"Existe una percepción generalizada en los mayores medios de información y
en la cultura general del país, de que la división de las
sensibilidades políticas se basa en las políticas que proponen en
relación al Estado y al sector público.
Se asume que las izquierdas
están a favor de la intervención del Estado y la expansión del sector
público, y que las derechas están a favor del mercado y del sector
privado. (...)
Pero si uno mira con mayor detalle la relación del Estado con, por
ejemplo, la economía, ve rápidamente que esta percepción no está
justificada. Una de las mayores intervenciones del Estado, que hemos
visto en estos últimos años, ha sido precisamente la masiva ayuda
financiera del Estado a la banca, a las compañías de seguros y al sector
inmobiliario, lo que en la cultura anglosajona se llama FIRE, incendio
en inglés, y que resulta de poner juntas las primeras letras de Finance
(Finanzas), Insurance (Compañías de seguros) y Real Estate
(Inmobiliaria). (...)
Se desconoce en Europa que el Estado
federal de EEUU es el Estado que tiene la política industrial más
avanzada de todos los países de la OCDE. Y lo hace a través del gasto
militar, que juega un papel clave en la economía de aquel país.
Y a
todos los niveles. Desde internet hasta el móvil (y muchos más
equipamientos de tecnología electrónica y de comunicación), están todos
ellos basados en el conocimiento, generado y financiado con fondos
públicos, de carácter militar. Apple no existiría si no hubiera existido
el Departamento de Defensa, que financió la
investigación básica que
Apple utilizó y comercializó más tarde. Y un tanto igual en una gran
mayoría de los nuevos desarrollos electrónicos.
Parte de este incremento del gasto
público militar se hizo también a costa de recortes de gasto público
social. Los datos están ahí para todo el que quiera verlo. El tema clave
pues, no es Estado sí o Estado no, o gasto público sí o no, sino a
quién sirve este Estado.
Hoy, la evidencia es abrumadora de que el
Estado está profundamente influenciado por el capital financiero (banca,
compañías de seguros, hedge funds y una larga lista de instrumentos e
instituciones que manejan dinero), así como por los intereses de la
minoría de la población que obtiene sus recursos de la propiedad del
capital que genera rentas, incluyendo los propietarios y gestores del
gran capital (sea este financiero, industrial, o de servicios).
¿Cuál debería ser la línea divisoria entre las izquierdas y las derechas?
Hacerse esta pregunta es preguntarse qué
es lo que existe en el capitalismo que dificulta y/u obstaculiza el
desarrollo humano. Y el punto clave no es tanto el tipo de propiedad
(pública o privada), sino el objetivo de dicha propiedad, y la
definición de esta propiedad y de su función y objetivo.
Bajo el
capitalismo existente, la propiedad tiene como objetivo principal
proporcionar beneficios a su propietario, el cual tiene la potestad de
definir dicho objetivo, objetivo que puede o no servir el bien común.
Cuando los banqueros, en su intento de optimizar sus beneficios,
desarrollaron prácticas especulativas que crearon la crisis financiera,
dañando la vida y el bienestar de la población, estaban actuando según
el principio capitalista de poner la acumulación de capital, a los
propietarios de capital, como su objetivo principal, sin considerar los
desbeneficios a la sociedad.
Lo que ha ocurrido muestra claramente el
error de anteponer el objetivo de acumulación de capital por encima del
bien común. Este es uno de los mayores problemas existentes en el
capitalismo.
Las distintas tradiciones socialistas
(llámense socialistas, socialdemócratas, comunistas o
anarcosindicalistas) se han caracterizado precisamente por identificarse
con la lucha para conseguir el bienestar de la población y, muy en
especial, de las clases populares, poniendo la propiedad al servicio del
bien común.
Este bien común exige poner el bienestar de la población
como objetivo final, mediante la aportación necesaria según los medios y
recursos de cada uno.
El famoso dicho de que “de cada cual según su
capacidad y a cada cual según su necesidad” es un principio que
sintetiza muy bien la ética y cultura de izquierdas, y subraya que el
objetivo de la economía, por ejemplo, no es la acumulación de capital
sino el desarrollo del potencial de cada ser humano, respondiendo a sus
necesidades.
La democracia como objetivo
Ahora bien, la otra diferencia es en la
identificación de quién define estas necesidades. De nuevo, las derechas
creen que estas necesidades las define el cliente a través del mercado.
El mercado es el que configura el carácter y usos de la propiedad. Las
izquierdas, históricamente, han considerado que debería ser la propia
población, no individualmente a través del mercado, sino colectivamente a
través de las instituciones democráticas, la que definiera esas
necesidades.
