"Para
ella, la economía tendría que tener la forma de un donut, de una
rosquilla. Kate Raworth (Londres, 1970) ha planteado una teoría que
rompe con el mercado tal y como es hoy. Propone dejar de buscar riqueza a
costa de los límites ambientales y la justicia social.
Su teoría fue
presentada como un documento de trabajo para Oxfam en 2012, después tomó
protagonismo en la Asamblea General de la ONU y fue un referente para
el movimiento social Occupy London.
Su teoría perfila una transición
desde la que llama economía del siglo XX a la del XXI, en la que el PIB,
un índice finito, sería sustituido por una rosquilla que pone en
relación las necesidades humanas con el impacto ambiental de la economía
en la sociedad y la Tierra como ente vivo.
Estudió Economía pero no se siente economista. ¿Por qué?
Me
defino como economista renegada y me parece razonable. Creo en el
concepto griego de economía como el arte de gestionar el hogar. La
Universidad debería reconocer que el sistema de producción y
distribución depende de la sociedad y del mundo vivo, donde está
integrado, y de la salud de ambos. La economía es interdependiente de la
salud y los recursos del planeta, son las fuentes a las que recurre.
Todos los economistas deberían repensar los indicadores del mundo en el
que vivimos y plantearse cómo manejamos nuestros recursos planetarios.
Este debería ser el punto de partida: la naturaleza es inherente a la
economía.
Cuando llama a huir del planteamiento del siglo pasado, ¿a qué se refiere?
En
la década de 1870 los economistas hicieron una analogía entre las leyes
del movimiento de Newton y la economía: al igual que la gravedad atraía
cosas hacia ella, los precios iban a atraer a la economía al
equilibrio. El problema es que, mientras la ciencia avanzó, la economía
se quedó en el siglo XIX. Si se trata de manejar tu hogar, primero
tienes que entender cómo funciona. Aprender de la psicología, la
neurociencia, la sociología, la antropología y la ciencia terrestre. Hay
que poner por delante el bienestar humano y planetario y la salud de
ambos. El indicador del crecimiento es el PIB, pero debería ser la
prosperidad humana. Hay que plantearse qué tipo de mentalidad económica,
instituciones, políticas y estructuras hacen falta para ello.
Propone una nueva estructura en forma de donut. ¿Qué significa?
Es
un diagrama que aspira a condensar el salto del viejo al nuevo
pensamiento económico. El reto es crear economías locales y globales que
lleven a todos al espacio seguro y justo del donut [el aro principal,
por debajo del cual se encuentran las carencias del sistema y por
encima, los excesos]. En lugar de perseguir un PIB cada vez mayor, es
hora de descubrir cómo prosperar de forma equilibrada. La economía del
donut satisface las necesidades de todas las personas, pero dentro de
los límites del planeta. ¿Qué tipo de economía del siglo XXI podrá hacer
esto?
Quiere cambiar el PIB por el donut
El
Producto Interior Bruto pertenece a lo que yo llamo economía del siglo
XX, es una forma de medir la producción con la que llevan obsesionados
desde 1930. Aquel indicador de progreso resultó útil: sirvió para
compararse con otros países. La OCDE ha hecho clasificaciones desde 1960
para incentivar la competitividad y seguir creciendo. Se ha utilizado
para justificar desigualdades extremas de renta y la destrucción del
medio natural. Hay muchos aspectos limitantes en esta forma de pensar.
El siglo XXI va a incluir otras métricas que respeten los derechos
humanos de todas las personas y el planeta.
¿Por qué es tan importante el medio ambiente en su sistema?
El
bienestar humano depende de la tierra viva. Si queremos tener
suficiente comida, necesitamos suelos fértiles y un clima estable. Si
queremos vivir de forma saludable, necesitamos aire limpio y una capa de
ozono. Nuestro bienestar depende de los sistemas que soportan la vida
en la Tierra. Estos apenas se entendieron en el siglo pasado y se
dejaron al margen de la teoría económica. Es hora de ponerlos en el
centro de nuestra visión del bienestar.
