"(...) He sido privilegiado; he disfrutado de muy buenos
veranos. No solamente por el clima clemente del que solíamos disfrutar;
también porque he podido desconectar, descansar, descubrir. Mi suerte no
es la de todos pero debería serlo. A diferencia del diluvio, el verano
no es universal; hay tantos como latitudes, privilegios, familias,
renta. Pero debería serlo, grabado en piedra. Las bicicletas son para
todo el año y el verano es para parar.
El verano es
para hacer el tonto, para jugar. Para que el cuerpo tome las riendas. Es
la época de apagar el despertador, de mojar la cama de sudor y de
pereza. De sentirte libre y un poco pequeño en el mar, del primer beso o
el enésimo como fuego que corre dientes abajo, como escribió Hernández.
De compartir la noche como se comparte lo bueno, sin mesura; tomando
aire, disfrutando de la brisa y cogiendo fuerzas para, el día siguiente,
volver a pelear contra el sol; una batalla intensa pero justa,
deportiva, de igual a igual. Ángel González la llamaba una estación y un
lugar “propicio para el amor”:
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades ya de por sí amarillas como plátanos.
No
todo el mundo ha tenido pueblo que recorrer jugando hasta las tantas,
de arriba abajo, perdiendo el sentido del tiempo y las cadenas. No,
aunque la autopercibida clase media no se lo crea, no todo el mundo coge
un avión cada año, ni siquiera cada lustro. No todo el mundo ha podido
escapar, aunque ojalá no hubiera hecho falta hacerlo.
La
diferencia es que cada vez va a ser más difícil la huida, incluso para
los que se sienten -aunque sea en secreto, aunque sea sin darse cuenta-
que vuelan por encima de las nubes. Nos resistimos a creerlo, pero ya no
estamos ahí. El verano está muriendo, aunque parezca que se
intensifica. Porque ya no huele a libertad. (...)
(Contra el diluvio, 21/06/26)
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