10/3/14

¿Cuánto tiempo será aún vista esta Europa impresentable como modelo, por las futuras víctimas de su arrolladora expansión hacia el Este?

"(...) Esta circunstancia hace inevitable entrar en el problema de Rusia para entender la batalla de Ucrania.

 El poder que Putin preside en Moscú es un conglomerado formado por el tradicional estatismo ruso y el sistema de magnates parasitarios heredado del yeltsinismo. Putin y sus guardias civiles del ex KGB pertenecen al primero de los polos de este conglomerado.

 Tienden a poner por delante los intereses de la potencia rusa y enfatizan su autonomía, lo que determina cierta orientación hacia lo estatal y público, planes de inversiones y esfuerzos estratégicos, etc, y, por supuesto, una mayor hostilidad occidental. Por el contrario, su gobierno encabezado por el primer ministro y ex presidente Dmitri Medvedev, está dominado por neoliberales abiertos a la influencia occidental y de los magnates rusos.

 Esta división, repleta de tensiones y contradicciones, impide formular planes de desarrollo coherentes que liberen el enorme potencial de la economía y la sociedad rusa, que cuenta con un enorme mercado y una sólida base de conocimiento y capacidad industrial, pero que continua presa de la extracción y exportación de materias primas.

El país sufre una falta clamorosa de inversiones en sus infraestructuras industriales y sociales. Su complejo industrial-militar y la alta tecnología, sus redes de transportes terrestres, ferroviarias y aéreas, precisan de fuertes inversiones, pero el capital de los magnates prefiere colocar su dinero en el extranjero o dedicarlo a la especulación cortoplacista, mientras que los sectores neoliberales se oponen a toda regulación estatal.

Hasta ahora la popularidad de Putin se sostuvo sobre la relativa prosperidad y el considerable crecimiento que el país experimentó en sus dos primeros mandatos presidenciales. Aunque todo estuvo muy mal repartido, algo llegó a la población, se mejoraron un poco las pensiones y los sueldos de los funcionarios, por más que la gente de talento siga prefiriendo trabajar en un seudobanco haciendo operaciones de casino que en el ministerio de exteriores o la Academia.

 Que por primera vez en veinte años, las cosas no fueran a peor le dio a Putin una gran base. Ahora, cuando lo que hay por delante es más bien un periodo de estancamiento (el crecimiento es del 3,5% y con el índice de inflación significará caída de ingresos para la mayoría) a Putin le esperan tiempos difíciles.

Sin apartar del poder a los neoliberales -algo que inevitablemente provocaría acusaciones de dictadura en Occidente y beatificación de los depuestos- va a ser muy difícil acometer los programas de desarrollo necesarios para modernizar el país y su sociedad, y dinamizar el mercado de 200 millones del que la unión aduanera propuesta a Ucrania es aspecto fundamental.

 En lugar de eso, Putin surfea entre las dos tendencias de su conglomerado que se anulan mutuamente, lo que agrava la perspectiva de estancamiento.

Eso está ocurriendo mientras alrededor de Rusia se está formando un ambiente tan abiertamente hostil que comienza a parecerse a la guerra fría. Vista desde Moscú, la estrategia occidental está actuando donde más daño puede hacer: sobre el sector de la energía, con el apoyo a rutas alternativas a los gaseoductos rusos, para que el gas de Asia Central pueda llegar al mercado mundial sin pasar por Rusia, impulsando la extracción del gas de esquisto para bajar el precio del gas ruso o estableciendo medidas antimonopolio contra el consorcio Gazprom desde Bruselas.

 Todo eso ha llevado a Rusia a aumentar su exportación hacia Oriente; hacia China -con quien por fin se ha llegado a un acuerdo sobre precios- hacía Japón y Corea.

Solo un regreso a su tradición social podría cautivar de nuevo a la juventud de Eurasia, pero para ello se necesita un cambio en Moscú. De momento, los movimientos sociales en Rusia apenas están despertando, mientras las protestan que se han visto estos últimos años en Moscú, la ciudad mimada y privilegiada que concentra el grueso de los flujos económicos, han sido muy poco sociales.

 La revuelta de Rusia contra su oligarquía es cosa del futuro. Así que sin contener nada social, Rusia, con su tradición autocrática y su corrupción, y con su economía incierta es incapaz de seducir a las sociedades de su entorno, Ucrania en primer lugar.

En ayuda de Putin actúa el hecho de que también la Unión Europea está metida hasta las cejas en una crisis que va a ir a más. Moscú ha obtenido un éxito de política exterior al desmontar con un acuerdo el plan bélico hacia el que se dirigían americanos y franceses en Siria. 

El principio de acuerdo con Irán también es una buena noticia para ella. Recordemos que el plan del escudo antimisiles, claramente diseñado contra el arsenal estratégico de Rusia, se justifica por el fantasmagórico “peligro iraní”. En buena lógica, como ha dicho el ministro de exteriores ruso, Sergei Lavrov, en Bruselas, eso debería conducir al abandono del plan. No va a ocurrir.

De momento lo que tenemos es una batalla de Ucrania en la que las potencias europeas, con Alemania en primer lugar, muestran una beligerancia inusitada: los ministros de exteriores de Polonia y Suecia han expresado su apoyo a la protesta popular. El ex primer ministro polaco Jaroslav Kaczynski ha intervenido en los mitines de Kiev. Berlín ha advertido al Presidente ucraniano contra el uso de la violencia y apoya directamente a dos partidos que organizan la protesta desde la fundación Konrad Adenauer de la CDU.

 El gobierno alemán alecciona al ucraniano y califica el sistema judicial que mantiene encarcelada a la magnate prooccidental Julia Timoshenko, tan corrupta como sus adversarios, de “justicia selectiva” –algo que más allá de su realidad es un claro exceso diplomático e ignora que la justicia selectiva europea ha sido norma por ejemplo en los Balcanes- mientras el ministro de exteriores Guido Westerwelle se pasea por el escenario de las protestas en Kiev en compañía de sus líderes, entre banderas de “Svoboda”, un partido de extrema derecha abiertamente antisemita… Toda esa solidaridad con “la justa causa popular” contrasta mucho con la actitud demostrada hacia las protestas contra el diktat de Bruselas y Berlín en Europa.

¿Cuánto tiempo será aún vista esta Europa impresentable como modelo, por las futuras víctimas de su arrolladora expansión hacia el Este?"              (Rafael Poch, La Vanguardia, en Rebelión, 07/12/2013)

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