Consecuencia de ello es que, por lo general, las
izquierdas, en los países democráticos, han sido más sensibles y
exigentes en el desarrollo de las instituciones democráticas que las
derechas. En España el ejemplo de ello es claro y la evidencia
contundente. Y ello se debe a que el compromiso que tienen las derechas
con el objetivo de la propiedad (aumentar la acumulación de capital)
entra en conflicto con el principio democrático.
El capitalismo
dificulta, e incluso imposibilita, el desarrollo de la democracia, pues
la concentración del capital determina la captura de las instituciones
democráticas (y los medios de información y persuasión) por parte de
este capital, tal como estamos viendo hoy claramente en España y en la
Unión Europea.
Mírese como se mira, la acumulación del capital hace
imposible o limita la expresión democrática. EEUU, el país con mayor
influencia del capital, y con mayores desigualdades, es de los países
menos democráticos (algo más de la mitad de los congresistas son
millonarios). Y por otra parte, los países escandinavos, con menores
desigualdades, son los que tienen una mayor expresión democrática.
Y ello me lleva al último punto de la
diferencia entre las izquierdas y las derechas: la definición del
significado de democracia y su expresión política. Hoy, la inmensa
mayoría de las izquierdas en los países de elevado nivel de desarrollo
económico no basan su estrategia en la toma del Palacio de Invierno, año
A, día D, hora H, por el partido revolucionario armado, pues aceptan la
vía democrática. Ahora bien, hay muchas maneras de interpretar la
democracia.
La más generalizada ha sido la vía representativa, que se
expresa a través de las instituciones representativas (los parlamentos,
como máxima expresión), basándose en el principio de que cada ciudadano
debe tener la misma capacidad decisoria en la gobernanza del país,
expresada a través de procesos electorales. Un voto, igual de
determinante, para cada ciudadano.
El mayor problema con esa vía es que
prácticamente en ningún sistema democrático dicho principio se aplica.
Casi no existen sistemas parlamentarios auténticamente proporcionales. Y
ello no es por casualidad.
A mayor influencia del capital, menor es la
proporcionalidad, pues el objetivo del capital es disminuir por todos
los medios posibles ese principio democrático. EEUU y España, con su
bipartidismo (que siempre favorece a las derechas), son claro ejemplos
de ello.
Democracia no es solo votar cada cuatro años (...)
Se requiere, además de democratizar la democracia representativa, la
democracia directa, a través de la activa participación ciudadana,
constantemente y directamente, no solo en la gobernanza del país, sino
también en la gobernanza de los lugares de trabajo, de los barrios, de
los lugares de ocio y dondequiera que existan actividades colectivas. Y
ello no quiere decir (como maliciosamente dicen las derechas)
estatalismo, sino participación ciudadana.
Los referéndums (derecho a
decidir), una de las formas de democracia directa más común, deben ser
utilizados ampliamente en cualquier sistema democrático, en todos los
niveles de gobierno. Democracia y bienestar y calidad de vida son, pues,
las dos dimensiones claves que deberían definir a las izquierdas.
Democracia como fin, y democracia como estrategia. (...)
Nada menos que cerca del 80% de la
población española está de acuerdo con el dicho del reciente movimiento
15-M “no nos representan”. Y de ahí la urgencia de mantener este apoyo
popular, del cual las izquierdas derivan su poder. Y más de 86% de la
población está también de acuerdo con el eslogan de que el estado no
está sirviendo a la ciudadanía en sus necesidades cotidianas.
Y es ahí, precisamente, donde las
izquierdas deberían centrar sus esfuerzos. Las izquierdas tendrían que
centrarse en hacer propuestas reales y resolutivas para solucionar los
problemas que angustian a las clases populares de este país, guiándose
por los principios socialistas que he indicado anteriormente.
Cuando se
establece un servicio nacional de salud encaminado a responder a las
necesidades de la población, definidas por ella misma, y financiado con
fiscalidad progresiva, se está caminando hacia el socialismo,
independientemente de cómo se llame. La gran mayoría de la población
está de acuerdo en esta medida.
Cuando se está destruyendo un servicio
nacional de salud, sustituyéndolo por compañías de seguros o de gestión
privadas que tienen como objetivo aumentar sus beneficios, se está
destruyendo el socialismo, y construyendo el capitalismo. (...)" (Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Pensamiento Crítico” en el diario PÚBLICO, 18 de febrero de 2014, en www.vnavarro.org, 18/02/2014)
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