""Una de las características de una política exterior eficaz es que se
ejecuta en segundo plano, no es ni llamativa ni especialmente visible.
Los gobiernos deben adoptar urgentemente este enfoque para detener el
creciente pánico mundial causado por el brote de coronavirus, mismo que ya ha matado a más de 1.300 personas e infectado a más de 63.000.
Aunque casi todas las muertes y los casos confirmados hasta la fecha se han producido en la China continental, el virus se ha propagado a más de dos docenas de países. La Organización Mundial de la Salud declaró recientemente que el brote es una emergencia sanitaria mundial.Por el momento, reina el pánico.
Las empresas globales de tecnología,
como por ejemplo Google, Apple, Facebook y Tesla, han suspendido
temporalmente sus operaciones en China y han pedido a sus empleados que
trabajen desde casa. Muchas aerolíneas extranjeras, fabricantes de automóviles, cadenas de venta al por menor y de entretenimiento e instituciones financieras
han tomado medidas similares. Y, en Estados Unidos, los
asiático-americanos y los estudiantes de países asiáticos se enfrentan a
una oleada de comentarios xenófobos sobre su comida, cultura y forma de vida.Además, muchos países se han unido a Estados Unidos para denegar temporalmente la entrada a los extranjeros que han viajado recientemente dentro de China.
Sin embargo, destacados expertos en salud mundial sostienen
que es improbable que políticas restrictivas como éstas, que suelen
estar reservadas para situaciones que ponen en peligro la vida, detengan
la propagación de lo que la OMS ha bautizado ahora como COVID-19.En cambio, esas medidas han avivado el pánico entre los inversores. La mayoría de las acciones chinas en las bolsas de valores cayeron bruscamente cuando se reanudaron las operaciones tras la fiesta de Año Nuevo de este país, y algunos índices de mercado sufrieron sus mayores caídas de un solo día
en más de una década.
Debido a que China es la segunda economía más
grande del mundo, estas pérdidas financieras tendrán un impacto a nivel
mundial. Además, el impacto disruptivo que tiene el COVID-19 sobre los mercados laborales, los viajes, y la producción de las fábricas
perjudicará a las operaciones de las empresas globales que dependen de
la fuerza de fabricación y las cadenas de suministro de China.
La crisis
es un recordatorio de por qué los gobiernos deben considerar la salud
como un componente esencial de la política exterior. De hecho, gran
parte del pánico actual podría haberse evitado si los líderes políticos
hubieran ido tras el logro de una diplomacia mundial en materia de salud.
En el pasado, los gobiernos han reconocido el papel de la salud como un
instrumento crucial de la política exterior, incluso en la Declaración Ministerial de Oslo
de 2007 de los ministros de relaciones exteriores de Brasil, Francia,
Indonesia, Noruega, Senegal, Sudáfrica y Tailandia. Sin embargo, la
aplicación de esta idea se ha tornado cada vez más difícil debido al ascenso mundial del nacionalismo de extrema derecha, que plantea a los diplomáticos el desafío de mantener relaciones amistosas con aliados demonizados por sus propios gobiernos.
Las
políticas exteriores impulsivas destinadas a hacer frente a COVID-19 –
como por ejemplo la prohibición de viajar y la suspensión de las
actividades económicas – no sólo no están respaldadas por pruebas
científicas, sino que es probable que resulten perjudiciales a largo
plazo. Por el contrario, el poder blando, o la capacidad de un país para configurar las preferencias de los demás mediante la persuasión y la diplomacia, suele ser mucho más eficaz.
De hecho, tres de las estrategias que probablemente resulten más
eficaces para hacer frente a COVID-19 (y a futuras epidemias) requerirán
que los gobiernos y otros agentes cooperen más estrechamente,
establezcan una profunda confianza mutua y desarrollen plataformas que
promuevan la difusión gratuita de datos científicos basados en
evidencia.
Para empezar, la salud debería considerarse un bien público
mundial.
Los países que cuentan con sistemas sólidos de recopilación y
difusión de investigaciones científicas deberían establecer redes de
colaboración por medio de las cuales los países de ingresos bajos y
medianos puedan informar y publicar información sobre brotes
infecciosos. Afortunadamente, las principales revistas médicas
internacionales, incluidas The Lancet y The New England Journal of Medicine,
están recolectando – y publicando rápidamente – datos basados en
evidencia y revisados por pares sobre las características clínicas y de
salud pública de COVID-19.
Esto es fundamental, porque el nuevo
coronavirus no ha sido la única epidemia que se ha propagado a nivel
mundial en las últimas semanas; también hay una epidemia de desinformación en línea, especialmente en las plataformas de redes sociales.
En
segundo lugar, no se debe hacer que los países en los que se originen
brotes potenciales se sientan estigmatizados.
Es necesario que los
gobiernos creen canales formales y confidenciales a través de los cuales
los funcionarios puedan compartir libremente la información sobre los
nuevos riesgos para la salud o los posibles brotes. COVID-19 se ha
difundido tan ampliamente, en parte porque el gobierno chino tenía vergüenza política
e inicialmente suprimió la información cuando los médicos de Wuhan
dieron la alarma sobre los casos infecciosos.
Aunque los países cuentan
con diversos mecanismos para informar al público sobre los riesgos
relacionados con la salud, una diplomacia mundial en materia de salud
más coordinada podría haber mitigado el impacto de la epidemia.
En tercer
lugar, los gobiernos deberían invertir en la creación de sistemas de
gestión de datos que permitan seguir la propagación de las epidemias,
preferiblemente en tiempo real.
Éstos podrían parecerse al cuadro de mando para la innovación
creado por el Center for Systems Science and Engineering de la
Universidad Johns Hopkins para rastrear el brote de COVID-19.
Este
cuadro recopila datos de la OMS, los Centros de Control y Prevención de
Enfermedades de Estados Unidos y sus homólogos europeos y chinos, y la
Comisión Nacional de Salud de China, todo en tiempo real. Estos datos
son vitales para ayudar a los gobiernos a tomar decisiones informadas
sobre la mejor manera de hacer frente al virus.
En un mundo globalizado,
no podemos permitirnos ignorar los riesgos para la salud que surgen en
otros países. Por consiguiente, los gobiernos de los países ricos en
particular no deben considerar el aumento de la globalización y la
interdependencia como un fenómeno puramente económico que permite a las
empresas establecer operaciones de fabricación y cadena de suministro en
las economías de ingresos medios y bajos.
Los países privilegiados
también tienen la responsabilidad de establecer mecanismos de apoyo que
ayuden a otros a hacer frente a las nuevas amenazas para la salud.Frente
a una epidemia mundial como la de COVID-19, los líderes políticos deben
guiarse por las pruebas científicas y la compasión, y no por las
anécdotas y la xenofobia. Una diplomacia mundial en materia de salud que
sea ilustrada podría salvar innumerables vidas."
(
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