"(...) Esta circunstancia hace inevitable entrar en el problema de Rusia para entender la batalla de Ucrania.
El
poder que Putin preside en Moscú es un conglomerado formado por el
tradicional estatismo ruso y el sistema de magnates parasitarios
heredado del yeltsinismo. Putin y sus guardias civiles del ex KGB
pertenecen al primero de los polos de este conglomerado.
Tienden a poner
por delante los intereses de la potencia rusa y enfatizan su autonomía,
lo que determina cierta orientación hacia lo estatal y público, planes
de inversiones y esfuerzos estratégicos, etc, y, por supuesto, una mayor
hostilidad occidental. Por el contrario, su gobierno encabezado por el
primer ministro y ex presidente Dmitri Medvedev, está dominado por
neoliberales abiertos a la influencia occidental y de los magnates
rusos.
Esta división, repleta de tensiones y contradicciones, impide
formular planes de desarrollo coherentes que liberen el enorme potencial
de la economía y la sociedad rusa, que cuenta con un enorme mercado y
una sólida base de conocimiento y capacidad industrial, pero que
continua presa de la extracción y exportación de materias primas.
El
país sufre una falta clamorosa de inversiones en sus infraestructuras
industriales y sociales. Su complejo industrial-militar y la alta
tecnología, sus redes de transportes terrestres, ferroviarias y aéreas,
precisan de fuertes inversiones, pero el capital de los magnates
prefiere colocar su dinero en el extranjero o dedicarlo a la
especulación cortoplacista, mientras que los sectores neoliberales se
oponen a toda regulación estatal.
Hasta ahora la popularidad de
Putin se sostuvo sobre la relativa prosperidad y el considerable
crecimiento que el país experimentó en sus dos primeros mandatos
presidenciales. Aunque todo estuvo muy mal repartido, algo llegó a la
población, se mejoraron un poco las pensiones y los sueldos de los
funcionarios, por más que la gente de talento siga prefiriendo trabajar
en un seudobanco haciendo operaciones de casino que en el ministerio de
exteriores o la Academia.
Que por primera vez en veinte años, las cosas
no fueran a peor le dio a Putin una gran base. Ahora, cuando lo que hay
por delante es más bien un periodo de estancamiento (el crecimiento es
del 3,5% y con el índice de inflación significará caída de ingresos para
la mayoría) a Putin le esperan tiempos difíciles.
Sin apartar
del poder a los neoliberales -algo que inevitablemente provocaría
acusaciones de dictadura en Occidente y beatificación de los depuestos-
va a ser muy difícil acometer los programas de desarrollo necesarios
para modernizar el país y su sociedad, y dinamizar el mercado de 200
millones del que la unión aduanera propuesta a Ucrania es aspecto
fundamental.
En lugar de eso, Putin surfea entre las dos tendencias de
su conglomerado que se anulan mutuamente, lo que agrava la perspectiva
de estancamiento.
Eso está ocurriendo mientras alrededor de Rusia
se está formando un ambiente tan abiertamente hostil que comienza a
parecerse a la guerra fría. Vista desde Moscú, la estrategia occidental
está actuando donde más daño puede hacer: sobre el sector de la energía,
con el apoyo a rutas alternativas a los gaseoductos rusos, para que el
gas de Asia Central pueda llegar al mercado mundial sin pasar por Rusia,
impulsando la extracción del gas de esquisto para bajar el precio del
gas ruso o estableciendo medidas antimonopolio contra el consorcio
Gazprom desde Bruselas.
Todo eso ha llevado a Rusia a aumentar su
exportación hacia Oriente; hacia China -con quien por fin se ha llegado a
un acuerdo sobre precios- hacía Japón y Corea.
Solo un regreso a
su tradición social podría cautivar de nuevo a la juventud de Eurasia,
pero para ello se necesita un cambio en Moscú. De momento, los
movimientos sociales en Rusia apenas están despertando, mientras las
protestan que se han visto estos últimos años en Moscú, la ciudad mimada
y privilegiada que concentra el grueso de los flujos económicos, han
sido muy poco sociales.
La revuelta de Rusia contra su oligarquía es
cosa del futuro. Así que sin contener nada social, Rusia, con su
tradición autocrática y su corrupción, y con su economía incierta es
incapaz de seducir a las sociedades de su entorno, Ucrania en primer
lugar.
En ayuda de Putin actúa el hecho de que también la Unión
Europea está metida hasta las cejas en una crisis que va a ir a más.
Moscú ha obtenido un éxito de política exterior al desmontar con un
acuerdo el plan bélico hacia el que se dirigían americanos y franceses
en Siria.
El principio de acuerdo con Irán también es una buena noticia
para ella. Recordemos que el plan del escudo antimisiles, claramente
diseñado contra el arsenal estratégico de Rusia, se justifica por el
fantasmagórico “peligro iraní”. En buena lógica, como ha dicho el
ministro de exteriores ruso, Sergei Lavrov, en Bruselas, eso debería
conducir al abandono del plan. No va a ocurrir.
De momento lo que
tenemos es una batalla de Ucrania en la que las potencias europeas, con
Alemania en primer lugar, muestran una beligerancia inusitada: los
ministros de exteriores de Polonia y Suecia han expresado su apoyo a la
protesta popular. El ex primer ministro polaco Jaroslav Kaczynski ha
intervenido en los mitines de Kiev. Berlín ha advertido al Presidente
ucraniano contra el uso de la violencia y apoya directamente a dos
partidos que organizan la protesta desde la fundación Konrad Adenauer de
la CDU.
El gobierno alemán alecciona al ucraniano y califica el sistema
judicial que mantiene encarcelada a la magnate prooccidental Julia
Timoshenko, tan corrupta como sus adversarios, de “justicia selectiva”
–algo que más allá de su realidad es un claro exceso diplomático e
ignora que la justicia selectiva europea ha sido norma por ejemplo en
los Balcanes- mientras el ministro de exteriores Guido Westerwelle se
pasea por el escenario de las protestas en Kiev en compañía de sus
líderes, entre banderas de “Svoboda”, un partido de extrema derecha
abiertamente antisemita… Toda esa solidaridad con “la justa causa
popular” contrasta mucho con la actitud demostrada hacia las protestas
contra el diktat de Bruselas y Berlín en Europa.
¿Cuánto
tiempo será aún vista esta Europa impresentable como modelo, por las
futuras víctimas de su arrolladora expansión hacia el Este?" (Rafael Poch, La Vanguardia, en Rebelión, 07/12/2013)
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