¿Cómo propone su teoría repartir la riqueza?
Hay
que pre-distribuir las fuentes del crecimiento y de conocimiento. Por
ejemplo, ayudar a que la propiedad distribuida, compartida, de energías
renovables y ayudar a que a que las comunidades sean propietarias. El
crecimiento de las licencias de código abierto son conocimiento de forma
distributiva; en cuanto a la vivienda, apoyar un modelo más
distributivo, por ejemplo, mediante cooperativas. La reforma es
profunda. Más que confiar en la redistribución de los ingresos, hay que
plantear instituciones más distributivas y pensar cómo crear una
economía con tecnología, con diseño.
¿En qué se diferencian la gestión centralizada y distributiva?
Pensemos
en la energía fósil: se extraía, se refinaba y se vendía, eso era una
gestión centralizada en manos de una empresa que tiene los derechos de
una explotación y gestiona todo. En el caso de la energía, la
distribución por diseño serían las pequeñas estaciones solares de una
casa. En el siglo XX la propiedad se volvió muy importante, un campo de
batalla entre compañías, con sus patentes y la propiedad intelectual. Se
boicoteaban para que la innovación no creciera. Hoy tenemos 'creative
commons', licencias de uso colectivas y estándares abiertos, otra forma
de distribución por diseño. En materia de instituciones, se puede
aplicar el mismo modelo y cambiaría su comportamiento.
¿Cómo deberíamos cambiar entonces la forma de hacer negocios?
Planteándonos:
¿Por qué una compañía puede explotar los recursos de la tierra con la
bandera de conseguir beneficios y aumentar las ventas?; ¿por qué tiene
derecho a socavar los derechos sociales? El diseño de las empresas del
siglo XXI tiene que generar valor social, ambiental y cultural y
compartir y beneficiar la creación conjunta y devolver al planeta del
que dependemos. Entonces, de pronto las empresas viejas se van a quedar
realmente viejas, caducas, no van a tener sitio. Pero, cuidado, hay
empresas que quieren repensar sus modelos y puede pasar como con la mal
llamada economía colaborativa: que sean negocios de antes con el disfraz
de nuevo.
¿No cree usted en la economía compartida?
Los
cambios de modelo, tecnológicos y de uso siempre van a traer de la mano
posibilidades muy distintas, pero la palabra compartir implica otras
cosas más humanas y profundas en la naturaleza. Nunca llamaría a Airbnb
economía compartida. Esto es microcapitalismo, sigue siendo alquiler, no
es compartir, aunque el término esté tan extendido. La tecnología no
siempre aboga por distribuir de forma igualitaria los recursos. La red,
por ejemplo, está dominada por Facebook, Ebay, Google… unas pocas
empresas toman ventaja de las redes en las que están.
¿Internet tiene marcha atrás?
Internet
2.0 se ha vuelto algo muy concentrado, pero no siempre fue así.
Internet 1.0 alojaba redes más auténticas, con más valor. Estamos en los
inicios de Internet 3.0; la gente está empezando a reaccionar, a
rebelarse contra todo, a entender los efectos negativos de esas redes,
de ese Internet. Les preocupa la privacidad, los precios de los
alquileres… Internet tendrá un valor distinto si somos capaces de crear,
de tejer otro tipo de redes de colaboración: más pequeñas, mejor
conectadas entre sí y no dominadas por los grandes de Internet.
¿Cómo se hará la transición?
Habrá
viejos agentes que se transformarán para formar parte del nuevo
sistema, pero va a ser costoso. Por ejemplo, el rediseño que plantea el
donut consiste en que las compañías podrían empezar a vender servicios
en vez de productos: iluminación en lugar de bombillas.
¿Qué ejemplos conoce que estén en este nuevo paradigma?
