deuda privada que finalmente estallaron a finales de la década o al comienzo de los años 90, dando lugar a diversas crisis económicas.
A muchísimos otros países -entre los que se incluye España-, les pasó lo mismo antes de sufrir la crisis económica de 2008: es decir, que registraron superávit fiscal mientras salía dinero de su territorio y mientras experimentaban burbujas de crédito que acabaron muy mal.
En Asia, muchos países experimentaron importantes burbujas financieras a principios de los años 90, lo que les permitió registrar superávit público incluso a pesar de que salía dinero hacia el exterior. Este fugaz fenómeno acabó en el año 1997, con la famosa crisis asiática.
Latinoamérica tampoco se libró de esta tendencia. A finales de los años 80 y 90 México, Chile y Perú lograron superávit público mientras salía dinero de su territorio, lo cual sólo era posible porque experimentaban notables burbujas financieras que acabaron con la crisis de 1994.
El caso de Estados Unidos y Canadá es igual, aunque lograron el superávit público en los años 2000 y 2001 gracias a la burbuja puntocom, que también estalló, aunque sólo desembocó en una recesión, en parte porque el endeudamiento privado se reinició en muy poco tiempo.
Australia y Nueva Zelanda también lograron registrar varios años de superávit fiscal mientras veían salir dinero de sus territorios a principios del siglo XXI porque experimentaron un vertiginoso endeudamiento privado. Y, para variar, la burbuja estalló en el año 2008.
Por último, mirando hacia África, Egipto, Sudáfrica y Marruecos corrieron la misma suerte: superávit fiscal porque experimentaron burbujas de crédito que finalizaron en graves crisis económicas, en el año 2001 para el primer país y en el año 2008 para los otros dos.
Este repaso descriptivo se afianza en la tesis gracias a modelos econométricos complejos que pretenden corroborar para cada uno de esos países si el crecimiento de la deuda privada contribuyó a explicar la aparición de los superávits fiscales. Y, en efecto, así ocurre.
En consecuencia, se puede concluir que los países que ven salir dinero de su territorio sólo pueden registrar superávit fiscal si el sector privado se endeuda a lomos de una burbuja financiera que siempre explota, provocando tras de sí una importante crisis económica.
"Abba P. Lerner es un economista británico de origen ruso nacido en Bessarabia en 1903. Falleció el 27 de octubre de 1982.
A la edad de 26 años y con motivo de la quiebra de su negocio en 1929
como consecuencia de la crisis que se originase con el crack de la
bolsa en Nueva York, decidió matricularse en la London School of Economics and Political Science.
Entre los años 1934 y 1935 pasó una estancia de seis meses en la
Universidad de Cambridge, donde entraría en contacto con las ideas de
John Maynard Keynes siendo el primer economista “externo” al círculo de
confianza de Keynes que comprendería plenamente el significado de su
Teoría General.
Su primer destino como profesor asistente sería la London School of
Economics en 1936. En 1937 decide emigrar a los Estados Unidos, donde
enseña Economía en varias universidades. A pesar de la cantidad y la
calidad de sus contribuciones no tuvo un reconocimiento adecuado en
vida, quizás por su continuo deambular y su incapacidad de involucrarse
en la dinámica interna de las distintas universidades americanas donde
enseñó. Pese a ello, Lerner sigue siendo considerado un economista agudo
y muy creativo, tanto en el terreno teórico como analítico
Basándose en el principio de demanda efectiva y la teoría chartalista
del dinero, Lerner desarrolló el concepto de Finanza Funcional como
marco en el que desenvolver las políticas para alcanzar el pleno empleo y
la estabilidad de precios.
La Finanza Funcional en 10 puntos:
El pleno empleo, la estabilidad de precios, y un estándar de vida
decente para todos los individuos son objetivos macroeconómicos claves, y
es responsabilidad de un Estado perseguirlos y promoverlos. Dejar estos
objetivos al libre mercado es como conducir un coche sin volante. Las
políticas deben ser valoradas por su capacidad para lograr los objetivos
macroeconómicos para los que están diseñadas, no al hecho de ceñirse a
ciertos dogmas. La política fiscal, el gasto del gobierno y
sus impuestos, su endeudamiento, la emisión de nueva moneda, todos ello
deben llevarse a cabo únicamente mediante la evaluación de los
resultados de estas acciones en la economía.
La capacidad del gobierno para llevar a cabo su propia política
fiscal y monetaria de conformidad con los principios de las finanzas
funcionales se hace posible por el hecho de que “el dinero es una criatura del Estado”.
El gobierno no se financia a través de impuestos ni por la emisión de
bonos del Tesoro. El propósito principal de los impuestos es apoyar el
lanzamiento y circulación de una moneda e influir en el comportamiento
de los ciudadanos. Por su parte, el objetivo principal de la venta de
bonos del gobierno es el de ajustar la tasa de interés a un día.
“Imprimir dinero” en sí mismo no tiene impacto en la economía. Sólo
si el dinero nuevo se gasta en bienes y servicios, o es retirado a
través de la emisión de bonos, habrá algún impacto en la economía.
Sin una política de pleno empleo, el sector privado no puede
beneficiarse de las ventajas derivadas del progreso técnico que mejoran
la productividad, siendo probable que lo convierta en ineficaz. Con una
política de pleno empleo el progreso técnico destinado a reducir el
trabajo se hace muy útil para la sociedad.
En condiciones de pleno empleo los recursos son escasos y por lo
tanto, presentar una innovación técnica u organizativa que libera un
poco de trabajo para otros usos constituye un beneficio en el uso de los
recursos. Sin embargo, en una economía con un desempleo persistente, lo
que sería eficiente llega a ser ineficaz. De hecho, cuando hay falta de
trabajo no es importante la utilización de menos recursos para un mismo
trabajo, no tiene sentido a nivel agregado poder realizar una tarea con
menos trabajo si hay trabajadores desempleados disponibles, porque los
trabajadores liberados de la mejora tecnológica no se pueden utilizar
para otras actividades.
