“(…) ya no pueden permitirse “gandulear” en medio de una bancarrota
nacional – ni si quiera por el calor abrasador del mediodía. Durante
siglos, los pueblos del sur de Europa observaron un descanso desde el
mediodía, la sexta hora después del amanecer, hasta las 4 p.m.
Abandonaban los campos o sus oficinas e iban a casa a relajarse, comer
juntos, entablar conversación entre amigos y familiares, y generalmente
evitar el estrés. Sus siestas eran sagradas. Pero ahora este idílico
aspecto de la vida sureña se ha acabado.” Der Spiegel, 2013
(...) Aunque de características muy diferentes, la división colonial
Oriente/Occidente y la división Norte/Sur están estructural e
históricamente interconectadas en torno al proceso de extensión de las
relaciones sociales capitalistas a partir la Revolución Industrial en el
corazón de Europa.
A medida que la economía mundial capitalista se iba
desplegando en su centro y en sus periferias, iba generando un
desarrollo desigual y una adaptación asimétrica de las poblaciones
locales al tempo y a la disciplina del mercado capitalista.
Pero este
despliegue irregular y desequilibrado no se ha querido explicar a partir
de las dinámicas propias de la acumulación del capital y la cambiante
división internacional del trabajo, sino por los supuestos rasgos
esenciales de estas poblaciones.
Así, se considera hoy que los trabajadores españoles somos poco
productivos porque somos vagos. Nada tiene que ver con el hecho de que,
por ejemplo, nuestra especialización productiva en la división
internacional del trabajo sea la de proveedora de servicios, en buena
parte en la hostelería y el turismo.
Hay claros límites al crecimiento
de la productividad de un camarero sirviendo cafés, por el poco
recorrido que hay para la incorporación de nuevas tecnologías, el
limitado número de clientes que caben en un establecimiento y por lo
tanto de cafés que se puedan servir.
Muy diferente a las posibilidades
de incremento de la productividad que proporciona el cambio técnico a un
trabajador alemán en una empresa aeronáutica. Asimismo, está extendida
la idea de que la población se hipotecó hasta las cejas por la
irresponsabilidad que acompaña la alegría y despreocupación con la que
se vive la vida mediterránea.
Nada que ver con el entramado
inmobiliario-financiero que proporcionaba oportunidades de rentabilidad
para las finanzas mundiales en un contexto de alta liquidez, alimentado
en parte por los superávits comerciales alemanes y una asimétrica
incorporación al Euro.
Los trabajadores españoles están entre los que
más horas trabajan a la semana en Europa, y seguimos siendo considerados
unos vividores. Los ejemplos de cómo estas narrativas culturales
mistifican las razones económicas de fondo son múltiples.
Las respuestas lógicas a este tipo de diagnósticos están claras:
castigo, sacrificio, disciplina y tutelaje. Lo que la Troika ha
traducido en austeridad impuesta y visitas periódicas de los hombres de
negro.
De la misma forma que el “orientalismo” acompañaba al
colonialismo y por lo tanto a la apertura de nuevos mercados para el
capital europeo, estos estereotipos son funcionales para los intereses
del capital en el cobro de deudas, de recortes salariales y de nuevos
espacios de acumulación que proporcionarán sistemas de pensiones, de
sanidad y de educación privados.
“Civilizar” a los pueblos colonizados
era la “Carga del Hombre Blanco”, ir al “rescate” de los países
extraviados del sur ahora es una cuestión de “responsabilidad
institucional”. A la vez, la constitución del “Otro” mediterráneo es un
portentoso elemento en el imaginario de las poblaciones del norte de
Europa que sustenta electoralmente a las fuerzas políticas de derecha y
extrema derecha.
Estas son vistas como garantía para no dar margen a los
excesos de los PIGS, no fuera a ser que al final tuvieran que pagar con
sus impuestos los platos rotos de otros. La otra cara de la moneda es
la sensación de culpa e inferioridad que permea nuestras propias
concepciones sobre la génesis de la crisis y el lugar que ocupamos entre
las sociedades europeas.
En definitiva, estas representaciones de los pueblos del sur de
Europa son una creación cultural legitimadora de la dominación ejercida
para disciplinarnos y adecuarnos a las necesidades de la rentabilidad
del capital.
De la misma forma que el “oriental” es el alter ego
del “occidental”, si en el sur somos deudores es porque en el norte son
acreedores; si somos camareros y trabajadores de la construcción es
porque ellos son turistas y propietarios de segundas residencias; si
seguimos bajo el mando de una burguesía caciquil y rentista, es porque
aún sufrimos las secuelas de una guerra que perdimos ante su agresión o
indiferencia.
El sur no se puede definir si no es en relación con el
norte. Nuestras sociedades son un producto histórico del desarrollo
geográfico desigual de la economía mundial capitalista, y si no queremos
seguir dejando que nos moldee a su imagen y semejanza, habrá que
resistir el adecuarnos a sus requisitos." (Lorenzo Vidal, Econonuestra, 07/02/2014)
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