El
director ejecutivo de Unilever, Paul Polman, está intentando reinventar
la compañía, darle un propósito del siglo XXI, pero sigue estando en
manos del mercado, cotiza en bolsa, sigue rigiéndose por el
cortoplacismo. Patagonia es una empresa que de base tiene un sistema
distinto, que trabaja para cambiar el sistema en el que vivimos. Yvon
Chouinard (1938, Lewiston) la fundó sobre valores realmente ambientales
–es escalador y ecologista– y así la filosofía de marca.
O Houdini, fundada en la base de los límites planetarios.
Las empresas pueden pensar que su sistema no puede aplicarse en el
mundo en el que vivimos, en donde casi todo es extractivo o tiene
obsolescencia. Yo hablo también en mi teoría de la ética. Supongo que no
es muy ético fabricar algo que sabes que se va a romper.
¿Las pequeñas empresas tienen más posibilidades de transformarse en empresas del siglo XXI?
Es cierto que las start-up,
a priori, tienen más posibilidades de cambiar sus estructuras o de
nacer con un modelo de negocio más circular, pero cuando hablo con
ellas, lo que más repiten es que tienen que crecer, es lo que más les
importa, en eso está basado su modelo. Todas están compitiendo en el
mismo terreno de juego, aunque a veces en mundos paralelos. Puedes
centrar tus esfuerzos en ser sostenible y regenerador, pero en última
instancia depende de la estructura de la compañía. Obtener el mayor
retorno y beneficios posibles debe dejar de ser la meta. Y la base debe
ser la protección ambiental, no puede ser algo accesorio.
No es partidaria de poner freno a los abusos ambientales con impuestos. ¿Por qué?
Los
impuestos, las cuotas y los precios escalonados pueden contribuir a
aliviar la presión que la humanidad ejerce sobre las fuentes de la
Tierra, pero son insuficientes. Las empresas ejercen presión para
retrasar su puesta en práctica o reducir los tipos fiscales, obtener
bonificaciones... Los Gobiernos ceden porque temen que su país pueda
perder competitividad o su partido pierda votos.
Las cuotas e impuestos
que limitan las existencias y reducen los flujos de contaminación
pretenden cambiar el comportamiento de un sistema; pero son palancas de
baja influencia. Cuando la industria va de fabricar, usar y tirar, los
incentivos no evitan que los recursos se agoten; lo que se necesita es
un paradigma de diseño regenerativo que cambie las empresas.
¿Y por dónde empezamos?
Por
ejemplo, por sacar del mercado los plásticos de un solo uso y los
productos con obsolescencia. Hay que crear un ecosistema de materiales
distinto al que tenemos y hacerlo de la mano de las empresas. Algunas
compañías tienen en sus plantillas algunos de los ingenieros y
diseñadores más ingeniosos y brillantes, estoy segura de que harían
diseños más efectivos si fuera su objetivo.
Hay que pensar que todos los
materiales, sean biológicos o técnicos, sean metales, fibras que no se
descomponen naturalmente deben ser diseñados para ser reutilizados o
reacondicionados y en última instancia, reciclados.
Mire
por ejemplo los teléfonos móviles: en 2010 solo se reutilizó el 6%, el
9% se desmontó para reciclar y el 85% fue al vertedero. Se tiene que
diseñar de otra forma.
¿El donut acabará con la desigualdad?
El
45% de las emisiones contaminantes parte de la demanda de un 10% de la
población. Hay una enorme diferencia en el uso que se hace de los
recursos planetarios. Uno de los principales propósitos del donut es
crear una economía regeneradora y reducir esta brecha; eliminar los
extremos en el bienestar.
Y una de las razones por las que he insistido
tanto en los límites planetarios es por el cambio climático. Sé que es
un proyecto muy audaz para el siglo XXI, pero es precisamente este el
tipo de proyecto que debemos abordar, porque no podemos dejar este
legado a los que vengan después y los hijos de éstos. Y debemos
sentirnos orgullosos de ponérnoslo como meta."
(Entrevista a Kate Raworth, economista, Belén kayser, 16/04/20 , esta entrevista ha sido publicada en el N15 de la revista Ballena Blanca)
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