En caso de desempleo, un aumento de la eficiencia en cualquier
proceso de fabricación particular no implica un aumento de la eficiencia
en la economía en su conjunto.
Sin una política de pleno empleo un país debe someterse al aumento
de las importaciones en comparación con las exportaciones en su balanza
comercial; con una política de pleno empleo, no hay necesidad de
preocuparse por la importar “demasiado” en comparación con las
exportaciones.
Los intentos para argumentar que el déficit y la deuda en realidad
no son tan grandes como parecen, y que si se miden de una manera
diferente no son tan malos, es contraproducente.
Cuando hay desempleo el dinero es escaso, en lugar de los recursos.
Para alcanzar el pleno empleo es
necesario utilizar el gasto público para crear puestos de trabajo
directamente, ya que las políticas fiscales y monetarias tradicionales
son ineficaces para alcanzar tal objetivo. La creación de empleo
directo en forma de obras públicas puede ser necesaria para lograr y
mantener el pleno empleo y la estabilidad de los precios. Incluso el
sector público que no produce buenos servicios o visibles es
beneficioso, ya que crea puestos de trabajo para los desempleados y
aumentar la producción y la renta agregada, con todos sus beneficios
asociados. También hay tantos servicios y actividades públicas y
sociales, que normalmente no son llevadas a cabo por el sector privado y
son necesarias para la economía." (red mmt)
"Sufrir diariamente un centenar de muertos, o 200 o 500, como
efecto más nocivo de la pandemia del coronavirus, esto sí que es una
crisis. Que casi cinco millones de españoles no puedan trabajar aunque quieran,
eso es una crisis. Que el total de ciudadanos en situación de pobreza
severa (los que viven con menos de 16 euros al día) superen al final de
este año los cinco millones, o que los pobres relativos (con 24 euros al
día) lleguen al 23% del total de la población, es una crisis. Que el
salario mínimo anual sea de 13.300 euros mientras los principales
ejecutivos del Ibex 35 cobran 138 veces lo que sus empleados peor
pagados (179.400 euros), es motivo de una crisis. Etcétera.
Que
el déficit del Estado del año pasado casi llegue al 11%, y la deuda
pública ascienda hoy al 120% del Producto Interior Bruto, no es una
crisis sino que son desequilibrios macroeconómicos a los que algún día
(no ahora) habrá que dar solución.
Como ambos porcentajes sirven para
financiar el gasto público, el catedrático de Historia Francisco Comín los ponía en contexto en este mismo periódico:
el porcentaje de gasto público sobre el PIB se disparó durante el año
pasado del 42% a aproximadamente el 51%; sólo en periodos de guerras o
turbulencias económicas, políticas o sociales se han alcanzado tasas del
gasto público superiores en relación al PIB. Ni durante la democracia
ni con el franquismo se registraron ritmos de incremento superiores.
Habría que retroceder a la Guerra Civil para hallar alzas mayores.
Voluntaria u obligadamente se está desarrollando ante nuestros ojos, sin
teorización previa alguna, un cambio de paradigma en la política
económica.
Estos días se ha publicado en España un libro bien interesante por polémico: El mito del déficit,
de la profesora norteamericana Stephanie Kelton (Taurus). Por la
formación neoclásica de la mayor parte de los economistas en activo es
difícil que ellos compartan las tesis de Kelton. Incluso bastantes de
aquellos que rompieron con esa ortodoxia y se adentraron en alguna de
las escuelas del keynesianismo no logran compartir las tesis de la Teoría Monetaria Moderna (TMM)
que desarrolla esta profesora que ha sido economista jefe del Comité de
Presupuestos del Senado de EE UU, y sus colegas de la Universidad de
Misuri-Kansas City como Randall Wray, William Black o Michael Hudson.
El
libro combate al menos media docena de mitos que, según la autora,
recaen sobre la maldad ontológica de los déficits públicos; por ejemplo,
la idea (tantas veces repetida entre nosotros) de que el Gobierno debe
diseñar los Presupuestos como lo haría una familia o un hogar, lo que no
tiene en cuenta que el Gobierno tiene el poder de emitir moneda (los
países que tienen soberanía monetaria: EEUU, Canadá, Australia, Japón,
Canadá…).
O que los déficits representan una carga para las siguientes
generaciones, abrumadas por una deuda disfrutada por sus predecesores; o
que son perjudiciales porque expulsan a la inversión privada, ya que no
la financian; o que el aumento de los derechos socioeconómicos siempre
conlleva dificultades que acaban llevando al déficit el debate. Mariana Mazzucato,
otra economista muy relevante, ha escrito que después de leer el libro
de Kelton “nunca volverán a pensar en el presupuesto público como quien
maneja una economía doméstica”.
La TMM es una teoría
económica que defiende que un Estado soberanamente monetario tiene una
capacidad ilimitada para pagar los bienes que desee comprar o cumplir
con los pagos prometidos. La insolvencia y la bancarrota de ese Estado
no son posibles ya que siempre puede pagar. Los límites del déficit no
están en la capacidad del Estado para gastar dinero, sino en resistir
las presiones inflacionistas. Los déficits no impidieron que Franklin
Delano Roosevelt pusiera en práctica el new deal, ni tampoco
disuadieron a John F. Kennedy de impulsar un programa para enviar al
hombre a la Luna, ni jamás privaron a algunos políticos de cualquier
parte de apoyar conflictos, olvidándose de la tabarra del equilibrio
presupuestario." (Joaquín Estefanía, El País, 01/04/21)